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Miguel Molina sufrió duramente la represión franquista. / ATLAS
El mes triste de Miguel de Molina
CACERES

El mes triste de Miguel de Molina

El cantante de copla malagueño fallecido en Buenos Aires en 1993, estuvo confinado en Cáceres en el año 1940, alojado en un hotel y sin apenas salir

CRISTINA NÚÑEZ

Sábado, 28 de marzo 2009, 14:38

FUE apaleado por «rojo y por marica», según él mismo contó en sus memorias, 'Botín de guerra'. La represión franquista brindó un cruel maltrato a Miguel de Molina, una de las figuras artísticas más originales de nuestro país. Un rebelde en fondo y formas, un huracán de simpatía que jamás renegó de sus principios, según los documentos que reconstruyen su larga vida, que terminó en Buenos Aires en el año 1993. De España se exilió en 1942. La historia del artista malagueño, que popularizó canciones tan célebres como 'Ojos Verdes', 'La bien pagá' o 'El día que nací yo' y del que se acaba de presentar en Madrid su primera gran exposición retrospectiva está también ligada a Cáceres, un episodio poco conocido pero documentado y real, tal y como detalla Alejandro Salade, sobrino-nieto del cantante y director de la Fundación Miguel de Molina. Esta noche puede verse en el Gran Teatro, 'La copla quebrada', una obra de teatro que reconstruye la historia del artista. Represión Miguel de Molina pasó un mes confinado en Cáceres, en el año 1940, relata Salade. El artista se hizo popular durante la República, e incluso actuó por pueblos y ciudades para el bando republicano. Ya terminada la guerra fue acorralado poco a poco por empresarios afines al régimen. Fue obligado durante un tiempo a actuar por un 10% menos de lo que cobraba habitualmente. En marzo de 1940, siempre según Salade, está actuando en el Teatro Cómico de Madrid cuando recibe la visita de la policía que le notifica que debe irse de la capital. Ahí empieza el confinamiento cacereño del artista, que se ve obligado a no trabajar y a acudir a la comisaría para fichar y estar localizado. Al parecer el régimen intentaba mantenerle en un lugar aislado y lejos del mar, y Cáceres parecía el sitio idóneo. Se alojó en el hotel Álvarez, el inmueble que ahora ocupa el hotel Alfonso IX, en la calle Moret y Parras, en el centro de la ciudad. Antonio Álvarez, de 75 años, es hijo del que por entonces era dueño del hotel, uno de los primeros de Cáceres y en el que solían recalar los actores que llegaban al Gran Teatro. Álvarez era un niño por entonces, y dice no recordar este episodio ni que se lo haya contado nadie. Su sobrino-nieto da algún detalle más, y dice que hay un diario de su tío en Buenos Aires en el que se relata este periodo en Cáceres y el que pasó después confinado en Buñol. Aquí, no se prodigó mucho por la ciudad, y se pasó el tiempo encerrado en el hotel, con poca vida social. Otras fuentes consultadas aseguran que si vino a Cáceres fue por la amistad con el maestro Solano. En todo caso, fue un mes triste el que pasó en la ciudad, durante el que mantuvo una intensa correspondencia con sus amigos. Frases como «me siento desmoralizado, si sigo así me volveré loco» las escribió durante esta época. De pronto le comunican que debe trasladarse a Buñol y coge un tren que le llevará de Cáceres a Madrid. En el trayecto repara en un detalle que le inquieta: se le ha olvidado coger la correspondencia que escondió en el cuarto de baño. Llega a Madrid de madrugada y regresa. La habitación está ocupada y ha de esperar a que salga el comerciante que se alojaba allí para recuperar unos documentos comprometedores. Así fue este episodio cacereño lleno de sombras, tras el cual el artista vivió una nueva etapa en Valencia, en donde le fue levantado el confinamiento. Su destino final fue el exilio, en donde tampoco se libró de la arbitrariedad y el maltrato en los primeros años. En 1992 se le concedió la Orden de Isabel la Católica, y él aseguró que «la reparación que quería simbolizarse en la medallita, me llegaba demasiado tarde. De 1940 a 1992 España tardó cincuenta y dos años en darse cuenta de que habían tronchado la vida de un hombre que hubiera querido crecer artísticamente y desarrollarse en la tierra en la que nació».

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