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CARLOS BENITO
Viernes, 11 de abril 2014, 03:24
La tienda madrileña Discos Melocotón abrió en 1980, pero, si queremos remontarnos hasta sus raíces más profundas, tendremos que trasladarnos a 1967 y viajar a Dénia, en la costa alicantina. Allí, en una sala de fiestas para extranjeros, un Eduardo Cura casi adolescente tuvo una revelación que habría de marcar su vocación y su vida: «Descubrí que los discos que nos vendían en España eran de mentira: los de fuera tenían portadas abiertas, muchos de ellos llevaban más canciones, hasta sonaban mejor. Así que, con 17 años, me hice coleccionista», resumía ayer, a falta de tres semanas para retirarse. Su jubilación supondrá también el cierre de la tienda, un establecimiento mítico entre los aficionados al rock añejo, cuya fama alcanza más allá de nuestras fronteras.
Y eso que, al bautizarla, se lo pusieron bastante difícil a los extranjeros. El nombre, lo menos roquero de toda la tienda, fue una manera como otra cualquiera de salir de un atasco mental: Eduardo quería algo en inglés, su hermano prefería palabras en castellano, y así se tiraron un par de días, proponiendo ideas que no conducían a nada. «¡Vaya melocotón llevamos encima!», soltó uno de ellos, con la cabeza abotargada por tanto debate, y vieron ahí la solución al problema. El caso es que el comercio -primero en la calle Toledo, después en Carretas y finalmente en la calle de la Salud- se convirtió muy pronto en un lugar de referencia para conseguir vinilos importados. De rock, claro, porque Eduardo jamás quiso traficar con sonidos comerciales: «Aquí no ha entrado nada que no sea rock, más allá de algo de blues o jazz. Nos dedicamos exclusivamente a eso».
Eduardo se ha pasado media vida viajando a Inglaterra y EE UU, especialmente a California, para mantener bien nutrido su 'stock' de tentaciones para coleccionistas. En Melocotón se han vendido clásicos de la rareza discográfica, como el sencillo de Sex Pistols con el sello A&M, del que se destruyeron casi todas las copias, o el 'Yesterday And Today' de los Beatles con la chocante portada original, en la que el cuarteto aparece ensangrentado, con trozos de carne y muñecos decapitados. Por las manos de Eduardo también ha pasado, por ejemplo, un autógrafo de Jim Morrison, aunque el precio más alto que ha cobrado por una pieza, un millón de pesetas, corresponde a un foto-disco de Paul McCartney extraordinariamente raro.
Ramoncín y Gabinete Caligari
También ha tenido clientes ilustres, algunos de ellos inesperados. La anécdota más comentada de Melocotón se refiere a la visita nocturna de John Frusciante, entonces guitarrista de Red Hot Chili Peppers. Tras un concierto en Madrid, Frusciante conoció a la hija de Eduardo y le dijo cuánto lamentaba no tener tiempo para comprar discos en España, porque se marchaban pronto al día siguiente. La chica dio una sorpresa al músico abriéndole la tienda a las tres de la madrugada, y el músico dio una sorpresa al padre gastándose unos 4.000 euros. «Eso sí, me dejaron todo hecho unos zorros, pero la venta compensó», se ríe Eduardo. Entre los artistas que han pasado por este pequeño templo del rock figuran también Franz Ferdinand -que incluso aprovecharon para hacerse allí un reportaje- o Johnny Thunders, además de una amplia constelación española en la que destacan Ramoncín o los miembros de Gabinete Caligari.
En un sector sacudido por el mp3 y el pirateo, Discos Melocotón aparece como un caso excepcional: los coleccionistas no se han pasado a los archivos digitales, y de hecho internet ha servido como herramienta para alcanzar nuevos mercados. Estos días, con el cierre ya confirmado, les han llegado correos electrónicos de clientes afligidos de Francia, Alemania, EE UU, Argentina, el Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, Brasil o Perú. Pero, aunque su negocio no haya sido víctima de los tiempos, Eduardo no puede ocultar cierto desánimo, sobre todo cuando habla de las radios: «Yo he estado, en el 71, leyendo las letras de Pink Floyd o Frank Zappa en una emisora. Hoy solo te dejan poner la tercera canción del cedé de Shakira, ni siquiera la quinta. No hay censura política, pero sí una censura del dinero».
Aunque deje la tienda, Eduardo Cura seguirá siendo coleccionista: sus rastreos por mil ferias servían para abastecer las estanterías de Melocotón, pero a la vez iban enriqueciendo su discoteca particular. Hoy posee «muchos miles» de vinilos, aunque nunca confiesa la cifra exacta. Echa el cierre con la satisfacción de haber logrado lo que quería en la vida -«viajar, algo que me propuse a los 14 años»- y haber repartido mucha felicidad... y la porción inevitable de infelicidad: «En la tienda hemos tenido tremendas broncas matrimoniales. Alguna pareja se ha acabado insultando, casi pegándose, porque él quería seguir viendo discos y ella quería marcharse».
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