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Uno de los frailes muestra al instalaciones, que ofrecen alejamiento del mundo y vida austera./LORENZO CORDERO
El monasterio más pequeño del mundo
UNA JOya de piedra

El monasterio más pequeño del mundo

El Palancar, en Pedroso de Acim, tiene 30 pies de largo y 28 de ancho, reducido espacio que alberga una minúscula capilla, el claustro, las celdas, una sencilla cocina para amasar el poco pan qeu se comía en un pequeñísimo refectorio, de rodillas y en escudillas de piedra

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Lunes, 3 de noviembre 2008, 10:49

n las proximidades del pueblo cacereño de Pedroso de Acim y a pocos kilómetros de Torrejoncillo, se halla el Convento de El Palancar, que fundara en 1558 el patrón de Extremadura, San Pedro de Alcántara, sin saber que con el tiempo se convertiría en el símbolo en piedra de la reforma franciscana.

Si viajamos hasta allí, no descubriremos obras de arte valiosas, ni esplendorosos volúmenes arquitectónicos; pero, en la paz de los prados que se extienden desde las puertas mismas del cenobio, respiraremos el aire limpio, sosegado, perfumado, que llega desde los montes cercanos. El Palancar es un lugar entrañable, impregnado por el recuerdo amable, místico, del santo extremeño, donde el paisaje y la modestia del edificio se conjuntan regalándonos una visión encantadora y una oportunidad para elevar el espíritu. Pero todo allí está unido indisolublemente a la memoria de San Pedro de Alcántara, por lo que se hace necesario conocer los detalles de su peculiar historia.

San Pedro era hijo de Alonso Garabito y de María Vilela de Sanabria, quienes en su bautismo le pusieron el nombre de Juan. Nació en Alcántara el año 1499. Después de estudiar en Salamanca, se hizo franciscano, cambiando su nombre por el de Pedro: fray Pedro de Alcántara. En la regla franciscana es donde forja su espíritu, en la contemplación, la penitencia, la pobreza, el retiro y el deseo de reformar conventos de los que pronto fue nombrado prior y, más tarde, ya en 1538, superior de todos los frailes de su provincia franciscana, la cual era la de San Gabriel.

Fray Pedro va y viene con incansable tesón por amplias tierras, fundando nuevos conventos, visitando a sus hermanos, alentando en ellos el deseo de reforma. Viaja a Portugal reclamado por un grupo de franciscanos. Y él mismo es uno de los fundadores de la Custodia de La Arrábida, que se constituye según el estilo y el talante de las reformas franciscanas extremeñas. En Portugal se hizo muy querido por las personas de la Corte: el rey Juan III, la reina doña Catalina de Austria, infantes, nobles..., con quienes mantiene una amplia correspondencia de amistad y consejo. Allí es, durante algunos años, maestro de novicios. Al volver a España reclamado por su provincia, es cuando crecen en él los deseos de mayor austeridad, soledad de vida y oración.

Este bendito fraile necesitaba alejamiento del mundo y austeridad de vida. Así que en 1554, con muchos ruegos a Dios y a sus superiores, logró licencia para retirarse, con un compañero, a un eremitorio en Santa Cruz de Paniagua, cerca de Cáceres.

Y no contento aún con esta lejanía y soledad, al cabo de dos años marchó al pueblo de Pedroso de Acim, donde el noble don Rodrigo de Chaves, ganado por la santidad del buen fraile, le cedió una pequeña casa junto a la fuente que llaman de El Palancar. Es en este apartado lugar, desierto, agreste, áspero y montuoso, sin caminos ni veredas, donde levantó fray Pedro, en una superficie de apenas un cuartillo de fanega de tierra, el que sin duda es el convento más pequeño del mundo.

En el Palancar vivió fray Pedro de Alcántara su proverbial virtud, hecha de pobreza franciscana y de una austeridad de vida que asombraba a quien tenían el valor de ir en persona allí y comprobar con sus propios ojos la obra de este fraile santo, que permanecía maravillosamente activo y a la vez sumido en altísima contemplación de Dios.

A pesar de su lejanía y difícil acceso, al Palancar acudían innumerables mendigos de la región, con quienes fray Pedro compartía con generosidad extrema su pobre mesa; allí iban también los niños del entorno, y el santo, gustosa y entrañablemente, les enseñaba las primeras letras y la doctrina cristiana.

Cuando se va al Palancar, enseguida se comprende por qué llaman a la fundación el monasterio más pequeño del mundo: por no tener la casa en su conjunto ni 30 pies de largo y 28 de ancho, cabiendo no obstante en tan reducido espacio la minúscula capilla donde se decía misa diaria, el claustro, las celdas, una sencilla cocina para amasar el poco pan que se comía en un pequeñísimo refectorio, de rodillas y en escudillas de piedra.

Sobrecoge más que nada la celda de fray Pedro, que es un cuchitril donde apenas se cabe en cuclillas. Dormía dos horas cada noche el austero fraile acurrucado y con la cabeza apoyada en un duro leño. Un ventanuco deja

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