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PILAR ARMERO
Jueves, 15 de abril 2010, 14:17
En las aulas extremeñas hay indisciplina. Casi nunca se trata de comportamientos de alta intensidad, como la agresión física o verbal de los alumnos hacia sus profesores, aunque tampoco faltan muestras de ella. El problema principal se encuentra en la denominada de baja intensidad, que es continua y creciente, tal y como coinciden en afirmar los docentes que la sufren de manera directa. Es más silenciosa, pero no por ello menos grave. Es, sobre todo, lo que más preocupa a los profesores extremeños.
La protagonizan esos chicos que se dedican a molestar por sistema, que no se concentran en clase y pasan las horas comprometiendo a los demás a base de codazos; chavales que provocan constantemente cortes en el discurso del profesor, que llegan incluso a plantarle cara; que tienen afán de protagonismo y notoriedad... «Hay compañeros que se han acostumbrado a dar sus lecciones como si estuvieran en el metro a hora punta», indica de manera significativa Alfredo Aranda, vicepresidente del sindicato PIDE del Profesorado Extremeño. «Estamos llegando a límites preocupantes -asegura- con consecuencias como niveles que bajan, aumento del fracaso escolar o niños débiles que acaban yéndose al grupo de los más difíciles».
La situación es reconocida por el resto de los sindicatos que representan la educación extremeña. «La inmensa mayoría de las llamadas recibidas en el teléfono del Defensor del Profesor de ANPE son los problemas para dar clases que de manera continuada inciden directamente en la salud del docente», añade Francisco Venzalá, vicepresidente de la Asociación Nacional del Profesorado Extremeño. Al hilo de esta situación piden, incluso, que se revisen las enfermedades profesionales con el fin de incluir «las que se derivan de la propia función docente».
Afonía, depresión, estrés, ansiedad, podrían ser algunas de las directamente achacables a la tarea de educar en el aula.
Lo preocupante de esta situación quedó ya descrito en el año 2006 a raíz de la encuesta sobre conflictividad en los centros extremeños realizada por el sector de la enseñanza de CSI-F, que asegura que se trata de la única realizada en la región sobre este tema. «Los desplantes, insultos, falta de repeto...aunque parecen menos graves, dejan más secuela entre el profesorado, pues son continuos y van minando y menoscabando la autoestima profesional. La baja conflictividad es el problema más grave y difícil de resolver; es la que está destruyendo la convivencia en nuestros centros educativos».
Retirada de subvenciones
Era una de las conclusiones de un sondeo en el que el que se advertía sobre la urgencia de buscar soluciones a un problema «que no sólo supone una situación lamentable para los afectados, sino también una lacra económica para la Junta».
Este sindicato está a punto de dar a conocer los resultados de un segundo trabajo, realizado cinco cursos después, que servirá para ver si se ha mejorado y en qué medida se ha hecho. Indisciplina, por tanto, frente a la que los afectados piden que se adopten soluciones, empezando por que se dote de autoridad pública docente a todo el profesorado, no solo a la dirección de los centros, como se propone en el borrador del anteproyecto de la Ley de Educación de Extremadura.
Una de las propuestas que más llaman la atención es la que hace PIDE de que se sancione económicamente a los progenitores de los indisciplinados. «Medidas disciplinarias ágiles, contundentes y sancionadoras», entre las que también apuntan la retirada de subvenciones y becas. La disminución de la ratio en las aulas, pasando de los 25 a 20 alumnos en Infantil y Primaria y de los 30 a los 25 en Secundaria, Bachillerato y Ciclos Formativos es otra de las medidas que señalan para hacer frente a la indisciplina, «la verdadera enfermedad del sistema educativo y como tal hay que tratarla».
Desde CC OO se alude al Compromiso por la Convivencia que se alcanzó en 2006 como el marco en el que luchar contra esa indisciplina que mina el sistema educativo. «El plan es obligatorio en los centros desde que se firmó con la Junta, lo que ocurre es que es el profesorado quien lo asume principalmente», indica Tomás Chaves, que aboga por que se conviertan en rutina los programas para formar a la familia en convivencia o que haya profesores que se especialicen en mediación de conflictos.
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