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¿Qué ha pasado hoy, 2 de abril, en Extremadura?
Ainhoa Aznárez en la plaza de toros de Pamplona, donde fue presidenta de la corrida en dos ocasiones, en el 2004 y 2006. :: r. c.
Una taurina en Podemos

Una taurina en Podemos

La presidenta del Parlamento de Navarra adora los encierros de San Fermín y ve los toros desde el tendido de sol, aunque cuando el diestro entra a matar mira «para otro lado»

FRANCISCO APAOLAZA

Domingo, 5 de julio 2015, 10:05

Antes, mucho antes de que los toros acabaran cuestionados en los programas políticos, antes de que arreciara el animalismo, antes mismo de que naciera Pablo Iglesias, en una noche caliente de julio de 1974, una niña de 4 años está agazapada entre las piernas de su padre bajo las murallas de Pamplona. Son las once menos cuarto de la noche. Arriba, en la ciudad, la fiesta reverbera como un trueno con el sonido feroz de mil bombos y trompetas; pero allí abajo, todo es quietud. Casi parece que no es San Fermín. En el Gas de Pamplona, junto al vallado, camino de los corrales de Santo Domingo, ve pasar los seis toros del encierro como seis huracanes en el silencio de la noche, sin corredores, sin cámaras, sin cohetes ni alaridos desde los balcones. La pequeña Ainhoa Aznárez Igarza siente las pezuñas rascando el asfalto, las varas de los pastores que restallan en el suelo y los cencerros de los cabestros como un sonido antiguo. La intimidad del encierrillo de Pamplona y la pasión por el toro bravo no la abandonarán nunca más. «Es mi momento preferido de la fiesta de San Fermín». Lo cuenta ahora, con 45 años a las espaldas, siendo ya presidenta del Parlamento de Navarra y una de las aficionadas a los toros de Podemos. Si alguien de su partido quiere prohibir las corridas en Navarra, cosa que niega, no será por ella, que es una muestra andante de que la tauromaquia no sabe de política.

  • La batalla por los toros

  • La gata adoptada

Esto es lo que la hace peculiar. Porque Podemos incluía la prohibición de las corridas de toros en su programa electoral de la elecciones europeas, una decisión que con el tiempo ha ido matizando: en Madrid, simplemente no se subvencionará, en otros sitios como Alicante se barajan consultas a la ciudadanía... En Pamplona, solo el hecho de nombrar esta opción suena a pecado. «Si alguien cree que Podemos va a prohibir los toros en Navarra o en otras comunidades autónomas, puede estar tranquilo. En ningún espacio del partido se está planteando esta posibilidad. En Navarra tenemos 117.000 personas con necesidades más importantes», deja claro Aznárez, que además se define como «euskaldun, republicana y feminista».

En el ADN de todo sanferminero hay momentos señalados a fuego. A esos relámpagos de emociones, los de Pamplona les llaman 'momenticos' y valen todo el oro del mundo. Si se repasan los de la presidenta, muchos de ellos tienen que ver con el toro. Su vida está ligada a este animal: forma parte de su cultura, de sus sentimientos y de su herencia familiar. «Entiendo que mucha gente lo aprecie como arte», admite Aznárez, aunque su sensibilidad sea 'sui géneris'. «Lo que ocurre en la plaza, el final del toro, no me gusta. Lo paso mal. No miro. Me imagino esa angustia...». A llegar a este punto de vista le ha ayudado bastante su gata. La adoptó hace cinco años y ahora ve los animales «de otra manera».

«Sientes el miedo»

La nueva presidenta del Parlamento navarro ve al toro «como un animal majestuoso». Lo ha perseguido hasta los campos donde nacen los becerros en visitas a varias ganaderías, entre ellas la de Fuente Ymbro, que pasta en el paraíso lejano de Los Romerales, la finca de Juan José del Valle, en Cádiz. De allí fueron los morlacos de las dos corridas que le tocó presidir cuando era edil del PSN en Pamplona, en 2004 y 2006.

En la Feria del Toro, ese honor corresponde a los concejales por turnos y por la mañana: la presidenta recorre los 865 metros del encierro para certificar que todo está en orden. «Allí sientes ese miedo. Yo respeto y admiro a la gente que corre y que se juega la vida». Ella nunca se ha atrevido.

En aquellos días, Aznárez, que está casada con el jugador de fútbol Iñaki Arteaga, entró en las entrañas de este mundo. Y conoció a los matadores, a los que hizo sudar las orejas: «Me parece un insulto regalarlas». El palco de la Monumental es un poco como el 'staff' de un circo romano, con las peñas pasándoselo en grande, pero ella también tuvo el privilegio de sentir la frescura del patio de caballos y el apartado de los toros. En el sorteo descubrió el mecanismo de la corrida y pudo encontrarse con toreros, subalternos, apoderados y ganaderos como Miura, que es una institución en Pamplona.

Esa afición taurina de Ainhoa Aznárez echó los dientes detrás de los vallados de madera en la oscuridad del encierrillo, pero maduró en la plaza. Su madre, Amparo Igarza, que es peluquera -«por eso voy siempre tan bien peinada»- y su padre, Benigno, que era funcionario del Gobierno de Navarra, guardan como oro en paño dos abonos en la grada tres de sombra, la que apodaron 'la grada de los diabéticos'. Allí, al lado de los críticos taurinos, entre el turrón del señor Rovira y el café irlandés de las Irigoyen, fue creciendo su interés por este mundo en los días grandes. «Cuando tocaba, iba con el aita. Era una gozada».

Pero los derroteros taurinos y vitales de la presidenta del Parlamento navarro, como los de tantos, pasaron por la batidora emocional de ver una corrida en el tendido de Sol de Pamplona, una algarabía que nada tiene que ver con la moderación de la sombra. Son la noche y el día. Allí, Ainhoa se hizo una moza de peña en toda regla entre los palos de la pancarta, los cubos de sangría, la merienda y todo el aparataje festivo del graderío más loco de toda la tauromaquia mundial. «En realidad, cuando lo matan, no miro. Puedes pasar una corrida sin ver el toro. Allí aprovecho para hacer todos los recados para la cuadrilla: la merienda, los cafés, traer esto o lo otro... Quizás lo hago para no ver sufrir al animal».

Cerveza a morro

Entre las peñas, donde puede pasar cualquier cosa, donde han entrado burros y tiburones muertos, donde pueden volar los gintonics, los bocadillos de magras con tomate o los melocotones en almíbar, en ese territorio de los sueños donde la banda sonora no son los pasodobles, sino 'La chica yeyé' y Barricada, se puede encontrar a la presidenta del Parlamento, pero también al alcalde. Joseba Asirón, de Bildu, socio de Podemos en la ciudad, acude a la andanada del 9, pero en su día aguantaba con buen son las juergas de sus jóvenes compañeros de localidad en el 10, que a veces lo ponían empapado de sangría y que encima le apodaban, con cierta retranca cariñosa, 'Caraoveja'.

Los sanfermines son un espacio de infinitas dimensiones, cada uno muy parecido y a la vez muy distinto al otro. Este año, Idoia no sabe dónde rematará esos días y esas noches. «En casa siempre hay mucha gente y supongo que tendré algunos compromisos, así que no sé». Tal vez mañana, con suerte, esté presente en otro de sus 'momenticos' preferidos: después del chupinazo, la banda de gaiteros sale a la plaza del Ayuntamiento y entona los primeros acordes del 'Ánimo pues'. «Es increíble».

Sus sanfermines han comenzado este año con algo de antelación en las redes. Alguien encontró en su cuenta de Twitter una foto donde sale celebrando el comienzo de las fiestas, bebiendo cerveza a morro de un tirador. En realidad, la había tomado antes, durante el montaje del bar de su amiga Alizia. «Ahora bebo en copa de cristal, para que vean que puedo ser elegante. Era solo una broma».

En el programa de las europeas, Podemos proponía la abolición de cualquier forma de tauromaquia. Después, el asunto se ha ido matizando de diferentes maneras. En Pinto, el Ayuntamiento de Ganemos ha rechazado financiar los festejos taurinos. En Madrid, el Gobierno de Manuela Carmena ha retirado las subvenciones a la tauromaquia, una decisión que solo afecta a la escuela municipal. En Alicante hablan de montar una consulta popular. En Pamplona, el alcalde de Bildu ha negado que vayan a prohibirse los toros.

Ainhoa Aznárez admite que desde que adoptó una gata hace cinco años mira de otra forma a los animales. «Lo que ocurre en la plaza, el final del toro, no me gusta. No miro, imagino esa angustia...».

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