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Raya de papel

Ángel Campos estará siempre en sus libros

Permanecerá en el Aula Díez Canedo de Badajoz, leyendo sus poemas, en un instituto pacense o de Lisboa, en su refugio del campo soñando con su biblioteca...

ANTONIO SÁEZ DELGADO

Sábado, 29 de noviembre 2008, 12:40

Escribo esta página en Lisboa. En la ciudad blanca. Hoy, 27 de noviembre, mientras escribo estas palabras, mientras tecleo estas letras, en Guarda se entrega el Premio Eduardo Lourenço a Ángel Campos Pámpano. Pulso las teclas e intento imaginar ese acto, que tanta ilusión le hacía a Ángel y que tanto nos enorgullecía a sus amigos. Un premio merecido y que a él le gustaba especialmente por tener el nombre de su admirado Lourenço. Pulso las teclas e intento imaginarlo, aunque me resulta difícil. Casi imposible. Quiero pensar que Ángel Campos está recogiendo ese premio. Lo hacen en su nombre, es verdad, pero él está allí. Está él y están también todos los poetas que él tradujo con tanto acierto. Está él y están todos los escritores y todos los pintores a los que invitó a participar en sus revistas, en las sesiones literarias que organizó. Están, lo sé, sus familiares. Sus hijas. Todos estamos allí. También yo, aunque esté sentado en un cíber del Rossio de Lisboa, en un descanso de un congreso pessoano. Hace unos días, comentaba con Ángel que en mi intervención en este congreso hablaría, entre otras cosas, de sus traducciones. Fue la única sonrisa que conseguí ver en sus labios ese día, y creo que por ello ha valido la pena. Nadie podía imaginarse un desenlace así de abrupto, de inesperado. Pero ahora, en esta sala en la que hay treinta personas mirando las pantallas de treinta ordenadores, yo miro al mío y quiero ver la sonrisa de Ángel ese día. Le enviamos dos veces, hace mucho, las preguntas que queríamos que respondiese para la sección 'El perfil de la frontera' de La Raya de Papel. Sus amigos sabíamos de su desidia para el correo electrónico. Él, después, al recordárselo en persona, siempre respondía asintiendo. Mañana te lo envío. No llegó a hacerlo, pero eso ya no importa. Importa que ahora mismo en Guarda, el presidente de la República Portuguesa le entrega el Premio Eduardo Lourenço. Entre el público están Eugénio de Andrade, Sophia de Melo Breyner, Al Berto, Carlos de Oliveira y muchos otros poetas portugueses que están hoy también junto a nosotros gracias a sus traducciones. En la pared que tengo a mi derecha hay un cartel con la figura de Fernando Pessoa. Él también estará allí, sonriendo irónicamente al ver a Cavaco Silva entregándole el premio a Ángel. Le gustaba enviar por correo electrónico a algunos amigos los poemas que iba escribiendo. Lo hacía buscando una opinión, aunque él siempre tenía la suya, que defendía con vigor. Lo hacía, en definitiva, buscando una palabra, una muestra de cariño. Era un hombre profundamente afectuoso. Combativo y afectuoso a partes iguales. Estuve muchas veces con él en Portugal. En congresos, en encuentros literarios, en presentaciones de libros o revistas. Compartíamos conversaciones sobre autores portugueses, sobre un libro u otro. Los dos sabíamos que los libros nos devuelven a las personas, aunque no podamos tocarlas. Sabíamos que no las sustituyen, aunque hacen más leve su ausencia. Ángel Campos estará siempre en sus libros, como quiere el tópico, pero estará siempre también en muchos otros sitios. En el Aula Díez Canedo de Badajoz, leyendo sus poemas, en un Instituto de Badajoz o de Lisboa, en su refugio del campo soñando con su biblioteca o en la Plaza del Comercio de Lisboa, viendo atracar un barco. En su pueblo, San Vicente de Alcántara. Y en cada uno de los que le conocimos.

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