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Día de los Caídos. Un niño, meditabundo frente a la tumba de su madre en el cementerio de Arlington. :: Pete Marovichefe /
No hay sitio para los héroes

No hay sitio para los héroes

El famoso cementerio de Arlington se queda sin espacio. El Ejército de Estados Unidos va a endurecer los requisitos para ser enterrado allí

FERNANDO MIÑANA

Jueves, 31 de mayo 2018, 08:53

En un rincón del cementerio de Arlington, en la sección 38, hay una lápida, en memoria de un bebé que murió en 1959, mordida por el gigantesco tronco de un árbol que ha crecido abrazando este pedazo de piedra blanca. No sobra ni un centímetro y, si el camposanto sigue recibiendo 7.000 cadáveres al año, como ahora, el Ejército de Estados Unidos calcula que llegará a su límite en solo 25 años. La solución, muy impopular, es endurecer los requisitos para poder descansar en este icónico refugio eterno de Washington.

Es, quizá, el cementerio más famoso del mundo gracias al cine, que de manera recurrente muestra sus largas y sobrecogedoras hileras de lápidas blancas. Allí reposan héroes de guerra y veteranos sin más desde que se estableciera esta tradición. Pero el recinto está rodeado de carreteras y terreno urbanizado y es imponsible ensancharlo un poco más. Ya hace años que empezaron a tomarse medidas para apurar el espacio que queda. La más llamativa fue dejar de enterrar a los familiares uno al lado de otro para empezar a hacerlo, en la misma fosa, a diferentes alturas.

Hay otros 135 cementerios nacionales mantenidos por el Departamento de Asuntos de Veteranos repartidos por todo el país, pero ninguno arrastra la carga simbólica de esta necrópolis donde reposan los primeros astronautas que murieron intentando alcanzar el espacio, las primeras víctimas de un accidente aéreo o el primer explorador que trazó un mapa del Gran Cañón. O figuras tan significativas en la historia de este país como John F. Kennedy, acompañado de la llama eterna.

Aunque ninguno puede competir con la Tumba al Soldado Desconocido, que se erigió durante la I Guerra Mundial para enterrar a las víctimas sin identificar. Está hecha de siete piezas de granito que suman 72 toneladas de peso y permanece custodiada las 24 horas del día por soldados que ejecutan un ceremonioso cambio de guardia. La tradición marca que el presidente debe honrarles cada año en el Día de los Caídos. Donald Trump tampoco falló el lunes.

Su origen se remonta a la Guerra de Secesión. Washington, en 1864, era un ciudad deprimente y repleta de cadáveres y heridos de guerra. El Ejército unionista encontró una solución en la finca de Robert E. Lee, considerado un traidor después de rechazar la oferta de Abraham Lincoln de dirigir el Ejército de la Unión y marcharse para liderar a los confederados. Una manera de agraviarlo fue cruzar el río Potomac y enterrar a 75 soldados donde estaban los rosales de Arlington House.

George Washington Lee, hijo del propietario, intentó recuperar la finca después de la guerra. La Justicia le dio la razón. Pero allí reposaban miles de víctimas de la guerra civil y el Congreso decidió comprarle la propiedad por 150.000 dólares y dedicarlo al descanso eterno de sus patriotas.

Al principio no era un lugar deseado. Era un cementerio de pobres, un recurso para aquellas familias de un soldado raso muerto en el campo de batalla que no podían permitirse el lujo de costear el traslado para darle sepultura en el lugar donde vivía. Su prestigio llegó cuando los oficiales de la Unión decidieron ser enterrados en Arlington, entre la tropa.

150 años más

Unas 250 hectáreas de terreno verde han ido rellenándose de cadáveres de antiguos soldados u oficiales y de sus familiares. Pero el campo santo ya no da más de sí y el Ejército se ve obligado a hacer mucho más exclusivo este privilegio. Asociaciones como Veterans of Foreign Arms, una entidad que agrupa a 1,7 millones de veteranos, se oponen firmemente, aunque algunos de sus miembros se muestran comprensivos con el problema de espacio. Es el caso de John Towles, herido en combate, quien, en declaraciones al 'New York Times', plantea construir «un nuevo cementerio que, con el tiempo, llegue a ser igual de especial».

El Ejército dedicará los próximos meses a conocer la opinión de los veteranos a través de diferentes encuestas y a partir de otoño realizará una serie de recomendaciones porque su propósito, según ha anunciado, es seguir recurriendo al cementerio de Arlington durante 150 años más. Si se restrigen los entierros a los caídos en combate o a los condecorados con la Medalla de Honor, quedarían excluidos miles de veteranos de guerra y oficiales que se jugaron la vida por su país y que esperaban, a cambio, poder descansar algún día entre camaradas. No va a ser una decisión muy popular, pero Arlington, el viejo terreno de un traidor de la Guerra de Secesión, no puede acoger muchas más lápidas blancas.

¿QUIÉN PUEDE?

Requisitos

Veteranos que sirvieron el tiempo suficiente para retirarse en las Fuerzas Armadas; soldados heridos en una batalla o condecorados con una de las tres medallas de rango más elevado; prisioneros de guerra; víctimas en acto de servicio; y unos pocos civiles que sirven en puestos gubernamentales destacados. También sus cónyuges y dependientes de ellos.

En el futuro

El Ejército sopesa reducir el derecho a ser enterrado en Arlington a aquellos soldados y oficiales muertos en combate y a los que reciban la Medalla de Honor.

años es el tiempo que el Ejército calcula que el camposanto tardará en quedarse sin espacio para más difuntos si se mantiene el ritmo actual de 7.000 entierros al año.

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