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MARCE SOLÍS
Miércoles, 25 de julio 2007, 03:09
Ha muerto Fernando Turégano. Y lo ha hecho con las botas puestas como les gusta morir a los artistas. Iba camino de Budapest, con intención, seguramente, de asistir al Teatro Nacional de la Opera a ver (de nuevo) El Danubio Azul o cualquier opera de Verdi o Puccini. Ha muerto uno de los hombres más cultos que he conocido y a la vez una de las personas más divertidas y amenas. Conversar con él era un continuo deleite y un aprendizaje seguro. Fernando asistía a todos los estrenos y de todos disfrutaba sin prejuicios; desde un concierto de Extremoduro en el Hípico de Cáceres hasta el estreno de la opera Fidelio en la Escala de Milán.
Así era Fernando, amante del arte, de todo el arte; además de divertido, cercano, sensible, tierno, afectuoso, lúcido, ilustrado, juicioso, cachondo, ingenioso, elegante, simpático y, por si fuera poco, humilde.
Cuánto te debemos, Fernando, cuánto nos has enseñado, cuánto hemos disfrutado contigo. ¿Cómo te vamos a echar de menos!
Descansa en paz, los dioses te conocen bien.
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