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SUSANA GIL LLINAS Y ANTONIO SÁEZ DELGADO rayadepapel@hoy.es
Sábado, 23 de enero 2010, 01:05
Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) pasaba en su infancia los meses de verano en Figueira da Foz, la salida al mar más cercana para las familias cacereñas y salmantinas, que hicieron del entonces pueblo pesquero del Atlántico su destino habitual de vacaciones. Los recuerdos de aquellos veranos interminables de la niñez y la adolescencia, en los años sesenta y setenta, se acumulan en su memoria, siempre rodeado de la familia. Entre esos recuerdos aflora uno que ha marcado sustancialmente sus afinidades con el país vecino: cuando intentaban mantener todas sus conversaciones en portugués, como una manifestación familiar de respeto por la cultura en la que se encontraban inmersos en los meses estivales. Una vivencia que, sin duda, ha marcado profundamente al Basilio Sánchez escritor, que no duda en manifestar abiertamente su debilidad por la cultura y la literatura portuguesas. Probablemente algo de esa luz del Atlántico y del sosiego y serenidad de su paisaje y sus gentes hay también en su poesía, delicadamente intimista y reflexiva, que le hizo merecedor, en 2007, del Premio Extremadura a la Creación, por su poemario Entre una sombra y otra.
- ¿Qué significa para usted Portugal?
- La relación que tengo con Portugal es la que uno puede tener con su infancia cuando ésta ha sido razonablemente dichosa. Quiero decir con esto que, a estas alturas de mi vida, no me es difícil afirmar que el azul machadiano de mis primeros años es el azul violento del Atlántico y el azul desvaído de los dinteles de las casas de Figueira da Foz, en cuyas calles la luz de los veranos y la sombra inquietante del que pude haber sido se mezclaron definitivamente para convertirme en el que soy. El Portugal del que ahora hablo comenzaba en la alfândega de Valencia de Alcántara y terminaba en la desembocadura del Mondego, en una playa extensa como pocas habituada a las embestidas del oleaje. El viaje, con toda su dureza, constituía ya un motivo de asombro y de felicidad a medida que nuestros campos resecos iban siendo sustituidos por los regadíos y las huertas portuguesas. Por la ventanilla veíamos mujeres trasegando su luto milenario y carros de madera renqueantes arrastrados por animales mansos. Veíamos ancianos pensativos, inseguros sobre sus bicicletas de entreguerras, y puñados de niños persiguiéndose despreocupados entre los azulejos reverberantes de las fachadas. Cuando al final, tras el emocionado descubrimiento del océano, llegábamos a la casa de la rua da Fonte que mis padres alquilaban todos los años, nada más bajar el equipaje salíamos resucitados a la calle para reconciliarnos con los lugares míticos de nuestra aún precaria sentimentalidad. Desde ese momento los días de verano se resolvían en una felicidad sin servidumbre, en una celebración sincera de la vida que veíamos manifestarse en los detalles más insignificantes de nuestra existencia: el vagabundeo por el mercado, con sus puestos de flores, sus queserías surtidas y el vocerío unánime de las pescaderas ofreciéndonos cangrejos y carapaos vivos; los juegos en la arena bajo los toldos ordenados como campamentos moriscos; los paseos hasta Buarcos y la leche con torradas de la merienda en las cafeterías del centro; o simplemente los garbeos al atardecer por el espigón o por el puerto pesquero, donde descargaban su platería humilde unas cuantas barcazas descoloridas y en donde mareábamos a veces los despojos de la comida con cañas improvisadas y cuerda de envolver. Sólo he vuelto un par de veces a Figueira porque los veranos de la infancia están marcados con la caducidad de las cosas imprescindibles, pero he viajado muchas veces a Portugal y en cada sitio he perseguido siempre los mismos olores, los mismos sabores y los mismos azules que pude percibir entonces. También los he buscado, muchos años después, en los poemas de Pessoa, Ramos Rosa, Eugénio de Andrade, Al Berto, Sophia de Mello Breyner, Nuno Judice o en los de mi amigo Ángel Campos, que no veraneaba como yo en Figueira da Foz, pero sí en la vecina Sao Martinho do Porto.
- ¿Qué ha sido lo mejor y lo peor de su contacto con Portugal?
- Lo mejor, quizás, la posibilidad que he tenido de acceder a una identidad que, con todos los puntos de contacto que tiene con la nuestra, es sustancialmente diferente. Una identidad viva, plena y respetuosa que, sin alardes ni estridencias, me ha acogido en su casa como si fuera mía, pero permitiéndome preservar mi condición de huésped, de visitante privilegiado al que se puede seducir indefinidamente con sus modos, su lenguaje, la desbordante riqueza de su cultura o la belleza laboriosa de su paisaje. Lo peor, el comprobar que para muchos compatriotas Portugal ha continuado siendo un país a conquistar, confundiendo cortesía con vasallaje y fidelidad a las raíces con subdesarrollo.
- ¿Cuál cree que debe ser el papel de Extremadura como región fronteriza?
- Por su geografía, Extremadura está abocada a Portugal, y esto es un privilegio. La riqueza de los lugares fronterizos radica en el intercambio, que siempre es mutuo; en la suma, que a uno y otro lado se convierte en multiplicación. Por eso no hablo tanto de mestizaje, como de convivencia, de superposición de identidades, de la necesidad de compartir nuestras esencias sin perderlas. El tránsito a través de estas nuevas fronteras virtuales debería incluir, además de mercancías, la predisposición para el asombro, la voluntad de conocer y la humildad respetuosa del que irrumpe en la morada del otro.
- ¿Cuáles son sus principales proyectos y retos, de cara al futuro, en su relación con Portugal?
- Leer, si puedo localizarla, 'Señales de fuego', de Jorge de Sena, novela ambientada en la Figueira da Foz de los primeros días de la guerra civil, ponerme al día con la poesía más reciente del otro lado, y procurar seguir cruzando la alfândega con la fascinación de aquel que cada año, como si fuera la primera vez, descubría tras el cristal de la ventanilla la línea azulada, para él infinita, del Atlántico.
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