

Secciones
Servicios
Destacamos
FRANCISCO APAOLAZA
Viernes, 22 de abril 2011, 13:52
Los temblecos o tielmenses son unos 2.500 tipos que viven en Tielmes, a 50 kilómetros al sur de Madrid, en la Alcarria de Alcalá, en las silenciosas orillas de la Vega del Tajuña. Como todos los pueblos tienen sus orgullos: el polideportivo, la casa museo, las cuevas excavadas en las traseras de las casas y sus patronos, San Justo y San Pastor, dos santos niños a los que Roma pasó a cuchillo en el año 340 por negarse a abjurar del cristianismo. También pueden estar orgullosos de sus dientes, no de los que tienen, sino de los que fabrican. El municipio es una de las capitales del mundo de los piños postizos. Se fabrican a un ritmo de 12 millones al año, suficientes para vestir por completo las encías de medio millón de desdentados de todo el planeta.
Todos los seres humanos tenemos 32 dientes, 28 si se dejan de contar las cuatro muelas del juicio. Y a todos se nos terminan cayendo, antes o después. Turquía, Singapur, Tailandia Bélgica, Finlandia, Chipre, Estados Unidos, Malasia, Sarajevo, Perú... En la mesa de pedidos de la fábrica de Unidesa se dibuja un mapamundi por el que se mueven los dientes del pueblo, pequeñas piezas de resina, alineadas en sus cajas que servirán para puentes y dentaduras postizas en los lugares más recónditos.
En medio planeta, millones de personas llevan en su boca un pedacito de la Alcarria y no lo saben. Probablemente, ni les importe, pero para el municipio madrileño tiene una importancia histórica y económica. Casi todos sus 50 empleados son del pueblo o viven en él y en los alrededores. En el municipio se producen muelas, huevos -allí funciona una planta clasificadora- y aceite de oliva en una de las contadas almazaras de prensado en frío. Pero el humano no tiene una relación tan íntima, estrecha y duradera con un huevo frito como con su dentadura postiza. El mundo mastica gracias a Tielmes y no lo sabe. En la calle lo toman con normalidad, pero «la fábrica es una institución». Lo cuenta Laurentino Rodríguez, 'Tino el de los dientes', que se vino al pueblo desde León con la empresa, en 1965, hace 46 años, y se quedó.
Trabajaba en León, la tierra natal del fundador, José Domínguez, que en 1952 decidió montar un depósito dental y más tarde se trasladó al pueblo que le cedió terrenos para levantar la planta. De aquello hace 46 años. En 1958 comenzaron a exportar a Alemania, «el mercado más exigente del mundo», según Soraya Domínguez, hija de José y actual directora de exportaciones de la compañía.
Tino se quedó en Tielmes, un pueblo que conoce bien. «En casi todas las familias ha habido alguien que ha trabajado aquí», dice. Antes eran muchos más, unos 120 trabajadores se afanaban en las prensas de frío y de calor cuando casi todo, hasta los dientes, se hacía a mano. Hace unos diez años llegó la robótica y el dentista. Antes, los tielmenses tenían que irse a poner las piezas que ellos mismos fabricaban hasta Arganda o Madrid.
Hoy hay clínica dental y un robot que ocupa una sala entera con un fuerte olor a disolvente. Todo comienza en unos cubos de material acrílico. Un polvo finísimo que se mezcla con un monómero líquido -plástico, en cristiano- lo hace cada vez más duro. Ése es el material del que están hechos los dientes, aunque no todo sea tan sencillo. Están los colores, que se consiguen con mezclas secretas, casi alquímicas, que dan la sensación de realidad, pues los dientes de cada cual «no tienen un solo tono, sino varios», explica Tino. Uno de base, más marrón; otro en medio, con la dentina y el esmalte, más transparente.
Mejor mujeres
El robot selecciona los materiales e inyecta la resina en moldes de níquel, la cuece, se enfría y listo. En el proceso que escupe una pieza cada segundo trabaja Jesús Bolilla, 41 años en el negocio, un hombre que no ha hecho otra cosa en su vida desde que Tino 'El de los dientes' lo contratara a los 14. Entonces ganaba 1.500 pesetas, ahora 1.500 euros. «No es mala cosa, ¿no?». Él y sus compañeros cocinan molares, caninos, paletas, bicúspides de diferentes modelos, formas y marcas que se lavan en un baño de abrasión para soltar las rebabas que deja el molde. Brillantes como perlas de un cofre pirata -a algo más de un euro cada una en el mercado- pasan a la siguiente fase, en la que se afanan más trabajadores. Y todas son mujeres. Aquí no hay paridad: el 80% de la plantilla tiene nombre de mujer y se dedica a clasificar, montar y revisar las piezas. ¿Por qué? Tino lo tiene claro: «Ellas son más delicadas, tienen más paciencia y manos pequeñas, no como nosotros, que con estos dedos como percebes no vamos a ningún lado». Milagros Gallego ríe abiertamente, pero está de acuerdo. Lleva trabajando en esa mesa desde los 16 años y gracias a la experiencia ha adquirido curiosas habilidades: es capaz de reconocer en una bandeja con 1.000 dientes si alguno de ellos no pertenece al modelo, la marca o el color. Encuentra las agujas en los pajares a simple vista. Si se le enseña una pieza, recita todas sus coordenadas. Y hay más de un millar de combinaciones distintas.
Inmaculada Morante monta los dientes, de ocho en ocho, en pequeñas placas, la unidad de venta. También comenzó a los 14 años en el oficio, hace 37: «Yo los pongo aquí y veo si tienen algún defecto. Mira éste, por ejemplo, tiene un rechupe -una muesca- en la base, ¿lo ves?». Imposible. Solo ella lo distingue entre los otros 80 que están en su mesa blanca.
En la factoría hay que saber cosas que no se enseñan en los másters de posgrado, por caros que sean. José Luis Rodríguez da fe de que por mucho que un currículo venga del mismísimo Harvard, vale lo mismo «si no sabe de dientes. Y eso se aprende aquí».
Ese 'know-how' bucal te permite saber, por ejemplo, que hay modas dentales. Cada pueblo y cada raza tiene sus preferencias. Los negros usan dientes blancos y grandes; los asiáticos, pequeños y más marrones; y en el Magreb se compran la dentadura entera. En lugar de puentes, quitan lo que estorba y le calzan al paciente la postiza de cabo a rabo. En Unidesa ya venden a Estados Unidos los dientes 'bleeched', los absolutamente blanqueados que lucen de manera artificial artistas de cine y modelos. Las bocas 'fashion' dan lugar a casos de bodevil, como aquel protésico gallego que en los años 60, en lugar de elegir las piezas en función de la fisionomía de sus pacientes, pedía los dientes iguales: redondos y blanquísimos. Trabajaba en un pueblo de labradores en el que todos los ancianos llevaban -en contraste con su tez morena de campo- la dentadura reluciente. Y todos lucían la misma.
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
La chica a la que despidieron cuatro veces en el primer mes de contrato
El Norte de Castilla
Publicidad
Publicidad
Recomendaciones de HOY
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.