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SANTIAGO CASTELO
Miércoles, 26 de noviembre 2008, 10:32
La muerte inesperada de Ángel Campos, en plena juventud, nos ha llenado a todos sus amigos de una auténtica zozobra. Ángel estaba en ese momento exacto de madurez creativa, cuajado de sueños y de esperanzas, con ambiciones, ideas, ilusiones. Era un hombre de vuelta de muchas amarguras. Como todo extremeño que se precie halló en Lisboa el bálsamo suavísimo para sus pesares, la luz de una nueva amanecida. Natural de San Vicente de Alcántara, en la raya de Portugal, fue uno de los mejores traductores de la poesía lusitana al español y el amante más fiel que en nuestro país tuvo no sólo Pessoa sino todos los autores que en Portugal han sido. Conocía a fondo los recovecos de la vida poética y pictórica española y portuguesa. Tenía un instinto certero: en los certámenes poéticos, como jurado, atinaba a la primera. Con sólo revolotear su vista sobre un libro descubría al autor. Como escritor era un poeta extraordinario. 'La semilla en la nieve' es un poemario sobrecogedor. Por él obtuvo el premio Extremadura a la creación en 2005. Daba gloria hablar con él. Se decía de izquierdas, comunista, y se dolía de los hachazos cainitas de su propio partido, al borde de la extinción. Pero era respetuoso y atento y cálido. Nuestras polémicas -él, republicano; yo, monárquico- en las altas noches -tantas y tantas noches- de Extremadura eran divertidísimas. Me llevó otra noche a su pueblo a dar un recital poético multitudinario y aquello acabó como un aquelarre abigarrado de exaltación literaria y poética. Era un hombre bueno, muy bueno. Con una conciencia social que estremecía. No me duele decir que hoy he llorado amargamente. Extremadura pierde a uno de sus intelectuales más recios, a uno de sus activistas literarios más incansables. Tenía sólo 51 años y era como diría Blas de Otero -«de tu cuerda, ¿verdad, Ángel?»- un ángel fieramente humano.
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