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ESMERALDA RODRÍGUEZ VAQUERO
Lunes, 16 de febrero 2009, 10:14
«Soy un centauro ibérico», responde Gabriel Magalhães en tono bromista cuando le preguntan por sus raíces. Cuando era un niño, su familia se trasladó a vivir a España, «en una época en que la fluidez de las relaciones entre los dos países no era tan grande como en la actualidad», como él mismo manifiesta. Siendo «y sabiéndome portugués», creció en un ambiente español. Vivió en el País Vasco y Galicia y cuando su familia regresó a Portugal decidió sumergirse de lleno en un 'reto peninsular' a través de sus estudios de licenciatura y doctorado en Filología Hispánica y Portuguesa. Ha impartido clases de literatura portuguesa en Salamanca y clases de literatura española en Covilhã, Portugal, en la Universidad de Beira Interior. Además, cuenta con varios libros publicados. -Tras estudiar en profundidad las culturas de España y Portugal, ¿qué le transmiten estos países? -España es un país que no transmite una sola cosa. Se configura como una enciclopedia de nacionalidades, un enorme diccionario cultural. Me gusta disfrutar ante todo de esa variedad. Además, para los portugueses, España representa algo así como un enchufe de electricidad de alto voltaje: los bares, la noche, la marcha...No obstante, a mí me interesa más la España de los creadores: la de los escritores, pintores, directores de cine y sus películas. Portugal es mi país, mantengo con él esa relación a veces complicada que un hijo tiene con su padre. Soy irremediablemente portugués. -¿Por qué ese interés en conocer ambos países? -En mi caso ha sido una fatalidad. Mi biografía me condujo muy niño a España, donde pasé muchos años. Después, en otros momentos de mi vida, estuve largas temporadas en territorio español. Aunque siempre tuve muy claro que soy portugués, puedo pasar por español, disfrazarme de español, por decirlo de alguna manera. Como residí en el País Vasco, en Galicia y en Castilla, mi conocimiento no se limitó a la España más tópica: viví en muchas Españas que hay en España. Por eso me gusta la imagen del laberinto. La Península es un laberinto, pero no el clásico laberinto de pesadilla, sino uno con varias salidas, con más aperturas que callejones sin salida. -¿Qué importancia le concede a las relaciones transfronterizas? -Es muy grande, además siempre han existido, siempre han tenido una secreta relevancia. Son casi el inconsciente de la vida peninsular. Un inconsciente invisible, escondido, pero con una vida intensísima. En mi opinión, tienen más importancia que los grandes proyectos muy ambiciosos y centralistas. La Península se construye más en la vida cotidiana de las fronteras que en las grandes cumbres interministeriales. Nuestra historia se vuelca en el exterior peninsular, pero nuestra vida ibérica es intrahistórica. -A su juicio, ¿en qué situación se encuentran esas relaciones? -No soy un especialista en la materia y me faltan números pero es evidente para el ciudadano de a pie que se están intensificando mucho en áreas como la zona del Minho portugués, de Galicia y en el área de Extremadura y el Alentejo. Curiosamente en Covilhã, la ciudad donde vivo y que está en la región portuguesa de la Beira Interior, que linda con Castilla y León, no se siente tanto el efecto. Ahí existe como un desierto entre los dos países, un Sahara invisible que no permite los acercamientos. -¿Qué papel le otorga a Extremadura como región transfronteriza? -Un papel, sin duda, muy importante. Extremadura ha sido, en el marco español, una región periférica pero en el marco peninsular puede ocupar un puesto central. A través del desarrollo de su peninsularidad, esta región alcanzaría una centralidad que quizás sólo tuvo en la época romana. Extremadura podría ser la bisagra ibérica: una región en la que se abriera la puerta de la relación entre los dos países. -¿Cuáles son los principales proyectos y retos en los que deberían centrarse España y Portugal de manera bilateral? -Depende de si nos interesa el terreno económico, educativo, cultural...En cualquier caso, todo lo que se haga se debe hacer con un gran respeto mutuo. Hay que trabajar los acercamientos sabiendo guardar las distancias. Esto es muy importante porque quien se ocupa de las relaciones entre los dos países aprende tarde o temprano que cuando esos acercamientos se hacen mal desembocan en grandes alejamientos, creando distancias mayores que las que había antes. -¿Por qué dos países tan cercanos y que comparten aspectos territoriales y culturales son, a la vez, tan desconocidos entre sí? ¿Quizá prevalece a través del tiempo una difusa idea de 'frontera'? -Cuando un país se llama España, como un eco de la gran Hispania romana, no puede pensar mucho en ese rincón antitético que es Portugal. Y los portugueses, para no sentirse absurdos, tienen que olvidarse un poco de ese proyecto de comunidad peninsular que es el país vecino. Hay que aceptar y comprender estas distancias sin dramatizarlas, es algo natural como todas las cosas absurdas. La vida siempre es compleja. La realidad no es geométrica. En la Península hay históricamente dos países aunque nos pueda parecer más lógico que sólo hubiera uno. Pero, una vez aceptadas y asimiladas estas diferencias, hay que trabajar en la colaboración, en el acercamiento. Progresos -¿Qué avances traerán tanto el Tren de Alta Velocidad Madrid-Lisboa como las nuevas infraestructuras viarias y la proyección de un Centro Ibérico de Energías Renovables? - En el siglo XIX surgieron las primeras conexiones por ferrocarril entre Lisboa y Madrid. En su momento parecía una gran revolución pero no cambió las relaciones entre los dos países tanto como en un principio se pensaba. En mi opinión, el Tren de Alta Velocidad no tiene una importancia crucial para la vida peninsular. Las relaciones ibéricas se viven en otro ritmo. Son más lentas, más persistentes, pero también más densas. La peninsularidad más profunda se conquista caminando o viajando despacio en coche, escuchando a las personas, conociendo los lugares. -¿Qué le parece la idea de convertir el portugués en el segundo idioma extranjero en la región extremeña? ¿Por qué en estos tiempos y pese a esta vecindad no se ha fomentado más el aprendizaje del idioma? -Lo ideal sería que los portugueses no sintieran el castellano como un idioma extranjero y que pasara lo mismo con los españoles en lo que respecta al portugués. Respetando las distancias de las que hablaba antes, debería existir una sensación de intimidad en lo que concierne a las demás lenguas peninsulares. Existe sobre todo una lectura económica del valor de los idiomas: las lenguas son posibles cuentas bancarias. El latín fue lo que fue debido al poderío económico inmenso del imperio romano y el inglés es lo que es por el mismo motivo. El aprendizaje del otro idioma peninsular estará siempre muy condicionado por las oportunidades de trabajo que conlleve ese aprendizaje y quizás no debiera ser así. Sería mejor que fuéramos militantes incondicionales de todos los idiomas peninsulares. En lo que respecta a Extremadura creo que se está haciendo un gran esfuerzo, superior al de otras regiones españolas fronterizas. -En su conferencia habla de 'lo que los portugueses no entienden de España y los españoles no entienden de Portugal', ¿podría resumir esos aspectos? -Afirmo que hay aspectos de Portugal que los españoles no entienden. Como yo, en cierto sentido, pertenezco a las dos familias, puedo contar esos secretos. Además me gustaría desarrollar este tema: ¿qué derroteros puede seguir nuestra vida ibérica en el futuro? Yo creo que lograremos encontrar un camino propio, específicamente peninsular, que quizás nos permita ser más felices que los mimetismos del desarrollo que tanto nos han preocupado a lo largo de los últimos tres siglos. -¿Qué hacer con esa carencia de conocimiento por ambas partes? -Aunque pueda llegar a parecer cursi, el camino del mutuo conocimiento ibérico depende del respeto mutuo y del amor entre los dos países. Lo que yo llamaría un interés desinteresado, una curiosidad del corazón.
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