25 aniversario de la muerte de José A. Gabriel y Galán
La dedicación de J.A. a la poesía surgió inicialmente como una especie de autoexigencia hereditaria, que con el tiempo le fue llevando a una necesidad de comunicarse consigo mismo en un relato sin concesiones
Pedro Frco. Gabriel y Galán
Martes, 13 de marzo 2018, 00:17
Cuando aquel lejano 5.11.1980 José Antonio Gabriel y Galán subía al escenario del teatro Bellas Artes de Madrid para recibir las felicitaciones por el éxito de la ‘Velada de Benicarló’ solo él sabía que esa misma tarde le habían diagnosticado el cáncer que 13 años después acabaría con su vida. Había, pues, finalizado la representación y junto a José Luis Gómez, autores ambos de la adaptación teatral de la obra de Azaña, y en compañía de José Bódalo, Agustín González, Fernando Delgado y el resto de actores, recibían los aplausos del público, Jose Antonio escribiría mas tarde en su Diario: «Un día feliz corregido por una sentencia de muerte». Porque, efectivamente, el 13 de marzo de 1993 moría en su casa de los Peñascales (Madrid) a los 52 años de edad. Muerte temprana, porque como escribió Juan Cruz «se le había hecho la noche a la mitad de la tarde». Se cumple, pues, el 25 aniversario de la muerte de quien fue considerado en su día un gran animador cultural y gran novelista de la transición, que luchó contra todo conformismo cómplice y contra tanto silencio imperante para al fin hacer del juego literario su apuesta vital. Y aunque el periodismo fue en realidad el hilo conductor que entrelazó toda su actividad de escritor, en su doble vertiente de articulista y director de ‘El Urogallo’ y a pesar de una vida truncada prematuramente, J.A. pudo desarrollar una amplia actividad literaria en todas sus facetas: poesía, novela, teatro, radio… actividades que, en palabras de Juan Ángel Juristo, «iban respondiendo a un impulso propio que le llevaba de la narrativa a la poesía y de vuelta a la narrativa en un anhelo de experiencia límite».
La dedicación de J.A. a la poesía surgió inicialmente como una especie de autoexigencia hereditaria, que con el tiempo le fue llevando a una necesidad de comunicarse consigo mismo en un relato sin concesiones. Fruto de ello fueron sus tres poemarios publicados, en los que quiere explorar esa perplejidad que siempre despierta vivencias nuevas, asumir el compromiso que encierra la magia de la palabra, bucear en la duda que abarca la cara oculta de las cosas. Todo ello lleva a Álvaro Valverde a decir que «J.A. se quería ante todo poeta».
Su narrativa, por otro lado, describe lo que para J.A era la literatura, la expresión de que «ser o no ser no es más que una apuesta, un riesgo sobre el riesgo» (Diario), la necesidad de elevar la imaginación hasta donde todo es posible, pues como escribió Gonzalo Hidalgo Bayal: «la obra narrativa de J.A. es una apuesta vital y ganadora, la azarosa conciencia de un escritor que ha sabido batir palmas en su país y en la juerga macabra de su tiempo».
Fiel transcripción de su pensamiento fueron sus cinco novelas publicadas en las que J.A. siente que cada historia forma parte de un sueño que le permite asomarse al mundo tratando de llegar lo más lejos posible y alcanzar la mayor cantidad de tiempo permitido. Porque J.A. mantuvo siempre una conflictiva dialéctica entre la acción y la reflexión, lo marginal y el poder social, el silencio y la palabra, que le llevaban a una cierta inseguridad ante sus sensaciones de pérdida, cuando intenta comprender lo inexplicable y dar sentido a lo que no siempre es creíble. Y así, a la exaltación de los momentos creativos le sigue la angustia de un tiempo que se le acaba, a la inquieta serenidad que le produce sus armisticios le suceden las exigencias de un cuerpo ya sin espacios. Opinión que completa Bryce Echenique cuando escribe: «J.A. es el hombre que con su espíritu crítico se rebela siempre conduciéndole al desgarramiento vital y cultural que marca toda su obra».
Generacionalmente, Juan Carlos Suñen encuadra la poesía de J.A. diciendo que «comparte la cultura de los novísimos y en compromiso del 50», en esa llamada generación «ámbar», situada entre el realismo social y la búsqueda del lenguaje y del estilo, la cultura de la imagen frente a la cultura de la palabra, la creación objetiva entre la modernidad y el clasicismo. Rafael Conte por su parte afirma que en la narrativa «J.A. escogió lo francés frente a lo anglosajón, a Celine y Cortázar frente a Proust, el surrealismo existencial en lugar de la experimentación verbal». Aunque en realidad J.A. sospechaba de todo tipo de clasificaciones etiquetadas, de la exaltación de grupos sacralizados y de tantos derechos adquiridos. Y como yo mismo escribí en este periódico, posiblemente los compromisos éticos e intelectuales de J.A., le ocasionaron algún desencuentro con grupos culturales y políticos de la época, demasiado comprometidos con ciertos determinismos estéticos que solo conducen, en un juego de artificios, a simples registros normativos o a complicidades dudosas. Porque el eco y las conclusiones espurias solo producen ruido.
Volvemos, pues, ahora a aquel 1980 que marcó y condicionó dramáticamente los 13 últimos años de la vida de J.A. «aquella persona para quien el día al amanecer se le plantea como un tiempo logrado al azar, hecha la apuesta horas antes, en los atardeceres, que es donde el ego logra diluirse un poco», (Juan Ángel Juristo). Son esas inquietantes horas que llevan a J.A. a profundizar en sus pensamientos mas arriesgados, como una forma de desafío al tiempo. Porque la invitación a la resistencia que él se hizo a sí mismo era sobre todo una «sensación de hallarse siempre en el otoño, esa estación sospechosa, abrumadora en su cambio, melancólica en sus colores, inexplicable en lo que tiene de tramo final» (Diario). Tramo final que se le iba haciendo más explÍcito a medida que las evidencias de fragilidad le iban acorralando y la noche se le iba llenando de demasiados paisajes vacíos.
Pero, en fin, como dijo Manuel Gutiérrez Aragón: «el amigo murió y las palabras son demasiados lógicas». Por eso, quizás, hoy tendríamos que preguntarnos con J.A., «por qué las sombras carecen de calor».
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