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Jueves, 8 de noviembre 2007, 13:19
La escritora Inma Chacón está por Extremadura promocionando su segunda novela, Las filipinianas, una narración que recrea la vida en aquella colonia española antes de su pérdida definitiva en 1898. Don Francisco, marqués de Sotoñal, recalará en aquel paraiso exótico con sus hijas, tres mujeres cuya forma de afrontar la vida anticipa ya los cambios intelectuales que harán progresar a las mujeres del siglo XX.
Inma, bajo cuya escritura corre, igual que ocurría con la narrativa de su prematuramente fallecida hermana Dulce Chacón, el latido de sus orígenes extremeños, ha tejido esta historia con mimbres remotos que enlazan a su propia familia con el territorio filipino.
Cuando era pequeña, Inma admiraba los abanicos de seda y marfil que su madre tenía como recuerdo de su abuela, nacida en Filipinas en el seno de una familia procedente de Almendralejo. De aquella Filipinas natal de su abuela había también en casa una estantería de carey, cuadros, jarrones y un gigantesco pai-pai que colgaba del techo y se podía balancear para que actuase como un ventilador.
Esta novela, ¿la afirma como novelista ante sus propios ojos? En la primera se habló mucho de que fue escrita para saldar una deuda con su hermana pero, con ésta, supongo que usted ya puede decir que es novelista.
Yo digo que soy una aprendiz. El hecho de haber escrito dos novelas no me convierte en novelista ni en escritora. Me encanta este mundo y todo lo que rodea al libro. La fase de documentación me apasiona y lo paso muy bien. En las fases de escritura y promoción disfruto mucho. La primera novela fue diferente en el sentido de que era un encargo, un homenaje a mi hermana y lo viví de otra manera. Yo insisto mucho en que ella no había escrito nada, porque hay gente que piensa que yo terminé algo que ella empezó. Y no es así. Tuve que empezar de cero. Así que el proceso de creación ha sido igual en ambas. Con la primera novela también tuve que iniciar el aspecto de documentación porque no tuve acceso a lo que ella tenía. Las dos son criaturas muy personales. En la primera hago un homenaje a Dulce en todo y en la segunda homenajeo a la familia de mi madre y a los últimos de Filipinas, aquellos españoles que quedaron allí atrapados en una iglesia sin saber que habían perdido la guerra.
Ambas novelas se mueven en ambientes coloniales aunque de distintas épocas históricas. ¿De donde le viene el interés histórico?
A mí me encanta la documentación y la narrativa, con lo que a uno ambas cosas en la novela histórica. Escribí La princesa india porque Dulce quería escribir sobre esa época y esta segunda novela surgió de mi interés por Filipinas, ya que mi abuela materna era filipina y ese país me ha llamado siempre mucho la atención.
¡Queda tan poco de ese país en la cultura española! Era exótico y lejano y parece quedar poco en nuestro recuerdo.
Yo he querido recuperar aquello un poco. Cómo vivían los españoles en aquel país, cómo era el ambiente previo a la guerra y qué hacían las familias, qué trato tenían con los indígenas. Sabía que aquella era una sociedad muy clasista y quería retratar cómo se vivía en la segunda mitad del siglo XIX desde el punto de vista de una
familia aristocrática. Así se puede ver cuales eran los privilegios de una clase social dominante.
Las mujeres que usted presenta en la novela vienen de una clase bien pero parecen anticipar los cambios que luego sufrirá el mundo femenino.
Son mujeres luchadoras, que no se conforman. Están en una clase social y un tiempo en el que todo está muy encorsetado, pero ellas mueven pieza para salir del sitio al que están destinadas. Quieren cambiar el mundo. Son mujeres fuertes.
De hecho, con ellas su padre se enfrenta a mujeres que no son aquellas con las que se ha relacionado a lo largo de su vida.
Sí.
Ha explicado que su abuela está en el origen de este relato. Y hace poco he leído un artículo suyo en el que volvía a hablar de Zafra y contaba que todavía hoy la pregunta de dónde viene su acento al hablar. La familia de su abuela ¿vino directamente a Zafra desde Filipinas?
No, la familia de mi abuelo era de Almendralejo y la de mi abuela, que era oriunda de Filipinas, también. Y se instalaron en Almendralejo a la vuelta. Yo le hago un homenaje en esta novela y a Extremadura, que siempre me atrae y está siempre en todos mis libros que son cuatro ya. La princesa india es un homenaje a Extremadura. Se desarrolla en Zafra y cita todos los pueblos de los que yo tengo recuerdos de cuando era pequeña, Almendralejo, Llerena, Los Santos de Maimona... En Alas están también todos mis recuerdos. En Urdimbre, donde hay parte que se llama Paisajes, están también mis recuerdos de pueblos extremeños. Y en Las filipinianas también he metido a Extremadura de rondón. Hay un personaje que se apellida Del Torno, un pueblo de Cáceres al que tengo especial querencia porque allí hay una parte de las cenizas de Dulce. En La princesa india hay un personaje que es el señor Del Torno y aquí hay otro con ese apellido compuesto. También hay soldados a través de los cuales rindo homenaje al Grupo de Cazadores que quedaron en Baler, donde imagino que había gente de Cáceres y Badajoz y cantaban jotas extremeñas. Yo siempre meto cosas relacionadas con Extremadura.
¿Por qué se fijó en los héroes de Baler? De ellos, aparte de héroes se puede alguien hacer la idea de que estaban un poco fuera de caja.
A mí me fascina esa historia por el final: el ejército vencedor, que eran los tagalos, rinde homenaje y honores de héroes a los vencidos. Salen de la iglesia de Baler después de haber estado 337 días asediados, cuando se dan por enterados de que han perdido la guerra. Salían pensando que les iban a acribillar y, sin embargo, los vencedores les rindieron honores de héroes. Nosotros estamos acostumbrados a que el ejército vencedor humilló al vencido y allí, los vencedores les rindieron honores porque habían defendido lo que pensaban, su bandera y nadie les dijo claramente que la guerra había terminado. Me parecen un ejemplo de resistencia y valor de los que estaban dentro, pero también de respeto y honor de los que estaban fuera. Eso se ha perdido en nuestra memoria. He hablado con descendientes de los últimos de Filipinas y ellos están reivindicando esa memoria.
El libro introduce el tema de la masonería. ¿Se trata de reivindicarla también y arrancarla de la mala fama que ha arrastrado y sigue arrastrando? En Extremadura se está investigando mucho respecto a la significación de la masonería en la región.
Me interesaba porque, cuando era pequeña, me contaban cosas terribles de la masonería. Yo pensaba que no podía ser así y quería averiguar la verdad. Sabía que José Rizal, el líder de la independencia filipina era masón y quería saber hasta qué punto la masonería como tal participaba en los movimientos independentistas de las colonias. Porque Simón Bolívar y José Martí era masones y yo quería saber si estaban ahí por masones o eran independentistas y, además, eran masones. Y creo que era más bien esto último. De hecho, en las Constituciones de Anderson, que son por las que se rigen los masones, se dice que los masones no hablan nunca de política ni de religión. Pero es lógico que estuvieran en estos movimientos, porque los masones buscan la libertad y la perfección y, como ese objetivo final es muy difícil, como objetivo intermedio buscan la liberación y el perfeccionamiento y la igualdad.
Inma Chacón no piensa abandonar la novela histórica y, para la tercera va a rescatar un personaje que en ésta es tan sólo una niña: la nieta del marqués de Sotoñal.
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