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A.S.O.
Miércoles, 7 de noviembre 2007, 10:07
Fue hace justo 90 años. Sorolla vino a Plasencia para llevarse la imagen de Extremadura, sus tipos.... y su luz. Tenía el encargo del multimillonario americano, Archer Huntington, hecho en 1911, de realizar una serie de 14 grandiosos lienzos, titulada 'Visiones de España', para decorar la grandiosa sala de la Hispanic Society, de Nueva York.
Fueron ocho años entregados al capricho del mecenas, mascando polvo y calor, padeciendo humedad y fríos por recónditos caminos de España. La radiante claridad de los luminosos días de otoño, ya tamizada por el avance de la estación, quedó plasmada en su personal visión de esta tierra.
La llamó 'El Mercado'. Y la pintó entre el 20 de octubre y primeros de noviembre de 1917. Nueve décadas después, el cuadro vuelve a España con la serie de paneles íntegra, que se expone desde hoy en Valencia.
Los Príncipes de Asturias inaugurarán mañana por la tarde en Valencia la exposición ' Sorolla . Visión de España', que permitirá ver por primera vez en este país los 14 grandes murales que el pintor valenciano realizó para la Hispanic Society de Nueva York y que nunca hasta ahora habían salido de su sede en Estados Unidos.
El jardín
En Plasencia cada mañana convertía en su taller el que fuera medieval vergel de Las Algeciras. En 1917 era el jardín de la casa de Fernando Sánchez-Ocaña Silva, alcalde de Plasencia. Allí posaron tipos de Montehermoso ataviados a la usanza tradicional, inmortalizados en la conocida obra: una espléndida visión de la mole monumental de la ciudad y el río enmarcan la escena central, en el que la que tartanas, tipos y ganado le dieron el tipismo requerido.
Sorolla vino a Extremadura, por vez primera, con idea de pintar su visión de la región, en enero de 1917. Pasó por Mérida y se admiró de sus ruinas. Después siguió hasta Cáceres. La Ciudad Monumental le impresionó.
A Plasencia llegó en tren. Y los tipos montehermoseños que acudían cada martes al mercado local le dieron la idea para representar a Extremadura. El mal tiempo de aquel invierno le llevó a aplazar la visita de trabajo.
Fue, finalmente, el 20 octubre cuando recaló de nuevo en la ciudad del Jerte. Vino acompañado de su discípulo Santiago Martínez. Rechazó el hospedaje en el antiguo Hospicio de la Diputación, hoy centro de la Uned. Pura cuestión de sensibilidad ante la terrible visión de los desastres de la infancia desvalida y abandonada.
Fernando Sánchez-Ocaña Silva le ofreció su casa. Y allí se quedó. Lo recordaba hace unos años Asunción Sánchez-Ocaña Delgado, una de sus hijas y excepcional testigo del quehacer del artista en el jardín familiar.
«Mi padre era alcalde entonces y un gran aficionado al arte, de modo que le enseñaron a Sorolla varios jardines para que decidera en cual trabajar, y eligió el de esta casa donde vivía mi abuela, por la luz». Se trata de la ubicada en la Calle Blanca, esquina a la de Trujillo, en donde aún vive Adelaida Sánchez Ocaña Delgado, nonagenaria hermana de Asunción y testigo de esos días.
El fotógrafo local Díez inmortalizó algunas de las sesiones de trabajo, retratos del pintor con los anfitriones y a diversos tipos con los trajes de montehermoseño que ayudaron al artista a rematar la obra en su casa madrileña.
Una mujer decente
«Sorolla, recordaba Asunción, quiso disponer de unos montehermoseños para que posaran en el cuadro y mi padre dio aviso a la que había sido su ama, la tía Marcelina, pero ella dijo al principio, que no la pintaba nadie, que era muy decente...». El alcalde tuvo que mandarla de nuevo recado para tranquilizarla «y a los pocos días de llegar Sorolla, vinieron ella y algunos parientes, ya confiados».
Con unos y otros trabajó haciendo bocetos y estudios. «Recuerdo que veníamos del colegio a esta casa, donde entonces vivía mi abuela, a comer con ella y nos íbamos a verle trabajar; parece que fue ayer cuando se puso a pintar a la montehermoseña y él se apoyaba en uno de los arcos y le decía que se colocara de una manera o de otra el pañuelo, hasta que ella se lo embozó que fue como más le gustó y así la pintó», prosigue el testimonio de la testigo. A la familia anfitriona le regaló el pintor precisamente un retrato de la tía Marcelina, vestida de montehermoseña y con el pañuelo embozado.
En el puente
Pero en Plasencia, Sorolla no solo trabajó en el jardín de las Algeciras, junto a la fuente, sino también en los cachones del Jerte o en el Puente Trujillo donde enmarcó finalmente 'El Mercado'. Si algo tuvo claro desde el principio fue el encaje urbano de la escena. La práctica totalidad de los estudios preparatorios muestran la bella perspectiva del conjunto monumental placentino, formado por el puente, el río Jerte, las murallas, el palacio episcopal y la catedral. Ante él encaja las figuras que completan el panel.
Para ello realizó bocetos de piaras de cerdos y estudios de motehermoseños y montehermoseñas con sus vistosas gorras y trajes, o de porqueros vestidos a la usanza tradicional.
Solo con sol
Y cuando se nublaba o llovía, paraba de trabajar, relataba Asunción Sánchez-Ocaña Delgado, «porque decía que había cambiado la luz». Acompañado por su discípulo predilecto, Santiago Martínez, 'don Santiaguito' para los modelos montehermoseños, vista la diferencia de edad con el maestro. De él es buena parte de la factura de la visión del conjunto monumental de Plasencia que componen el escenario de la obra.
De su estancia en la ciudad del Jerte quedan como testimonios los recuerdos de la superviviente Adelaida Sánchez-Ocaña Delgado, las anécdotas conservadas en la memoria familiar, las fotografías de Díez del Museo Sorolla, sus bocetos y estudios y diversas cartas autógrafas.
A Huntington le escribe desde Plasencia una postal del santuario de la Virgen de la Salud, el 3 de noviembre, para anunciarle su marcha. «Estoy en Plasencia pintando el panel Extremadura algo cansado y triste, por tanta pena que pesa en mi amarga España», relata el pintor al mecenas. Al día siguiente, aún sin acabar el lienzo, lo enrolla y emprende viaje a Madrid con su discípulo.
De vuelta
El artista sentía el rigor de los achaques después de años de vagabundeo por España y la edad empezaba a pasarle factura. El 22 de noviembre, ya en Madrid, vuelve a escribir a Huntington una carta personal en la que hace algunas precisiones sobre el paisaje y paisanaje de esta tierra. «El extremeño es muy interesante por las personas; y el hermoso conjunto de la ciudad de Plasencia, iluminada por el sol de la tarde».
De hecho, esos tipos populares le procuraron algunos de los mejores ratos en Plasencia, entregado a la pintura. Lo deja ver en sus escritos, como en la carta del dos de noviembre en la que relataba: «horas felices.... como en mis buenos tiempo, ágil, trabajando con verdadera fe; hacía muchísimo tiempo que no pintaba lo de esta mañana. El cuadro va muy adelantado. Trece días hace hoy que llegamos y ya está moralmente concluido;. pedir más sería locura..».Y aporta otros curiosos datos como los 80 duros pagados a los modelos montehermoseños.
El resultado es 'El Mercado', una obra que se nota compuesta por diferentes elementos -visión urbana, tipos y ganado-. Este panel es tenido por uno de los menos trabajados de la serie 'Visiones de España'.
Cuadro 'humano'
El propio Sorolla da también pistas de cómo fue avanzado la obra. Al poco de llegar, la primera idea la plasma en un gouache que titula 'Extremadura'. Es una escena de mercado porcino con fondo urbano, y pastores y aldeanos. La idea de los cerdos en el primer plano la mantiene definitivamente hasta el final.
Entre tanto varían los tipos y su composición. «Si sale, será bonito y quizá más humano que los anteriores, aunque menos grandioso. Lo que sé decir es que es muy difícil de valores y muy simple de composición». Sorolla, mejor que nadie, define el concepto de la obra en ejecución.
A Sorolla le fascinó «el hermoso conjunto de Plasencia iluminada por el sol de la tarde». Es la luz que ya capta en los lienzos preparatorios que atesora el museo del pintor o que forman parte de colecciones particulares.
Con sombrero y traje, la paleta en la izquierda y el panel sobre un caballete ante él, el artista pasó horas de disfrute con la sencilla charla de sus modelos, con la riqueza de su indumentaria, con lo singular de su habla.
De la presencia de Sorolla en Plasencia apenas si quedan ya los tenues recuerdos de la entonces niña Adelaida Sánchez-Ocaña, sobrevive una parte del jardín de la casa y pueden imaginarse los ecos de los campechanos dichos de la tía Marcelina que nunca pudo pensar que su retrato viajaría de América a España 90 años después.
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