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ARACELY R. ROBUSTILLO
Miércoles, 3 de diciembre 2008, 12:09
Aprender a enseñar con miedo. Ignorar las amenazas, los empujones y las malas contestaciones para poder seguir ejerciendo su vocación. No todos los profesores lo consiguen. La docencia, encumbrada durante décadas entre las profesiones de mayor prestigio social, vive en los últimos años momentos bajos. Han pasado de ser ciudadanos admirados y respetados a necesitar una figura protectora que vele por su bienestar anímico y, en los peores casos, por su seguridad física. El Defensor del Profesor nació en Extremadura vinculado al sindicato independiente ANPE en mayo de 2006 para prestar ayuda, apoyo y orientación a todos aquellos docentes que sufran cualquier tipo de acoso en las aulas. Desde entonces, según el presidente de dicha entidad en la región, Antonio Vera Becerra, se han atendido más de un centenar de llamadas. Las consultas son derivadas a psicólogos o asesores jurídicos, según sea necesario, y reciben una atención personalizada, gratuita y absolutamente confidencial. Antonio Vera resume las casos más habituales: « Suelen tener problemas para dar clase por situaciones de indisciplina, burla y falta de respeto, han sufrido amenazas por parte de los alumnos, verbales o físicas, tiene problemas relacionados con la actuación de compañeros o del equipo educativo y, en el último año, estamos detectando un aumento, con respecto a años anteriores, (un 20% de las llamadas) de denuncias de acoso o amenazas por parte de los padres». Mujeres jóvenes El presidente de ANPE en la región afirma que es complicado elaborar un perfil de los profesores que solicitan su ayuda, pero esboza que suelen ser más mujeres que hombres y durante los primeros años de ejercicio. Todos ellos presentan, sin embargo, unos síntomas parecidos cuando deciden pedir asesoramiento, según la psicóloga María Dolores Chavero Blanco: «La mayoría muestran en su primera llamada un nivel elevado de estrés, junto a síntomas de inseguridad, inquietud, pérdida de autoestima y un alto grado de ansiedad y depresión. Muchos de ellos relatan, además, la aparición de problemas relacionados con su trabajo tales como una disminución del rendimiento laboral, falta de concentración y dudas sobre su capacidad para el ejercicio». Esta misma semana han recibido la última llamada. «Se trata de una mujer pacense que trabaja como interina en un instituto de Secundaria de la provincia de Cáceres. Ha acudido a nosotros angustiada tras ser dada de baja diagnosticada con un ataque de ansiedad derivado del acoso que sufre por parte de sus alumnos», explica Antonio Vera. La protagonista de esta historia, que ha querido mantener su identidad en el anonimato y a quien llamaremos María, explica la situación en primera persona. «De madrugada me desperté en un estado de ansiedad tremendo. Tuve que pasar por Urgencias y más tarde por mi médico de cabecera. Ambos coincidieron en que tenía que darme de baja por depresión», relata esta extremeña que trabaja como docente desde hace más de una década. El amor a su profesión hace que sienta que la situación es doblemente injusta. «Yo no quiero estar sin trabajar, a mí me gusta enseñar siempre que me dejen ejercer en libertad. Pero yo no me siento respaldada, sino más bien desautorizada por el centro en el que trabajo, hasta tal punto que diría que la situación en la que me encuentro es consecuencia de ello. No he tenido ningún apoyo de la directiva ni del equipo de orientación. Si desde la primera vez que denuncié ciertas situaciones se hubieran tomado medidas ejemplares, no hubiéramos llegado tan lejos», apunta. Esta falta de respaldo por parte del centro, que en principio puede resultar paradójica, es, sin embargo, habitual según indica María Dolores Chavero Blanco, la psicóloga de ANPE. Cuestión de derechos «Se defienden demasiado los derechos del alumno y no se tienen en cuenta sus obligaciones. Desde principios de curso me he tenido que enfrentar a faltas de respeto absoluto diariamente. Hacían lo que les daba la gana en cada momento y nunca pasaba nada porque no podía ejercer mis derechos como profesora», relata María. Las malas contestaciones y el ambiente hostil llegaron a convertirse en empujones y lanzamientos de tizas y papeles mientras que ella trabajaba en la pizarra. «Yo quería seguir dando clases pero un día mi cuerpo me dijo 'basta' y mi voluntad no pudo doblegarle», confiesa. Tras su llamada al Defensor del Profesor, esta profesora se puso en contacto con la Administración que ha dispuesto enviar un inspector a su centro de trabajo para que evalúe la situación. Antonio Vera afirma que la colaboración de las autoridades es cada vez más efectiva y asegura que la respuesta pasa por lograr que los docentes consigan la consideración de autoridad pública. María también confía en que la situación mejore y, aunque confiesa que ha habido momentos en los que se ha planteado cambiar de trabajo, su amor por la enseñanza pesa más y asegura que volverá a dar clase. Pese al miedo, o quizá, una vez superado el mismo.
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