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SUSANA GIL LLINÁS ANTONIO SÁEZ DELGADO RAYADEPAPEL@HOY.ES
Sábado, 5 de julio 2008, 02:35
Gabriel Magalhães nació en Luanda (Angola), pasó su primera infancia en Portugal y se trasladó con cinco años al País Vasco, donde permaneció hasta cumplir trece. En aquel momento regresa a Portugal («cuando ya se me había olvidado qué es ser portugués») y, tras superar esa «amnesia portuguesa», vuelve a España para realizar sus estadios de Doctorado en la Universidad de Salamanca, donde después es profesor, hasta 2002, en que se traslada a Covilhã para incorporarse a la Universidad de la Beira Interior: «Castilla es un cuchillo de paisajes demasiado rectos. Curiosamente esta segunda estancia me hizo descubrir plenamente mi portugalidad; pero el mayor descubrimiento fue el de la espiritualidad del Carmelo, a través de la lectura de Santa Teresa. España está muy presente en mi trabajo. Mi licenciatura es en Lenguas y Literaturas: Estudios Portugueses y Españoles; mi doctorado en Literatura Comparada Portuguesa y Española. He dado clases de literatura portuguesa en España y de literatura española en Portugal. Suelo decir en broma que soy un centauro ibérico: a veces, más bien parezco un agente doble de la peninsularidad».
- ¿Qué significa para usted España?
- Yo no tengo una imagen de España: tengo imágenes. Un álbum privado de hechizos: el hechizo verde del País Vasco o el hechizo volador de la catedral de León. Me resulta muy difícil resumir España: es «irresumible». Y me resulta encantadora así. En España viví casi la mitad de mi vida. De forma que, sin serlo y sin querer serlo, parezco español, por ejemplo cuando hablo o escribo en castellano. Mi hija nació en Salamanca. Si alguien me preguntara qué significa para mí mi brazo izquierdo, ¿qué podría contestarle? España es mi brazo izquierdo: escribo con la derecha, soy diestro. Pero el brazo izquierdo siempre está ahí. En la actualidad, España se me está transformando en un olvido recordado. Confieso que a veces necesito olvidar España. Otras veces es una necesidad absoluta leer un poema de Garcilaso, o de San Juan, perderme en una novela de Galdós o de Marsé, o ver una determinada película de Saura o de Armendáriz.
- ¿Qué ha sido lo mejor y lo peor de su contacto con España?
- Como todos los países, todas las culturas, España es una partitura que depende bastante de quien la interpreta. No me gustan las interpretaciones militares o centralistas. También me aburre un poco cierta actitud «progre», muy desdibujada, cuyas ideas se comen como pipas en un cine. Lo mejor, sin duda alguna, ha sido para mí la cultura española, en todos sus matices. Eso y las personas: muchos recuerdos y algunos amigos entrañables. Lo peor ya se me ha olvidado.
- ¿Cuál cree que debe ser el papel de Extremadura como región fronteriza?
- Extremadura ha sido uno de mis últimos descubrimientos españoles. Cuando fui profesor en la Universidad de Salamanca tuve muchos alumnos extremeños: siempre eran muy simpáticos. Creo que los extremeños tienen una forma portuguesa de ser españoles. Compartimos, los portugueses y los extremeños, la conciencia de que somos un rinconcito del mundo. Esa conciencia no la tienen los castellanos, por ejemplo. Nos sentimos mínimos, por eso actuamos máximamente. Creo que Extremadura está desempeñando un papel crucial en la relación entre los dos países. Por eso, yo con Extremadura lo que tengo que hacer es aprender: no puedo enseñarles nada. Aguardo con mucha curiosidad esta exposición 'Suroeste', sobre las relaciones entre los dos países en las primeras décadas del siglo XX. Creo que en ella se reflejará de forma muy clara que Extremadura, en este momento, constituye la vanguardia del sentimiento peninsular.
- ¿Cuáles son sus principales proyectos y retos, de cara al futuro, en su relación con España?
- Mis padres visitan España con frecuencia y yo les suelo encargar cosas. La última vez les pedí que me trajeran cuajadas. Cuando uno ha pasado su infancia en el País Vasco, lo paga muy caro. De forma que tengo ocho cuajadas esperándome en la nevera (al principio eran doce). A veces, cuando como una de esas cuajadas, toda mi infancia regresa: el mar en el País Vasco es de un azul frío que nada tiene que ver con la mar portuguesa. En vasco, se dice «itxaso»: una palabra que da un repelús delicioso. Bueno, ése es mi primer proyecto: comer las cuajadas que faltan. El otro es leer, en los próximos dos años, obras cumbres de la literatura española que se me han escapado. No he leído 'Misericordia', ni 'El amigo Manso', por ejemplo (y hay muchas cosas más que no he leído todavía). Estos tres últimos años he tenido un papel activo en el ámbito de las relaciones culturales entre los dos países, por ejemplo con el proyecto RELIPES, que estudió las relaciones lingüísticas y literarias entre Portugal y España a lo largo de tres siglos, desde el siglo XIX hasta la actualidad. Ahora, durante los próximos tres años, si Dios me lo permite, espero poder tomarme las cosas con un poco más de tranquilidad.
LARAYADEPAPEL
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