

Secciones
Servicios
Destacamos
|
Lunes, 20 de abril 2009, 11:30
En Ciudadano Kane, de Orson Welles, un trineo remite a la infancia del protagonista del film, Charles Foster Kane, en ese trineo, al que llamaba Rosebud, cargaba sus deseos de niño. De algún modo todos vivimos con nuestro particular Rosebud. Es la sensación que tengo al leer Mundos en el jardín, un delicioso y esclarecedor texto de Luis Canelo (Moraleja, Cáceres, 1942) recogido en un antiguo catálogo, en el que compruebo que esta primera experiencia estética le ha acompañado siempre, Siendo niños jugábamos a hacer mundos en la alameda o en cualquier otro lugar apropiado del paisaje. Hacíamos un hoyo en la tierra, introducíamos pequeños objetos como papeles de colores, semillas, hierbas, piedras Se tapaba con un cristal y finalmente lo cubríamos con la tierra que se había retirado. Ya teníamos el tesoro oculto, y a continuación íbamos descubriendo el mundo haciendo girar el dedo lentamente sobre el cristal. Una elaboración tan ingenua se transmutaba en un acontecimiento emocionante.
Este mundo fue tomando forma bajo una fuerte base teórica, que es precisamente uno de los aspectos que caracteriza la obra de Luis Canelo (el crítico Fernando Castro lo define como artista filosófico). Una pintura meditativa sobre el desarrollo de la noción del cosmos mineral, siendo otro tema pictórico esencial -prosigue Fernando Castro- la compleja representación del logos espermático. Hoy por hoy, sus esfuerzos siguen centrándose en plasmar los diferentes estados de la materia -aquí encontramos ecos de los presocráticos-, que le llevan a la formulación de opuestos: lo húmedo/vegetal y lo seco/mineralógico. Esta oposiciones toman cuerpo gracias a su personal lenguaje sobre lo orgánico, así las transiciones de aguas en azules que decrecen, transformándose en pura luminosidad acuática, ciertas transmisiones sinápticas (me vienen a la cabeza los dibujos de nervios de Ramón y Cajal), también lo que él denomina cerebros vegetales, elementos germinales, microscópicos, corpusculares, biomórficos, y lo mineral, caracterizado por raspaduras de aspecto bituminoso, sin olvidarnos de las calidades táctiles de sus óxidos, realmente conseguidos. En todo ello hay deseos por fijar lo nuclear, lo representativo, en un esfuerzo por la materialización de lo permanente.
El mundo que ahora Canelo nos ofrece en la galería madrileña Álvaro Alcázar es un mundo menos compartimentado, si bien mantiene una arquitectura, a veces organizada como estratos sedimentados, desaparece la fragmentación en rigurosos recuadros de etapas anteriores; si a ello sumamos una evidente mayor intensidad del color, podemos colegir que el artista extremeño se encuentra en un momento artístico expansivo. Por lo demás, aunque no estén expuestos por motivo de montaje, no duden en ver los dibujos, realmente deliciosos. Éstos participan de lo anteriormente dicho, pero siempre con el inherente plus de espontaneidad, con menos dosis de horror vacui, aligerados por el blanco del papel. Por cierto, sería interesante observar la trayectoria de nuestro artista a la luz de los mismos, su producción es inmensa, y él mismo me comenta su enorme querencia al papel, queda pendiente por tanto ese enjundioso proyecto.
Por último, el carácter hacedor de la pintura de Luis Canelo lo define perfectamente Palazuelo en un breve texto de 1974, en el que afirmaba, La tierra se contempla a sí misma a través del ojo del ARTISTA y queda transfigurada a imagen del alma que la transfigura () La imaginación verdadera transmuta lo sensible a la vez que instaura su universo. En la imagen emanada de las miradas cruzadas del pintor y de la tierra, está su imagen, la cifra de su alma.
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Recomendaciones de HOY
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.