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FERMÍN APEZTEGUIA
Viernes, 22 de febrero 2008, 09:37
Las estanterías de los supermercados están cada vez más llenas de productos enriquecidos que prometen al consumidor el oro y el moro con la ley del mínimo esfuerzo. Uno llega a creerse que la toma de un yogur con ácido fólico y unos cereales reforzados con omega 3 le bastan para mantener una dieta equilibrada y estar en forma sin necesidad de tener que caminar todos los días durante media hora. Pero es completamente falso.
La falta de tiempo y el culto al cuerpo han desarrollado una auténtica industria de la alimentación sana que corre el peligro de acabar generando graves problemas de salud entre la población a fuerza de difundir medias verdades. Los alimentos funcionales pueden ayudar a seguir una dieta sana, variada y equilibrada. Su consumo sin control -«que es como lo hace la mayoría de la población» puede favorecer, sin embargo, la aparición de problemas de la salud tan graves que ponen en riesgo la vida. La lista es larga: desde enfermedades cardiovasculares a complicaciones metabólicas, según explicó ayer en Bilbao la experta en Alimentación y Nutrición, María Teresa García Jiménez, jefa de servicio del Instituto de Salud Carlos III.
Los problemas de salud que amenazan la vida de los españoles son consecuencia del cambio social tan grande que ha vivido España en apenas dos generaciones. García Jiménez, que acudió ayer a la capital vizcaína para participar en la Semana de Humanidades de la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao, explicó que la sociedad española ha vivido un fenómeno único en la historia. En muy pocos años, ha pasado de ser un país pobre, castigado por las enfermedades propias de una alimentación inadecuada, a convertirse en un líder mundial, con la salud atenazada por la patología propia del exceso de comida: arteriosclerosis, infartos de miocardio, derrames cerebrales «e incluso demencias».
La industria, atenta a toda posibilidad de negocio, ha visto en los alimentos enriquecidos una fuente de ingresos como no se hubiera imaginado hace sólo unos años. ¿La población necesita bajar peso con una dieta «sana y equilibrada», pero no tiene tiempo ni de cocinar ni de salir a hacer un mínimo de deporte? «Démossela». Ahí están los productos enriquecidos, más de doscientos alimentos que llenan las estanterías de los supermercados y generan sólo en España un volumen de negocio de 3.500 millones de euros. «La gente los compra para acallar sus conciencia, sin ser consciente de que no sólo pueden ser perjudiciales para la salud sino que, además, son más caros».
Existen evidencias científicas de que los alimentos funcionales pueden compensar los desequilibrios alimentarios y garantizar las ingestas de nutrientes recomendadas por los especialistas en nutrición. El problema que plantean, según explicó la especialista del Ministerio de Sanidad, es que viven en medio de una desregulación total. Nadie sabe cuantas cajas de leche enriquecida con ácido oleico debe ingerir a la semana ni qué cantidad tostadas untadas con margarina con fitosteroles se puede meter en el desayuno. «Lo que sí se sabe son los problemas de salud del exceso de todos esos aportes, que en pueden incluso provocar envejecimiento prematuro. ¿Sabía usted que el exceso de antioxidantes puede generar el efecto contrario al que se busca?».
Consuma producto fresco
El desorden en la industria es tal que hace ya cinco años la Unión Europea creó una comisión para el análisis de los alimentos funcionales (Fufose), que se propuso elaborar una normativa común. El texto llegó a finales de 2006, tuvo que reformarse en enero de 2007 y acabó, según García Jiménez, tan descafeinado que se ha limitado a ser un mero protector de los derechos del consumidor. Los productores tienen que tener mucho cuidado en no engañar a sus clientes prometiendo en las etiquetas beneficios que el producto no tiene. «Luego la publicidad hace el resto. Es una pena que se haya desaprovechado la ocasión, pero se trata de una industria muy rentable», se lamentó.
Los productos, además, están sometidos hoy a un proceso de elaboración y distribución «demasiado largo». Antes de llegar a la boca pasan por demasiadas manos, lo cual también favorece la aparición de enfermedades. Su consejo, como especialista, es consumir producto fresco y cocinar un poco más. Es más sano y más barato. «La olla a presión y el microhondas permiten comer bien y tener que dedicar muy poco tiempo a la cocina».
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