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Baroja, sin miedo a los enemigos
SOCIEDAD

Baroja, sin miedo a los enemigos

El escritor perfila a Unamuno como un egocéntrico y a Maeztu como un chaquetero. Pero también alaba a Ortega y a Regoyos

IÑAKI ESTEBAN

Martes, 31 de diciembre 2013, 12:38

Pío Baroja apenas ejerció de médico, pero a su paso por la antigua facultad de San Bernardo, en Madrid, le sacó mucho partido. Allí desarrolló su legendaria mirada clínica, un punto despiadada, de la que se alimentó su estilo literario y que también le sirvió en sus relaciones sociales. «Yo siempre he tenido el sentido de notar la simpatía o la hostilidad en las personas. En eso no me he engañado nunca; la sonrisa, el tono de la voz, la actitud, me han dado el carácter de la persona. No recuerdo haberme equivocado», reconoció.

Las filias y las fobias constituían el modo normal de percibir a los demás, según el escritor. Con esta premisa, Francisco Fuster ha reunido los retratos que hizo Baroja de los autores literarios y artistas de su tiempo en el volumen 'Semblanzas' (editorial Caro Raggio). Los textos proceden de obras conocidas y también de artículos de prensa.

De José Ortega y Gasset escribe que es de los pocos españoles a quienes escucha con interés. En Miguel de Unamuno, sin embargo, aprecia ciertos rasgos de soberbia y egocentrismo que no le interesan nada. «No creo que sus condiciones intelectuales, aunque fueran grandes, justificaran un concepto tan extraordinario de sí mismo como él tenía. Se creía todo. Era sin proponérselo filósofo, matemático, geógrafo, filólogo, naturalista, arquitecto, además de vidente y profeta».

Baroja relaciona a Unamuno con el profesor Letamendi, que él tuvo en la universidad y que luego incluyó en su novela 'El árbol de la ciencia'. «Muchas veces pensaban que una frase retórica era un hallazgo o una revelación». También alude a su «egoísmo absoluto». «Él era español, no había nada como España; era vasco, nada como ser vasco; era de Bilbao, lo mejor del mundo era ser de Bilbao. Vivía en Salamanca, Salamanca era la mejor ciudad del mundo». A Unamuno no le gustaba París; a Baroja, sí.

La voz chillona de Valle

De su compañero en la Generación del 98 Ramiro de Maeztu le sorprendían, para mal, sus continuos saltos ideológicos. Maeztu le consideraba en 1900 un conservador, mientras que él se veía como un futurista. Pero las cosas cambiaron. «Era católico, y leyó a Karl Marx y se hizo comunista. Era marxista y se hizo tradicionalista. Era incrédulo, y oyó al padre Ibarrangelúa y se hizo creyente». Baroja le veía incapaz de ver los pros y los contras de las ideas políticas. «Comprendo que se evolucione y se cambie con la edad y con el tiempo; pero esos brincos de saltamontes no los comprendo».

La mirada clínica de Baroja se posa sobre otro de los escritores del 98, Ramón María del Valle-Inclán, y más en concreto sobre su aspecto físico. «Valle-Inclán no era un hombre de cara bonita; tenía restos de escrófula (ganglios infectados) en el cuello. La nariz, un poco de alcuza; los ojos, turbios e inexpresivos; la barba rala y deshilachada y, sin embargo, para muchos era algo como un gigante y hasta como un Apolo».

En el mismo texto, más arriba, ya había escrito que Valle tenía «una voz más bien aguda y chillona». Y también que cobraba del Estado sin que se supiera muy bien por qué concepto. Y que le había dado una patada en el hocico a Yock, el perro de Baroja, sin venir a cuento.

En la última parte de 'Semblanzas', los artículos están dedicados a los artistas. Cuando habla de su amigo Darío de Regoyos, el tono cambia radicalmente respecto al que emplea con Unamuno, Maeztu y Valle, los tres noventayochistas, lo mismo que el pintor. «Tenía una cara jovial y sonriente, con un ojo más alto que otro. Era un hombre cándido, sin malicia, y tan aficionado a preguntar, que ponía en un compromiso a cualquiera». Baroja trató de comprender al artista, a los que muchos le trataban de loco, y de ese proceso le salió esta apreciación. «Yo no he conocido a ningún pintor que tuviera ingenio y originalidad más que a Regoyos».

Más distante se mostró con Ignacio Zuloaga. Quizá no le perdonase aquel feo que le hizo en la estación de San Juan de Luz, al comienzo de la Guerra Civil, cuando el pintor no quiso reconocerle para evitar líos con los franquistas, después de haber hablado con él en varias ocasiones.

No acertó Baroja cuando escribió que «Picasso quedará en la historia de la pintura moderna como un tipo raro». Su obra era a su juicio «una mistificación de un hombre de talento, pero no una cosa sentida», lo que iba quedar de su época era el impresionismo, y aquí sí tuvo razón.

Le molestaba que el pintor Joaquín Sorolla alardeara de lo rico que le había hecho su obra. «Sorolla y Zuloaga eran por el estilo: artistas de receta, con una técnica mejor o peor, pero sin espíritu». Por cierto, Baroja aprovechó la ocasión para subrayar la tacañería del valenciano. Cuando iba a casa del pintor era él quien le ponía el azúcar en la taza, por temor a que el invitado se echase demasiado.

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