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Feria, vigía perpetuo de la Baja Extremadura
UNA INICIATIVA PROMOVIDA POR LA DIPUTACIÓN PROVINCIAL

Feria, vigía perpetuo de la Baja Extremadura

Bajando del castillo, asombran las vistas del pueblo, que se extiende en equilibrio inverosímil

Lunes, 2 de octubre 2017, 00:38

Al poco de cruzar Mérida, lo distinguimos a lo lejos. Como un faro, orientando al viajero que cruza Tierra de Barros, presidiendo las llanuras y las serranías de la provincia. De día, con su figura imponente, pétrea y elegante. De noche, con sus luces amarillas iluminándolo. Castillo de Feria, vigía perpetuo de la Baja Extremadura.

Estamos en su torre de 40 metros de altura. Abarcamos con la mirada los mil kilómetros cuadrados del antiguo señorío de Feria y mucho más. En los días nítidos, se ve Elvas y casi cualquier día se puede distinguir la inmensidad de la provincia más grande de España, Badajoz, y las campiñas, montes y llanos que acogen sus 12 conjuntos histórico artísticos.

Abrumados por la intensidad del paisaje y por una plenitud inexplicable, nos golpea la blancura inmediata de Fuente del Maestre. Tropezamos, mirando al sureste, con la extensa mancha clara de Zafra alfombrando un rincón del horizonte. Y más allá, la Campiña Sur y las sierras lejanas avisándonos de la fuerza de Llerena, de la autenticidad de Azuaga. A nuestra espalda, sierras que cobijan los encantos de Jerez de los Caballeros, Burguillos del Cerro y Fregenal de la Sierra, tres pueblos de nombre compuesto, de arquitectura diversa. Al noreste, lejos, Magacela: otro faro, en este caso, de La Serena. Al norte, imprescindible y referencial, Mérida, y en la Raya, Olivenza y Alburquerque.

Iniciamos, en lo alto de este formidable castillo de Feria, un viaje por el arte y la historia de Badajoz resumido en las 12 joyas de la provincia. Nos disponemos a conocer y a contar la belleza formidable de su arquitectura y su arte, la tradición de sus fiestas y su peculiar gastronomía. Y nuestra primera parada la hacemos en este enclave tremendo, casi apabullante, en esta torre del homenaje de estilo gótico-militar de la que vamos descendiendo al tiempo que nos detenemos en las diferentes plantas y vamos conociendo la historia del castillo y del caserío levantado a su sombra.

Este castillo, que solo cierra en Navidad y Año Nuevo, fue levantado por los Suárez de Figueroa, linaje gallego trasplantado a Extremadura con la Reconquista, entre 1460 y 1513. De la Torre, salimos a la muralla y paseamos por sus almenas, magnífico escenario fotográfico y atalaya entretenida para contemplar media provincia como quien consulta un mapa. «Mirad, aquello es Hornachos y más acá, Villafranca», señalan los turistas asombrados, antes de abandonar la fortaleza por una puerta de influencia portuguesa.

Mientras descendemos del castillo, distinguimos perspectivas variadas y bellísimas del pueblo, que se extiende en equilibrio inverosímil por las faldas del monte. Y enseguida, la ermita medieval de la Candelaria, cuya fiesta, el 2 de febrero, se celebra en Feria con una mezcla de ritos religiosos y profanos muy singular. Vaya por delante que Feria se caracteriza por albergar diez asociaciones religiosas y por celebrar muchas fiestas, casi una por mes. Esta de Las Candelas es de las más llamativas por la costumbre de presentar en la iglesia a los niños nacidos el año anterior, por la procesión de la Virgen con una vela encendida (si no se apaga es que el año vendrá bueno) y por la tradición chocante de portar unos muñecos de tamaño natural alusivos a la actualidad, ‘Los Candelarios’, que confeccionan en secreto y con mucho gusto las pandillas de niños y jóvenes en los días previos a la fiesta. Los muñecos son quemados en grandes hogueras al atardecer del 2 de febrero mientras el pueblo come embutidos, dulces de la tierra y el rico vino de las bodegas de Feria.

Dejamos atrás la ermita, trazamos una curva cerrada y seguimos descendiendo por empinadísima cuesta. En un entrante de la calle, nos atrapa El Rincón de la Cruz. Se trata de un homenaje a la Santa Cruz, que en Feria protagoniza una Fiesta de Interés Turístico Regional de mucho renombre. Es una fiesta que empezó a celebrarse cada 3 de mayo para conmemorar el día del nacimiento de doña Ana de la Cruz de Ponce de León, esposa del cuarto conde de Feria, don Pedro Fernández de Córdoba. A este hecho constatado, se fue asociando progresivamente la celebración habitual del día de la Santa Cruz del mes de mayo.

Desde la Edad Media es costumbre que, días antes de la fiesta, las mujeres y los niños coritos comiencen a fabricar en secreto las cruces con el fin de elaborar la más bella. Los días 2 y 3 de mayo se llevan a la iglesia parroquial. Hay otras dos tradiciones: la entrega, donde se escenifica la búsqueda del Lignum Crucis por Santa Elena, madre del emperador Constantino, explicada en 96 coplas que acaban con alabanzas y elogios al organizador de la fiesta. El segundo acontecimiento es cuando, en la mañana del día 3, todo el pueblo participa en la procesión de las cruces engalanadas con flores. Las mujeres coritas, mientras tanto, cantan letrillas aprendidas de generación en generación.

El gentilicio corito, que se aplica los nacidos en Feria, podría tener que ver con la elevada posición geográfica de la localidad o podría estar relacionado con la supuesta procedencia vasca de sus primeros pobladores tras la Reconquista cristiana. Pero ninguna teoría sobre el origen parece avalada por el rigor histórico. Sí tiene aval esta impresionante fiesta popular de las Cruces, en la que participa todo el pueblo y que cuenta incluso con su casa-museo.

Feria fue declarada conjunto histórico-artístico en 1970. Dispuestos a seguir admirando las gracias del pueblo, llegamos al final de la cuesta que sube al castillo y nos damos de bruces con la iglesia parroquial de San Bartolomé, levantada en el siglo XV y con una destacada portada renacentista decorada con un bello festón donde se combinan los motivos vegetales, animales y humanos. Al lado, el ayuntamiento, tan sencillo como evocador, los soportales y arcadas mudéjares y la plaza, alargada y llana, una especie de descansillo entre la base y la cima del monte.

La tarde que visitamos Feria, había fiesta, algo lógico en un pueblo tan alegre. El pueblo entero disfrutaba con entusiasmo del fresco de la tarde en las terrazas de la plaza. Había una carpa, un palco para la orquesta, mucha gente, mucha hospitalidad y un ambiente divertido a la sombra del castillo, de la iglesia, de la ermita… Probamos bollos y boronías, dulces caseros, el buen vino de las bodegas del pueblo, las patatas fritas artesanas del lugar…

Pero nos vamos ya de Feria. Y lo hacemos por una cuesta, como es obligatorio en este pueblo tan bonito como escarpado. Dejamos atrás el primer conjunto histórico artístico de nuestro viaje. A pocos kilómetros, nos espera la siguiente parada con arte y con historia: Fuente del Maestre.

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