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LA SEMANA POLÍTICA

Vascos y vascas

A los políticos estamos dispuestos a perdonarles casi todo: que nos prometan que va a llegar el AVE en 2010 y no llegue; que aseguren que van a crear empleo y suba el paro; que juren que van a reducir las listas de espera en sanidad y no sea verdad. Que enchufen a su mujer, o a un primo lejano, en un buen puesto. Pero lo que resulta difícil de perdonar es que nos toquen el idioma.

MANUELA MARTÍN |

Domingo, 5 de octubre 2008, 16:00

LAS tropas que luchan en pro de la destrucción del castellano en aras de lo políticamente correcto acaban de tomar una nueva posición: han convencido a la Diputación de Cáceres para que aplique un programa informático que evite el lenguaje sexista. A partir de ahora, las cartas que mande la institución provincial no pondrán alumnos, sino alumnado; ni vecinos, sino vecindad; ni ciudadanos, sino ciudadanía...Y sigan ustedes jugando a encontrar (y destrozar) todas las palabras que se les ocurran.

Siguiendo la senda del gran Ibarretxe y su esperpéntico vascos y vascas y de la ministra Aído y sus miembras, la diputación cacereña, que tantas, y tan notables, iniciativas culturales ha apoyado y apoya, se suma a quienes están empeñados en convertir la bellísima lengua que hemos heredado en una jerga lamentable.

Textos herejes

Para colmo, hasta le cuesta dinero. La corrección de los textos herejes se hará gracias a un programa informático que ha sido adquirido por 12.000 euros. Si Cervantes y Lázaro Carreter levantaran la cabeza se morirían del disgusto. O se burlarían de tan bobo empeño, dado su sentido del humor.

Seguro que a alguno de estos soldados (o soldadas) de lo políticamente correcto se le ha ocurrido ya aplicarle ese maravilloso programa corrector a nuestros clásicos y convertir La Regenta o el Quijote en obras libres de todo lenguaje sexista. No lo duden ustedes, acabaremos viéndolo si Dios no lo remedia.

Llevamos años sufriendo el implacable avance de quienes creen que la igualdad entre hombres y mujeres pasa por destrozar el castellano. Pero lo peor no es que un feminismo o igualitarismo mal entendido propugne arrasar el idioma, sino que personas inteligentes y con una sólida formación al menos en apariencia, se unan a la manifestación.

No ha servido de nada que la mayoría de los que saben algo de la lengua expliquen que las palabras no tienen sexo, sino género y que si damos por bueno miembra tendríamos que aceptar, por ejemplo, periodisto, o futbolisto, o gimnasto, o turisto, o llamar a Tejero el militar golpisto.

Tampoco ha hecho mella en el ánimo de tan furibundos luchadores por la igualdad en el idioma que autores de peso, como Pérez Reverte o Javier Marías, escriban una y otra vez sobre la barbaridad que supone ese propósito de aplicarle el filtro del antisexismo a la lengua.

Da la impresión de que los políticos y sus asimilados prefieren pasar por analfabetos antes que por machistas. Porque ahí está la gracia. Cualquiera que se resista a incorporar a sus discursos los palabros que se han inventado los adalides de este nuevo castellano corre el riesgo de que lo tachen de sexista y retrógrado. Y si es un político progresista (¿o hay que decir también progresisto?) se le puede caer el pelo.

Hecho unos zorros/as

El resultado es que, unos convencidos y otros acomplejados, los políticos van adaptándose a las leyes del lenguaje políticamente correcto y contribuyendo un poco más a que la hermosa lengua que han conformado los siglos y que heredamos de nuestros antecesores se la dejemos hecha unos zorros (¿o hay que escribir también zorras?) a nuestros descendientes.

A los políticos estamos dispuestos a perdonarle casi todo: que nos prometan que va a llegar el AVE en 2010 y no llegue; que aseguren que van a crear empleo y suba el paro; que juren que van a reducir las listas de espera en sanidad y no sea verdad. Que enchufen a su mujer, o a un primo lejano, en un buen puesto Pero lo que es difícil de perdonar es que nos toquen el idioma.

Ahora que Wall Street se hunde y amenaza con llevarse al fondo la economía de medio mundo, y hasta los gurús del libre mercado hablan de la necesidad de refundar el capitalismo sobre nuevas bases, ¿qué otro capital seguro nos queda a los pobres, sino la lengua? La patria, nuestra patria, es el idioma, que dijo el clásico.

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