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MÉRIDA

EL ENTORNO DEL TEMPLO DE DIANA

EMILIO OLIVAS SALGUERO

Martes, 5 de abril 2011, 11:39

En el suplemento Trazos del 12 de marzo leí sendos artículos del arqueólogo del espacio del Templo de Diana y el arquitecto del proyecto de adecuación del mencionado sitio. No me extrañaría que, como suele ser costumbre, ambos trabajos figurasen en revistas especializadas, como el no va más de cada disciplina, pues ya sabemos que cada uno arrima el ascua a su sardina. Los artículos están salpicados de manidos conceptos que utilizan en provecho de sus trabajos, así como obviedades con el propósito de descalificar otras posturas que no compartimos lo que allí se ha hecho.

No pretendo decirle a ninguno de estos dos profesionales cómo han de hacer su trabajo, pero sí expresar mi desaprobación con la utilización por parte de cierta arquitectura del siglo XXI y arqueología a su servicio, de un espacio urbano de innegables valores históricos y sociales. Naturalmente que todo ello no hubiera sido posible sin la necesaria participación de políticos que no saben distinguir una columna de un poste de telégrafos o un sillar romano de una silla, y menos tener la sensibilidad que requería el caso.

La utilización de conceptos y definiciones llega a tal despropósito como afirmar que «no hablamos de hormigón como tal, sino de una piedra artificial hecha in situ mucho más cálida y acorde a los materiales que encontramos en el entorno»... «con un acabado más texturizado parecido a la piedra original». Y el arquitecto que lo dice se lo cree, y algún que otro necio, también. Asimismo, escribe que la «estructura perimetral se coloca en el borde del solar, alejada lo más posible del templo, para conseguir la mayor superficie de plaza...». Esto lo dice el autor de un proyecto que ha ocupado el 40 % de la superficie libre que había de solar alrededor del templo. Se podrían discutir otros aspectos de la actuación arquitectónica como eso de «coser» la ciudad a un muro de hormigón o cómo se puede curar una «herida en la ciudad», «cicatrizándola» a base de hormigón (perdón, piedra artificial), invasivo y extraño con el entorno popular.

Sin embargo, lo lamentable es el interesado manejo de los conceptos y adjetivos por parte del arqueólogo que olvida que, como complemento sensible a su cometido profesional, una vez que ha excavado el sitio, es el de colaborar a que las intervenciones que en él se produzcan estén encaminadas a la conservación y mejora de los valores (todos) que atesora el lugar, y en el caso de intervención imprescindible en el monumento y su entorno (que tiene la misma consideración que el bien catalogado, no se olvide), que sea lo más liviana posible, para evitar desvirtuar los valores históricos y monumentales, tal como se expone en la letra y el espíritu de la Ley y los manuales de intervención en los lugares históricos. Pues bien, si no quieres caldo, toma tres tazas... ¡de hormigón! La intervención ha superado los niveles de protección recomendados: se ha ocupado el 40 % del solar (que costó expropiar mucho dinero público), se ha hecho una recreación invasiva para sugerir un espacio del que dice el arquitecto eufemísticamente «que evoque y respete tanto espacial como simbólicamente la importancia del lugar». ¿Cómo pueden evocar un lugar de época romana unos cubos de hormigón y cristal? ¿Cómo se puede respetar un lugar que atesoraba restos hasta el siglo XIX que han sido borrados del plano? Como el ámbito de la antigua sinagoga judía, que después fue ermita cristina (la destrucción de este lugar es gravísimo para la historia de Mérida). Se han eliminado elementos arqueológicos «porque estorbaban» y tapados (planchados) con el nuevo suelo restos del antiguo enlosado de época romana, para que el resultado fuera una superficie lo suficientemente digna de la nueva e invasiva arquitectura.

Y a todo esto se le denomina «recuperación», «dotarlo de vida». ¿Cómo se puede dotar de vida quitando parte de la que tiene? ¿Con qué criterio se dice recuperar algo destruyendo o tapando parte del todo? Lo de integrar el espacio en la ciudad es otro sarcasmo. ¿Cómo puede integrar en la ciudad un extraño edificio de hormigón que elimina parte de su historia, separa las construcciones tradicionales -los tejados de la ciudad se dejan ver tímidamente por encima de la mole de hormigón, avisando que la verdadera ciudad se encuentra detrás; hay que adivinar que se pueda pasar por la calle Santa Catalina (desde Santa Eulalia), que ha sido traspasada por un paredón de hormigón; se han reducido las perspectiva de manera escandalosas. Y todo eso a pesar de que, gracias a las primeras críticas al proyecto, se redujeron los volúmenes (¿de qué presume el arquitecto?). ¡Y nos han robado cielo! Todo lo que ocupa el hormigón, antes era espacio y cielo.

Lo deseable hubiera sido, respecto a lo de «recuperación y dotar de vida», un espacio urbano histórico, no haberse gastado esa pila de miles de euros en cemento y tirado el dinero de costosas expropiaciones, respetando y recuperando todos los testimonios históricos, adecentando el lugar y abrirlo al público en toda su amplitud, tal como proponía Foro Mérida (abrir fachadas en las medianeras), para que en él se pudiera pasear y los niños jugar, mientras que los turistas sintieran el pálpito de la ciudad actual al tiempo que contemplasen todos sus siglos de historia.

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