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M. BARRADO TIMÓN M.B.T.
Domingo, 11 de enero 2009, 02:10
El historiador José Luis Gutiérrez Casalá se ha pasado a la novela histórica con un libro que hace referencia a un supuesto atentado contra Franco gestado en Salamanca en el año 1937, en plena Guerra Civil. '¿Sabemos quien quiso matar a Franco!', editado por @bededario, será presentado públicamente en Badajoz en los próximos días y está firmado por el propio Gutiérrez Casalá y por su esposa, Ana María Cabezudo Rodas. Gutiérrez Casalá ha publicado obras de investigación histórica como 'La Segunda República en Badajoz', 'Las colonias penitenciarias militarizadas de Montijo' y un trabajo sobre 'La Guerra Civil en la provincia de Badajoz', que ha tenido varias reediciones. También es autor junto a Cabezudo Rodas de un libro sobre el contrabando en la provincia de Badajoz. Los autores de '¿Sabemos quién quiso matar a Franco!' han incidido en esta historia protagonizada por el anarquista catalán Jaime Ral Banús porque en el proceso que le condenó a muerte se vieron implicadas otras cuatro personas de procedencia extremeña, en concreto de Miajadas y Santa Amalia. José Luis Gutiérrez Casalá se encontró con este asunto durante una investigación en el archivo del Centro Penitenciario pacense. Allí cumplió condena una de las mujeres a las que se relacionó con la trama, la única que se libró del fusilamiento y ello le facilitó el acceso a la documentación del consejo de guerra que tuvo lugar. Con el tiempo, obtuvo datos adicionales sobre la detención de Ral Banús a través del general Manuel Carracedo, que supervisó el interrogatorio del anarquista y la persona que lo acompañaba cuando fueron detenidos intentando pasar a territorio republicano. Hasta ahí los datos históricos del relato, al que Gutiérrez Casalá ha añadido luego la participación de otros personajes reales pero utilizados de forma que sirvan al desarrollo de la trama. «Ral Banús confesó todo, pero lo hizo de forma que no se complicase ni a su familia ni a sus compañeros», dice Gutiérrez Casalá que se inventa incluso la relación del anarquista con una joven salmantina, de la que supuestamente habría tenido un hijo. Según el relato del novelista, Ral Banús se desplazó a Salamanca logrando infiltrarse en la sede de propio edificio del Arzobispado, donde estaba el cuartel general de Franco. Se aprovechó para ello de su infancia católica y del hecho de haber sido monaguillo durante un tiempo. Dice el historiador que este golpe tenía un objetivo puramente propagandístico que pretendía llamar la atención internacional para una intervención a favor de la República. Cuando al anarquista se le acabó el dinero de que disponía buscó nuevas aportaciones, pero para ello tuvo que desplazarse hasta la zona de Castuera por donde debían llegar los fondos procedentes de Francia. En Santa Amalia contactaría con los extremeños que se vieron implicados en la trama, que supuestamente se dedicaban a facilitar el paso de gentes entre uno y otro bando por la frontera que fijó la guerra. Gutiérrez Casalá sitúa también en el libro a los brigadistas que fueron detenidos en Badajoz y a un sacerdote a quien atribuye los rasgos reconocibles de Pepe Ramos, un cura paúl que conoció en su juventud en la Iglesia de Santo Domingo y que llevó su compromiso social luego hasta Madrid, a trabajar en el Pozo del tío Raimundo. José Luis Gutiérrez Casalá prepara también en este momento un libro que le han solicitado para una colección juvenil en la que se trata de explicar a los jóvenes las diferentes profesiones que pueden elegir. A él le toca explicar en qué consisten las tareas de los historiadores. -Entiendo que de pequeño se quiera ser bombero, pero querer ser historiador desde niño debe ser más complicado. -Yo empiezo con una historieta cuando, desde Primaria, el crío empieza a dar síntomas de investigar. Y cuento que, en las vacaciones, se dedica a investigar cernícalos, águilas y cigüeñas hasta que, en Secundaria, el profesor de historia les manda a hacer una serie de trabajos, con ejemplos como los de la Segunda República y el contrabando, sobre los que yo he trabajado. Es una historieta que será agradable para los alumnos. Y luego, en la parte crítica, les digo que hay que tener cuidado con los libros, igual que con los periódicos, que son de derechas o de izquierdas y dicen las mismas cosas de forma muy distinta. En los libros hay personas que escriben para una determinada ideología y pongo ejemplos. Más adelante, el profesor les va introduciendo en los archivos, se habla de las estadísticas o del Archivo Histórico Nacional. -La profesión de historiador parece haberse situado por primera vez en medio del debate social. -Yo presentó aquí dos historiadores que no son profesionales de la historia y son excelentes. Uno es de Zafra, jefe de la Tesorería de la Seguridad Social, se llama Francisco Grajera. El otro es de Badajoz, albañil, y se llama Daniel Infante. Y luego hablo de otros historiadores como Paul Preston. Investigación -Esa consideración social con respecto a los historiadores no deja de ser polémica y crítica en estos momentos. -A lo largo del libro defiendo la libertad del historiador para que escriba lo que se encuentre, no lo que él quiera. Yo puedo poner como ejemplo lo de la Plaza de Toros de Badajoz. Si me encuentro con documentación que me diga que han matado allí, pues lo diría. Pero si me encuentro un testigo que presenció la matanza en San Juan y hablo con otro que presenció la matanza en la plaza, al lado del Ayuntamiento, ¿que más me da en un sitio que en otro? -¿Ha dejado de escribir sobre la Guerra Civil? -No. Tengo un trabajo que seguramente no será publicado antes de que me muera. Es sobre Azuaga, donde ocurrieron hechos muy graves de lo que se ha llamado represión republicana sobre personas que eran falangistas, católicos o ricos porque tenían una finca y daban trabajo (...). -¿Que evaluación hace de la aplicación de la ley de la Memoria Histórica y de cómo se resolvió la intervención del juez Garzón? -El franquismo dio una ley por el año 44 en el que da orden de enterrar cristianamente a toda persona que apareciese enterrada en cunetas o fincas. Los hijos no lo hicieron y ahora ¿quien lo hace? Los políticos. ¿Los nietos? Me río yo de los nietos. Si yo hubiese tenido un padre que estuviese enterrado en una cuneta o finca y lo supiese, habría ido a desenterrarlo en época de Franco. -Pero usted mismo acaba de citar los mecanismos de represión que se utilizaban entonces y parece lógico que hubiese no miedo, sino pánico. -Pues yo ahí no hubiera tenido miedo ninguno. Y lo digo como lo siento. Lo hubiese desenterrado y, además, no se enteran y lo entierro tranquilamente (...). Si se hubiera empezado a hacer lo mismo por la derecha que por la izquierda, aquí habrían salido ganando los de izquierdas. Porque aquí los franquistas mataron 12.000 y los republicanos a 2.642. Si la memoria histórica se aplicase lo mismo por un bando que por otro me habría parecido buena. Yo lo hubiera hecho sin dar publicidad. Pero están utilizando a los muertos para politizar a los nietos, que no quieren saber nada de política.
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