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BORJA OLAIZOLA
Lunes, 30 de abril 2012, 02:10
Hubo un tiempo en que el Ejército representó para los españoles una amenaza casi tan viva como la de los actuales mercados. En aquella época el ruido de sables era un índice equivalente al de la prima de riesgo, cuya cotización era fijada por perspicaces analistas a partir de la temperatura del titular de portada de 'El Alcázar', el periódico de la ultraderecha, el grado de crispación de los militares en el entierro de algún compañero asesinado en atentado terrorista o las previsiones del impacto de la última decisión gubernamental en lo que entonces se conocía como el búnker. Todos los días afloraban indicios de una conspiración y había un clima de sospecha permanente hacia el estamento militar. «Las encuestas de la época reflejaban que el Ejército era la institución peor valorada en una lista que estaba encabezada por los políticos, justo lo contrario de lo que ocurre ahora», observa el coronel y profesor de historia militar Fernando Puell.
No hace falta recurrir a los sondeos para concluir que los militares ya no representan ninguna amenaza para la sociedad española. Incluso el término ruido de sables empieza a tener cierto regusto arcaizante. Ello es debido en buena parte a la labor de Manuel Gutiérrez Mellado, un militar de perfil quijotesco que se convirtió en la encarnación del héroe contemporáneo tras encararse con los golpistas del 23-F en las imágenes televisivas que dieron la vuelta al mundo. A Gutiérrez Mellado, de cuyo nacimiento en Madrid se cumplen hoy cien años, se le atribuye el mérito de haber puesto en marcha la reforma que desmanteló el ejército franquista y sentó las bases de la modernización de las fuerzas armadas. «Aunque el que en realidad puso fin al ruido de sables fue el socialista Narcis Serra, a él le tocó la etapa más complicada porque la resistencia a los cambios en los cuarteles era aún muy sólida», concede el historiador de la Universidad del País Vasco Javier Ugarte.
Vale la pena recordar las imágenes de la intentona golpista. En ellas se ve a un septuagenario enjuto, casi un sarmiento, haciendo frente con insospechada energía a un belicoso grupo de guardias civiles armados. «Alguna vez le pregunté cómo había conseguido mantenerse en pie cuando Tejero y sus hombres, mucho más corpulentos y jóvenes, forcejearon con él para tumbarlo en el suelo. Me dijo que no sabía de dónde había sacado fuerzas para resistir, que lo único que recordaba era que cuando quisieron zancadillearle se había aferrado a una barandilla como un náufrago a una tabla porque no podía permitir que los sublevados le derribasen». El coronel y profesor Fernando Puell trabajó junto al general durante catorce años y a su muerte, ocurrida en accidente de tráfico en 1995, escribió la única biografía que existe sobre su figura.
Puell siguió con la tenacidad de un sabueso el rastro de una persona de naturaleza extraordinariamente discreta. «Me costó muchísimo reconstruir su trayectoria porque solo encontré documentación a partir de su entrada en el Gobierno de Suárez, de las etapas anteriores no había nada de nada». El libro, titulado 'Gutiérrez Mellado, un militar del siglo XX', desvela que se quedó huérfano a muy temprana edad y que fueron unos tíos los que se hicieron cargo de él. «Fue un estudiante excepcional, de los que sacaban todo matrículas de honor, porque sabía que era la única forma de que sus parientes le costeasen el colegio». Ingresó en Artillería con la idea de convertirse en ingeniero -la carrera militar garantizaba entonces la obtención del título civil- y la sublevación de Franco le cogió en un cuartel próximo a Madrid. Su destacamento no vaciló en sumarse a la revuelta, pero fue neutralizado y hecho prisionero al poco tiempo por las tropas republicanas.
Espía en Madrid
Gutiérrez Mellado fue absuelto de rebelión por falta de pruebas y se incorporó de nuevo a las filas de las tropas franquistas que por entonces asediaban Madrid. Empieza ahí uno de los capítulos más novelescos de su biografía, el de espía en el embrionario servicio de inteligencia de los sublevados. «Vestido de miliciano y con documentos falsos, organizó el traslado a la zona rebelde de más de un centenar de pilotos de avión y oficiales de ingenieros». La evasión se llevaba a cabo bajo la cobertura de expediciones a los montes de Toledo en busca de leña para la capital. No fue la única actividad de riesgo del joven artillero. «Instaló una emisora de radio en el edificio de Telefónica para pasar datos sobre el emplazamiento de las baterías republicanas, la ubicación de los depósitos de munición o los planes militares», precisa Puell.
Al término de la contienda siguió ligado a los servicios de inteligencia y viajó por Europa -hablaba inglés y francés- con orden de informar sobre las actividades de los exiliados republicanos. En esa época realizó varios viajes a Lausana para seguir de cerca los movimientos de Don Juan, el padre del rey Juan Carlos, que vivía en el exilio en la ciudad suiza.
Más tarde se reincorporó a la rutina militar, donde comenzó a ascender en el escalafón hasta alcanzar en 1970 el grado de general de brigada. Por esos años toma contacto con el Ceseden, el centro de estudios de Defensa donde confluyen buena parte de los militares que luego resultarían claves para dar el salto a la democracia. Su tarea al frente de la delegación que negocia el nuevo tratado militar con Estados Unidos le proporciona una visión del papel de las fuerzas armadas que está en las antípodas de la atmósfera del espadón decimonónico que se respiraba en muchos cuarteles.
Suárez, el escogido por el Rey Juan Carlos para pilotar el tránsito a la democracia, oye hablar de su valía y le encomienda el puesto más delicado del gobierno, el de vicepresidente para Asuntos de Defensa. Es entonces cuando la estampa de Gutiérrez Mellado, una suerte de versión española del general Montgomery, el héroe británico de la II Guerra Mundial, comienza a hacerse familiar. «Hasta su nombramiento nunca se había significado, era un militar desprovisto de ideología, y eso le proporcionó una legitimidad que difícilmente hubiese tenido alguien más señalado», analiza el profesor Ugarte.
Al general le toca aguantar los chaparrones de insultos que le dirigen los ultras en los convulsos funerales de los asesinados por ETA, muchos de ellos antiguos compañeros de academia. También lidia con la sorda resistencia de una parte de la jerarquía militar a aceptar reformas como la legalización del PCE, uno de los grandes hitos de la Transición. Sin despegarse de su sempiterno pitillo, va tejiendo pacientemente desde su despacho de La Moncloa la delicada tela de araña que hará que el Ejército se sitúe de forma definitiva en el bando de la democracia. Pero lo que le hará pasar a la historia será su extraordinario coraje ante los desplantes y los disparos de los golpistas de Tejero. «Tuvo el raro privilegio de que su gesta quedase grabada para la posteridad, algo que ni ha pasado ni creo que vuelva a pasar, lo que le convirtió en personaje de leyenda para varias generaciones de españoles», resume Puell.
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