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Investigan el derribo de un muro de carga y la acumulación de material

Los dos operarios sepultados trabajaban para subcontratas; el dueño tenía licencia desde enero para la obra

C. HIDALGO/C. BARCALA

Jueves, 24 de mayo 2018, 07:41

madrid. Los servicios de emergencias de Madrid trabajan a destajo en las labores de apuntalamiento y desescombro del inmueble del número 19 del paseo del General Martínez Campos (Chamberí), donde quedaron sepultados por cientos de toneladas dos obreros. José María Sánchez Tejada, de 56 años, vecino de Malpartida de Plasencia, y Agustín Bello Moreno, de 42, natural de Madrid pero residente en Parla, son los nombres de la tragedia. Al cierre de esta edición, los bomberos seguían buscándolos. Quince familiares aguardan angustiados, asistidos por el Samur Social en un hospital de campaña y en el convento de San Vicente de Paúl.

Paralelamente, el departamento de Siniestralidad Laboral de la Unidad de Coordinación e Investigación Judicial de la Policía Municipal tomaba las riendas de las pesquisas del caso, en las que también se ha personado la Fiscalía. Esta parte del trabajo está aún en fase embrionaria, pues lo que prima, como es lógico, es el trabajo de salvamento. Pero las distintas fuentes policiales consultadas apuntan a que son distintas las causas, aunque relacionadas, las que provocaron el siniestro.

El propietario actual del edificio (de 6.000 metros cuadrados construidos y del año 1931) es Rockefeller Group International, que lo adquirió por 25 millones de euros a través del fondo londinense Europa Capital en julio de 2016. El 31 de enero de 2018 obtuvo la licencia para una obra integral de rehabilitación. El martes, los obreros estaban trabajando en la demolición de tabiquería, principalmente. Se maneja la hipótesis de que tiraran total o parcialmente un muro de carga o una viga maestra; a ello habría que sumar el hecho de que el material y los escombros los estaban acumulando en un mismo punto de esa séptima planta, en vez de distribuirlos. Todo ello, supuestamente, pudo provocar el colapso y que cayera como un castillo de naipes.

El propietario del edificio es Rockefeller Group International, que lo compró por 25 millones

Veincuatro empleados de tres subcontratas estaban dentro. Los de Aldesa consiguieron evitar ser aplastados. Peor suerte corrió José María Sánchez Tejada, que estaba quitando lo que quedaba de antigua carpintería y mobiliario en el quinto piso. El fontanero autónomo Agustín Bello Moreno estaba trabajando en el mismo piso. Una tercera realizaba labores de pilotaje en la planta baja del edificio en el momento del derrumbe.

Distintas fuentes desmintieron que el suceso se produjera porque estuvieran ampliando la zona de parking: «No se había empezado a trabajar en los tres sótanos. Lo que se pretendía era convertir los antiguos pisos, de entre 350 y 400 metros cuadrados, en apartamentos más pequeños, de calidades de lujo, por eso estaban tirando los tabiques, y pudieron equivocarse y derribar un muro maestro».

La labor de los bomberos está siendo extraordinaria. Permanecen en el lugar 50 efectivos, que van rotando por la gran fatiga que sufren. Aunque se metió maquinaria pesada, el grueso del desescombro se está haciendo a mano, con palas. Veinticuatro horas después del accidente, al inicio de la tarde de ayer, quedaba más del 80% de cascotes por retirar. Llegaban a una altura de una tercera planta, explicó el jefe de este Cuerpo municipal, Eugenio Amores. El colapso provocó un efecto cono o embudo, de manera que la acumulación de piedras llegó bastante profunda que la planta baja.

Hay otro hándicap: en la crujía que da a la calle de Viritato, justo en la trasera del edificio, pendían un casetón del montacargas y un balcón, con grave riesgo de que cayeran sobre los bomberos, que trabajan en el patio central. La estrategia era tirarlos y emplearse luego a cielo abierto.

La primera noche, metieron a perros especialistas en la búsqueda de personas vivas. Señalaron algunos puntos, pero no fueron confirmados. La búsqueda de José María y Agustín se centraba en esas zonas. También trabajaron perros para localizar a muertos, que no detectaron nada. Pero solo sirven cuando un cuerpo está en descomposición y, por lo tanto, lleva ya tiempo inerte.

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