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J. R. ALONSO DE LA TORRE
Viernes, 29 de octubre 2010, 02:39
Hace unos años, cruzamos el Canal de la Mancha con nuestro coche metido en un ferry. Nos alojamos en una casita cercana a Canterbury y mi mujer y yo aleccionamos a nuestro hijo, entonces muy pequeño, para que se comportara en la mesa y no mojara pan en las salsas ni fuera demasiado exagerado desayunando una especie de cemento armado formado por galletas empapadas en leche con cacao. El primer día de desayuno, los otros tres clientes de la casa abrieron un yogur, cogieron la tapa y la lamieron con mucho gusto y dedicación. Mi hijo nos miró suplicante y concedimos: «Vale, puedes migar cien galletas en el cacao». Cuando viajas, te percatas de detalles que a los indígenas no les llaman la atención. A los ingleses, por ejemplo, cuando vienen a España, les suele sorprender nuestra costumbre de mojar lo que sea donde sea. Y si es en Extremadura, ya mojamos patológicamente y sorprendemos incluso a los propios españoles. Fíjense, si no, en la cara de sorpresa que ponen los Erasmus y los de Logroño cuando nos ven coger una cucharada de migas con ajo, torrezno, chorizo y pimiento, sumergirla en el café y llevárnosla a la boca. Y no digamos la tostada con cachuela empapadita de café con leche. Aquí mojamos el churro aceitoso y crujiente en el chocolate, mojamos la pringada, la torrija y la galleta, mojamos el bizcocho en el vino y el pan en el gazpacho, en la sopa, en la leche y en el puré. Además nos gusta hacer barquitos con todos los panes en todas las salsas. A nosotros, todo esto nos parece normal, pero para los Erasmus es un espectáculo.
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