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J. R. Alonso de la Torre
Viernes, 7 de noviembre 2014, 08:18
En Lisboa, el 28 y en Badajoz, el 18. Para conocer la ciudad blanca, nada más turístico que viajar en ese tranvía 28 que te lleva desde el Parlamento hasta la Catedral y más allá. El problema es que el 28 va siempre lleno, es tan popular que aparece en los anuncios de la Champions y cuando viajas en él nada te sorprende ya de tantas veces visto.
El 18 es otra cosa. El autobús urbano número 18 de Badajoz es la mejor manera de conocer lo más moderno de la ciudad en un viaje de hora y media. No es un viaje cómodo ni turístico. Es más, puedes acabar con un mareo de agárrate, pero te pasea por el alma de la ciudad desde Cerro Gordo hasta El Faro pasando por la plaza de toros, la brecha de Trinidad, el Guadiana, el centro y hasta la Puerta de Palmas.
No crean que soy un masoquista que se dedica a ir por las ciudades montando un par de horas en los autobuses urbanos. La verdad es que quería ir a El Faro desde Puerta Palmas. Pero a la vuelta me equivoqué, me pasé de parada, fui aplazando, aplazando el momento de descender y acabé en Cerro Gordo, que ya es acabar. Solo quien haya hecho, todo seguido, un viaje de ida y vuelta entre estos dos puntos de Badajoz entenderá cómo te sientes al acabar el viaje. Pero no hay mal que por bien no venga, al bajar de nuevo en Puerta Palmas entré en un bar que siempre me ha llamado la atención por su ambiente popular y sus llenos a todas horas. Se llama Rincón de Mafe y me tomé un plato de macarrones por 3,50 euros que me hizo olvidar el trance del bus.
Mientras esperaba el 18, empecé a mosquearme porque en los monitores ponía que le quedaban 15 minutos para llegar a la parada y al rato ponía que le faltaban 16. Diez minutos después ponía que llegaría en 14 y acabé dudando de la realidad del tiempo en Badajoz: mi reloj iba de cinco en cinco y el monitor aquel iba de uno en uno. Una viajera que esperaba no se extrañó de aquel milagro del tiempo cuando se lo hice notar y me avisó de que con el 18 siempre era así. Luego lo entendí: el dichoso bus da tantas vueltas que el GPS se vuelve loco y lo mismo te indica que está a punto de llegar que te anuncia que le queda un cuarto de hora.
Ya digo que este bus no es apto para turistas de viaje organizado ni ofrece perspectivas para fotografiar, pero discurre por barrios muy castizos y permite disfrutar de los anuncios entusiastas e hiperbólicos de la churrasquería La Parrilla, subiendo a la estación de tren. Siempre tienen algún mensaje en sus pizarras que me encandila. El del otro día anunciaba: «Los callos de ternera, un lujo a su alcance». Pero estaba escrito con tanta pasión que acababan convenciéndote de que los humildes callos son un plato tan lujoso como los percebes de Cedeira o el caviar ruso.
Entre los callos lujosos y los macarrones a 3,50, en la avenida de Elvas subió un muchacho con dos bolsas de plástico en las que se dibujaba un gallo con cara de ser feliz. Al instante, un olor a pollo asado y a patatas fritas se extendió por el vehículo y el bus entero parecía un comedor doméstico.
Ajeno al hambre de los viajeros, el 18 seguía mostrando los puentes modernos, el ambiente del nuevo paseo fluvial, con decenas de patos convirtiendo la orilla del río en un improvisado zoológico al que acuden decenas de familias con sus niños, la alegría compradora de El Faro. La parada del centro comercial está a pleno sol. Como es sábado, el bus tarda un poco más y alrededor de la marquesina se va conformando una multitud de chicas jóvenes cargadas con bolsas. La espera es muy entretenida porque las muchachas sacan faldas, leggins y blusas y se las prueban sin probárselas, imaginando lo guapas que van a estar mientras los varones admiramos y también imaginamos.
Y a la vuelta, un paseo por media ciudad y una visita turística a Cerro Gordo. Ya digo, hice el viaje por error, por no bajarme a tiempo, pero mereció la pena conocer de cerca la Badajoz que siempre ves de lejos. La Badajoz del 18.
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