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«Yo nací en el patio 10 de Santa Marina en el año 53». Con esta frase comienza Lorenzo Blanco Nieto a hablar sobre su infancia. Este pacense recuerda que entonces este barrio, hoy el centro de la ciudad, «estaba en el campo». «Cuando se marchaban a la zona antigua, las vecinas decían: 'voy a Badajoz'».
En los años 40 se abrieron varias brechas en las murallas pacense. Entre ellas una frente a Correos para crear la avenida de Huelva. Al fondo, el Ayuntamiento construyó unas viviendas para asignarlas a maestros, funcionarios municipales y militares. «Algunos incluso renunciaron porque consideraban que estaban muy lejos del centro», recuerda entre risas Lorenzo Blanco.
La calle se llamaba Ronda Exterior porque, después, no había nada más que terrenos. En el año 1950 se rebautizó como Santa Marina. En esas casas, y sobre todo en los patios que las unían, hicieron su vida unas 300 familias que no lo sabían, pero estaban creando un barrio. «Eran de clase media y luego muchos de esos niños han sido figuras conocidas de la ciudad», explica Blanco.
La fundación de este barrio, y la niñez que muchos pacenses vivieron allí, ha inspirado el libro 'La vida en los patios de Santa Marina. Recuerdos de infancia' que ha escrito Lorenzo Blanco y que se presentará hoy en el colegio de Las Josefinas seguido por un guateque para recordar esa época.
El propio Lorenzo Blanco nació en las casas que el Consistorio construyó en Santa Marina y fue concejal del Ayuntamiento de Badajoz, además de profesor de la Universidad de Extremadura. En su obra cita cientos de nombres de adjudicatarios de estas viviendas, entre ellos, el árbitro internacional Pablo Augusto Sánchez Ibáñez, Antonio y Manolo Soriano, la familia Ayuso, Cecilio Venegas y otros políticos, empresarios y conocidos profesores.
Dos de esos niños de Santa Marina, además, participan en el libro escribiendo un prólogo. Son el alcalde de la ciudad durante 18 años, Miguel Celdrán, que también recuerda como la zona estaba rodeada de campo, y la abogada y política Cristina Almeida, que también formó parte de este barrio. Esta pacense destaca en el texto que solía ir a visitar a su tía, Esperanza Segura y que los niños vivían en la calle, con libertad.
«Era todo el día en la calle. Había algunos que ya se tomaban en postre en el patio y a los que vivían en los terceros, sus madres, les bajaban la merienda descolgando una cesta por la ventana», recuerda Blanco. Así, las zonas comunes estaban llenos todas las tardes. «Yo llegué a contar 40 niños en un patio, pero podría haber momentos con 100. Nosotros éramos cinco hermanos y yo nunca pensé que éramos una familia numerosa porque era lo normal. Había casas con diez hijos, con siete».
Todos estos menores tenían un punto de encuentro, el Bar Avenida. «Íbamos a pedirles vasos de agua a los camareros. Los teníamos hasta las narices, pero eran gente muy agradable». Este bar también fue, durante muchos años, el lugar de encuentro de los redactores del Diario HOY. Desayunaban allí y muchos vecinos se acercaban a contarles noticias antes de que existiesen los teléfonos móviles.
Los juegos en Santa Marina eran muy variados aunque, según detalla el libro, los niños y las niñas solían estar separados. Los primeros escogían dinámicas más violentas como policías y ladrones mientras que ellas optaban por pasatiempos como 'las tabas'. Consistía en usar los huesos de las rodillas de los corderos a modo de dados. Lo mejor, añade Blanco, era que podían moverse libremente por la zona. Se colaban en los chalets abandonados, en el Campo Verde (actual plaza de los Alféreces) o en campo de las Palmeras (actual parroquia de San José).
«También hacíamos trastadas», reconoce el autor del texto, que confiesa varias. «Poníamos ladrillos tapados por cajas de zapatos para que se golpease la gente o vasos de agua atados a un hilo para que se les cayesen encima. Nos escondíamos en los setos que había entonces en la avenida para verlo». «La frase que más temíamos era: te he visto y te conozco, y a tu padre, y se dónde vives».
La vida en general, resume Blanco, era distinta. Los portales y las puertas de las casas estaban abiertos. Por ejemplo, Manolo el panadero llegaba desde San Francisco con su carreta con barras de pan y la dejaba en los patios mientras iba repartiendo por los pisos. Otros vecinos cogían el pan directamente del carro y luego el panadero pasaba por las casas para cobrar». Esta costumbre se ha perdido, igual que otros oficios, como el sereno, Servando se llamaba el de este barrio, el colchonero, que le daba la vuelta a las camas o el basurero que iba con una carreta y un burro.
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