Secciones
Servicios
Destacamos
TEXTOS
Domingo, 10 de diciembre 2006, 01:59
Si no fuera por el letrero o por la dimensión del edificio, la manufactura de Tapices de Portalegre pasaría por una tradicional casa alentejana con sus paredes pintadas de blanco inmaculado, sólo alteradas por el amarillo de los zócalos y por las molduras que envuelven las ventanas. Pero es ahí dentro donde se encuentra la joya de la corona de la tradición textil de Portalegre: los tapices.
«Éste es el único lugar de Portugal y del mundo donde se hacen tapices con este punto; las únicas personas que los saben hacer están en este edificio», cuenta Fernanda Fortunato, que lleva ya más de cuarenta años trabajando en la fábrica de tapices de Portalegre. Los responsables de esta manufactura explican que los tapices de Portalegre no son mera artesanía. «Son una forma de arte, como también lo son la pintura o la escultura».
Desde 1946
La historia empezó en 1946, cuando Manuel do Carmo Peixeiro inventó un nuevo punto para hacer tapices que permitía una reproducción fiel de las obras plásticas de pintores. El empresario portugués Guy Fino, padre de la actual directora de la fábrica, impulsó la industria de tapices en la ciudad portuguesa y trató de ganar peso respecto a otras formas de trabajar el tapiz en otros países como Francia, puntero hasta aquel momento.
Al inicio, los expertos internacionales mostraban cierto escepticismo, pero la persistencia de Guy Fino llevó a que, a día de hoy, estos tapices sean reconocidos internacionalmente.
Los tapices de Portalegre son reproducciones de obras de pintores como Julio Pomar, Vieira da Silva y Graça Morais, que las tejedoras de Portalegre configuran punto por punto. La jornada laboral de estas mujeres empieza a diario a las 8 en punto de la mañana. A mediodía tienen un descanso de hora y media para comer y después, por la tarde, trabajan de 13.30 a 17.30. Como cuenta Fernanda, que actualmente es la responsable de todo el funcionamiento de la manufactura, las tejedoras no están sentadas todo el tiempo, sino que suelen levantarse para inspeccionar el laborioso trabajo que han estado realizando. «Se tardan años en formar a una buena tejedora de tapices», explica Fernanda. «Hay mujeres que nunca consiguen aprender, es necesario tener muy buenas manos para ello».
Céu Ceia, la trabajadora más veterana del lugar, lleva toda su vida trabajando como tejedora en los tapices. Empezó a los 13 años y ahora, a los 42, cuenta que no sabe hacer nada más. «Es algo que se tiene que hacer con gusto y con el tiempo se vuelve más sencillo», dice sentada frente al telar sin parar de hacer los famosos puntos de Portalegre. Actualmente hay cerca de 40 mujeres trabajando, aunque hubo tiempos más prósperos. En los años 80, la cifra de trabajadoras superaba las 200.
Clientes
Antes el Estado portugués era quien compraba la mayoría de los tapices producidos en la fábrica, pero hoy día son particulares quienes, llamados por una obra limitada y exclusiva, se hacen con los tapices para decorar sus casas.
Los tapices pueden tardar meses y hasta años en quedar terminados, dependiendo del tamaño de la reproducción y de la exigencia del dibujo del pintor.
Cuando la obra original del pintor llega a la fábrica, el original se proyecta amplificado en una sala de proyecciones de cuya pared cuelga un enorme papel blanco cuadriculado. Allí, sobre ese mural, el reflejo de la obra sirve para hacer un minucioso calco y conseguir así aumentar proporcionalmente y de forma exacta todos los trazos del pintor.
Este trabajo, complejo como todos los que se realizan allí, era labor de Fernanda cuando empezó a trabajar allí.
Después, cuando se ha calcado en su integridad, el dibujo se tiene que corregir muchas veces hasta que se quede exactamente como la pintura.
Vera Fino, hija de Guy Fino y que actualmente asume el cargo de directora de la empresa, afirma que «las personas buscan los tapices de Portalegre por su calidad, porque saben que son una reproducción perfecta de las obras».
Además de los trazos del dibujo, réplicas idénticas, la elección de los colores es fundamental. «Es muy complicado encontrar los tonos exactamente iguales que en el cuadro», afirma Fernanda. Esta elección se lleva a cabo en otra sala más amplia y con más luz, ya que para esta labor hay que respetar hasta el más mínimo detalle.
Deolinda Miranda trabaja desde hace más de 17 años en el dibujo de los tapices y cuenta que es algo que se tiene que hacer «con amor», ya que algunas veces se puede tardar años en conseguir el dibujo perfecto. Y perfección es una palabra siempre presente cuando se habla de los tapices de Portalegre. Los pintores sólo firman los tapices si les parece que están en total armonía con su obra y hasta ahora nunca ninguno ha rehusado firmarla.
Después de dibujados, las tejedoras empiezan a hacer los tapices. El resultado se puede ver en muchas instituciones portuguesas como bancos, tribunales y hoteles. Para los más interesados está el Museo Guy Fino, donde se puede conocer la historia de este arte portugués o admirar los tapices que decoran sus paredes.
Quien quiera llevarse uno a su casa puede dirigirse a la fábrica o a la galería de los Tapices de Portalegre en Lisboa. El coste puede variar entre los 7.000 y los 14.000 euros el metro cuadrado, dependiendo de la dificultad y de los recursos necesarios. Así que con suerte y unos 5 millones de las antiguas pesetas, uno puede llenar de colorido y arte portugués cualquier rincón de su casa.
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Favoritos de los suscriptores
Recomendaciones de HOY
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.