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M. LORENCI
Miércoles, 30 de septiembre 2015, 14:48
Madrid. Es un misterio el lugar de nacimiento de Luis de Morales, pero su genialidad no fue un secreto para sus coetáneos, encandilados por el eterno misterio de sus pinturas religiosas. Morales, un maestro bautizado como El Divino ya en el siglo XVIII por el pintor Antonio Palomino, supo venderse. Disfrutó del éxito, el dinero y la fama en el siglo XVI. Pero la historia fue cruel con este genio renacentista, dueño de una depuradísima técnica, una sensibilidad extrema y un estilo singular. Una genialidad que el talento de sucesores tan imponentes de El Greco, Velázquez o Goya aplastó.
El Prado ilumina y conjura la «leyenda negra de Morales», construida «sobre sus obras de pasión y redención», según Leticia Ruiz, comisaria de la histórica muestra que dedica al pintor la pinacoteca. Reúne 54 piezas magistrales -muchas restauradas para la ocasión- que permiten calibrar la grandeza de un maestro semiolvidado durante más de dos siglos y a quien el Prado dedicó su última muestra en 1917. Sus piezas «de técnica extraordinaria y gran virtuosismo» brillan hoy «sobre las imágenes patéticas y lamentables divulgadas en copias que no hacían justicia al genio», lamentó Ruiz.
«Goya, Velázquez y el Greco se redescubrieron en el XIX, y en esta regresión hacia los fundamentos del arte español llegamos a Morales y a la esencia del arte religioso del XVI», asegura Miguel Zugaza, director del Prado, que celebra «la originalidad de su obra y no su exhumación académica».
Una exposición
Con 24 piezas, el Prado atesora la mejor colección de Morales, un maestro presente en grandes colecciones y museos del mundo que acaba de entrar en la de Metropolitan de Nueva York.
Gracias al patrocinio de la Fundación BBVA y en alianza con el Museo de Bellas Artes de Bilbao y el Nacional de Arte de Cataluña, la pinacoteca ha podido reunir las piezas más señeras de la obra de Morales. El Prado aporta 19 obras y las 35 restantes, que se exhiben en cinco secciones, proceden de museos nacionales e internacionales, colecciones privadas e instituciones religiosas, como la Catedral nueva de Salamanca, el Museo e Arte Antiga de Lisboa o la parroquia de San Agustín de Madrid.
La exposición, que según Zugaza «rompe el tópico del estrecho repertorio temático de Morales» es una cuidada revisión de la obra del Divino, apelativo que se ganó «porque todo lo que pintó fueron cosas sagradas» según Antonio Palomino.
Nació Luis de Morales en 1510 o 1511, y murió probablemente en 1586, quizá en Alcántara (Cáceres), donde residía en 1585. Vivió y pintó en Extremadura y durante medio siglo fue el más prolífico e importante pintor de la zona. Autor de una veintenas de retablos y cuadros de altar, trabajó en Évora, Elvas y Badajoz, donde se estableció en 1539. Laboró antes en Plasencia y sus alrededores, un territorio con artistas bajo influencia de Flandes y Castilla «que explican una parte esencial de la pintura de Luis de Morales» según Miguel Falomior, directo adjunto del museo.
La muetra estará en el Prado hasta el 10 de enero de 2016 para viajar luego al Museo de Bellas Artes de Bilbao -del 9 febrero al 16 de mayo de 2016- y al Museo de Nacional de Arte de Cataluña (16 de junio a 25 de septiembre).
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