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CRÍTICA DE TV

Saber y ganar

JOSÉ JAVIER ESPARZA

Sábado, 5 de mayo 2007, 03:47

El concurso de conocimientos de la sobremesa de La 2, 'Saber y ganar', ha cumplido diez años. Este benemérito programa, quizás el concurso donde más cosas aprende cualquier espectador, lleva mucho tiempo siendo lo más visto de La 2, con cifras que superan el millón de espectadores; en su horario, es una hazaña. Ahora, por el aniversario, La 2 ha ofrecido un especial en 'prime time'; tuvo casi millón y medio de espectadores. El homenaje es justísimo. 'Saber y ganar' es un programa muy bueno. Personalmente, algo que me impresiona mucho es que ahí todo el mundo, además de listo, parece normal y razonablemente feliz. No me refiero sólo a Hurtado, que tiene una manera de estar ante la cámara que parece la dicha personificada, sino, sobre todo, a los concursantes. Digo normales: es decir, que son personas que te podrías encontrar en cualquier momento por la calle o en la sala de espera del médico, gente de aspecto discreto, apacible, sobrios también en gestos y expresión, lejísimos de la fauna televisiva previo 'casting' que vemos en tanto concurso de 'prime time', donde casi todo el personal es demasiado 'moderno' o demasiado extravagante, demasiado guapo o demasiado vulgar.

Razonablemente felices, también: porque, en efecto, están como encantados de la vida, no te sepultan con sus pequeñas tragedias domésticas, no te arrojan esa mirada de dramático ombliguismo adolescente que ves, por ejemplo, en los 'talk shows', donde todo el mundo está agobiado bajo el peso de sí mismo, sino que aquí, en 'Saber y ganar', los concursantes se conducen con un cortesía espontánea y elemental que recuerda mejores tiempos, con un saber estar que hace de ellos personas idóneas para compartir un largo viaje en tren. Este carácter normal y razonablemente feliz de las gentes de 'Saber y ganar' tiene, creo yo, un solo origen: la cultura, la instrucción. ¿Pedante argumento? Pues no, al revés. Lo pedante es creer que la gente vive mejor en el pozo, bien a la altura del cieno, y que cualquier cosa que se eleve o se distinga es odiosa y repelente. Este amor al lodo es un desvarío de señoritos aburridos y ricos que se convirtió en dogma ideológico hacia los años sesenta y que desde entonces no ha dejado de ensuciarnos. Por el contrario, la gente que ha estado abajo de verdad siempre ha sabido que arriba se respira mejor, que lo elevado y excelente es preferible a sus antónimos, y no es un azar que las grandes políticas de reforma hayan pasado siempre por la cultura y la educación. Se vive mejor cuando entiendes las cosas que cuando, simplemente, las gozas o las sufres. Los concursos de conocimientos son la traslación televisiva de este planteamiento: saber es más importante que ganar, porque el mero hecho de saber ya es una ganancia. Ejemplar.

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