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JOSÉ AHUMADA
Domingo, 17 de noviembre 2013, 01:34
Quizás la clave de tanta actividad haya que buscarla en el insomnio que padece y que no le concede ni cuatro horas de sueño al día. No parece que le haga falta más para reponer fuerzas y, de cualquier modo, tampoco podría dedicar un minuto más a dormir con ese ritmo endiablado de trabajo. Mientras Baltasar Garzón (Torres, Jaén, 1955) ejercía de juez en la Audiencia Nacional, y hasta su descalabro, los funcionarios se referían a él como «dios», y no solo por su indiscutible poder, sino también por su proverbial capacidad para estar en todas partes. Si bien es cierto que tras desalojar su despacho perdió autoridad y, con ella, parte de esas atribuciones 'divinas', también lo es que mantiene intacto el don de la ubicuidad.
Lo consigue moviéndose rápido: es raro que permanezca una semana en un mismo país. Por eso el eco de la carta que envió a la conferencia política que el PSOE celebró el pasado fin de semana le llegó cuando ya estaba en América. Lo de menos es que otras trece firmas -como la del hijo de Santiago Carrillo- acompañasen a la suya en el manifiesto, o que éste, en lo básico, se limitase a exponer la obvia necesidad de unir a las fuerzas de izquierda para sentar al PP en la oposición. Lo que importa es que Garzón ha reaparecido y cada cual lo interpreta a su gusto. «Para nuestro partido cuenta mucho», piropeó Elena Valenciano.
Él fue el primero en reconocer, hace unos meses, que quiere participar en la política nacional, «lo cual no significa ir en una lista». Ya lo hizo hace 20 años en las de Felipe González, que le nombró delegado del Gobierno en el Plan Nacional sobre Drogas. En la derecha, el análisis va desde el que piensa que siente nostalgia de su gloria pasada, hasta quien cree que intenta resucitar el Frente Popular guerracivilista. Para alguien más cercano a él, como el diputado socialista Juan Moscoso, la misiva indica que «dentro de la izquierda se vuelve a percibir al PSOE como alternativa», y alaba la decisión del exjuez y sus compañeros de viaje, «que se atreven a dar el paso, comprometiéndose». Mucho más crítica es la lectura de otro compañero de partido, que prefiere no identificarse: «Fue un juez con alma de activista político, y ahora es un aficionado a la política que busca su sitio y no lo encuentra. La justicia tiene sus reglas, y la política, también».
Es posible que buena parte de los quebraderos de cabeza de Baltasar Garzón estén relacionados con ese afán por desdeñar los caminos más trillados y explorar otros, pero esa misma osadía le permitió llevar a cabo una de sus actuaciones más sonadas: detener a Augusto Pinochet y sentar un precedente para una justicia universal, convirtiéndose en paladín de la defensa de los Derechos Humanos para unos y en irritante metomentodo para otros.
Con su mujer por Skype
En Hispanoamérica pesó más lo primero, y como símbolo de la lucha contra las dictaduras encontró allí cobijo tras su inhabilitación como magistrado. Sin hacer caso de su condena por prevaricación, ha sido reclamado por distintos gobiernos con fines diversos: asesor para la reforma judicial en Ecuador, consejero de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Representantes argentina, experto de la Misión de Apoyo al Proceso de Paz de Colombia. hasta Evo Morales requirió sus servicios -que él rechazó- para exigir a Chile la salida al mar que Bolivia perdió hace más de un siglo. Esta misma semana acudirá como observador a las elecciones de Honduras.
Tanto trabajo le mantiene fuera de España la mayor parte del tiempo, lo que ha obligado a su mujer, Rosario Molina, a acostumbrarse a verlo por Skype y a volver a vacunarse contra los rumores: después de que en España le adjudicasen decenas de hijos extramatrimoniales, un romance con Cristina Fernández de Kirchner, la presidenta argentina, no es nada. «Cuando está en nuestro país se dedica a compartir buena parte del tiempo de que dispone con su familia», explica una cercana colaboradora. La forman, además de 'Yayo', sus dos nietos, Aurora y Héctor (con él posa sonriente en su foto de perfil de WhatsApp), sus tres hijos, su madre, a quien visita en Sevilla siempre que puede, y sus hermanos.
Es en esos escasos momentos de paz cuando se dedica a ver algún partido de fútbol, escucha los discos de Camarón y despliega su faceta de hombre tímido y gracioso que solo conocen sus íntimos. A fin de cuentas, también Dios descansó al séptimo día.
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