
La locura de Carolina Coronado, la embalsamadora
DESDE LA MOTO DE PAPEL ·
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Estaba trabajando de madrugada en casa, junto a los ventanales que dan al alcornoque centenario y al huerto. Elaboraba el árbol genealógico del clan de 'Los Hilarios' de Plasencia, que están siendo juzgados en la Audiencia de Cáceres, cuando el día llegó con uno de esos amaneceres raros que hay en Cáceres, que llena de naranja y rosa el cielo. Fue entonces cuando Sanjosé apareció llevando entre sus blancas manos un libro que me ofreció, diciendo:
–Mira, esta mujer también veía muertos como tú – me dijo el difunto, entregándome una biografía de Carolina Coronado firmada por Isabel María Pérez González.
Leí unas páginas que me señaló y sí, la gran Carolina Coronado veía el espíritu de su padre, pero no debía de estar a bien con él porque se asustaba cuando se le aparecía. Se cuenta en el libro, que se desmayó varias veces en la iglesia porque había visto el fantasma de su padre de pie ante el altar; y el embajador norteamericano en España, Carl Schurz, la vio correr en camisón una noche en casa de ella y su marido, con un candelabro en la mano, los ojos desorbitados y expresión de horror, porque aseguraba que al entrar en el cuarto de sus dos hijas, el fantasma de su padre, que estaba junto a la puerta, le había sujetado por una manga. Ella, por otra parte, llegó a ser una muerta resucitada, porque cuando tuvo 23 años, el 3 de enero de 1844, tuvo un sueño cataléptico y la dieron por muerta, llegando a publicar sus amigos poetas elegías por su muerte.
Merece la pena leer esta biografía de Carolina Coronado. Asombra conocer detalles de la vida de la poetisa nacida el 12 de diciembre de 1820 en Almendralejo. Una adelantada en su tiempo, que fue de las primeras personas en denunciar el maltrato a la mujer, en esta poesía titulada 'El marido verdugo':
«(...)Nunca el verdugo de inocente esposa/ con noble lauro coronó su frente:/ ¡ella os dirá temblando y congojosa/ las gloriosas hazañas del valiente!
Ella os dirá que a veces siente el cuello/ por sus manos de bronce atarazado,/ y a veces el finísimo cabello/ por las garras del héroe arrebatado.
Que a veces sobre el seno transparente/ cárdenas huellas de sus dedos halla;/ que a veces brotan de su blanca frente/ sangre las venas que su esposo estalla.
¡Y que ¡ay! del tierno corazón llagado/ más sangre, más dolor la herida brota,/ que el delicado seno macerado,/ y que la vena de su sien rota!...
Así hermosura y juventud al lado/ pierde de su verdugo; así envejece;/ así lirio suave y delicado/ junto al áspero cardo arraiga y crece.
Y así en humanas formas escondidos,/ cual bajo el agua del arroyo el cieno,/ torpes vivientes al amor uncidos/ la madre sociedad nutre en su seno».
En la biografía se describe a una Carolina Coronado inteligente, calculadora, muy coqueta que llegó a quitarse tres años para casarse con el primer secretario de la embajada de los Estados Unidos en España, Horacio Perry, al que literalmente enganchó cuando él regresaba a su tierra, al fingir que se moría si la dejaba. Él lo contaba así a sus hermanas: «Yo la amaba pero me resistía, me puse en pie para irme, ¡su corazón se paró!, no se desmayó sino que su corazón se paró de repente, instantánea, enteramente. Yacía muerta delante de mí. Pero no, un minuto, dos, no sé, me pareció un año, de pronto como si su pecho se abriera de golpe con un soplo que se podía haber escuchado en el apartamento contiguo y que convulsionó todo su esqueleto, el corazón latió de nuevo, reanudó penosamente sus funciones».
Se casaron en Gibraltar por el rito protestante, y en París por el rito católico. Carolina tenía 31 años. Con 32 tuvo a su primera hija, llamada Carolina; y con 33 a su hijo Carlos. Con sólo siete meses de vida, el 11 de noviembre de 1854, murió el niño por las fiebres tifoideas. El cadáver del hijo lo puso en una sepultura en la iglesia de San Isidro en Madrid.
Con 40 años Carolina Coronado tuvo a su segunda hija, Matilde. Una joven que vivió un infierno con la locura de su madre, a la que le cambió la vida a mediados de 1873. El 9 de junio de ese año Horacio Perry tuvo que ir a Londres por cuestiones de trabajo, y al poco sus dos hijas: Carolina, de 20 años, y Matilde de 12 enfermaron de sarampión. El 6 de julio seis médicos estaban en casa de Los Perry, la hija mayor estaba peor según su madre. Los médicos dijeron que no era para tanto y la poetisa sentenció: «¡Dentro de media hora va a estar muerta!» Y así fue.
La niña Matilde vio como su madre enloqueció: se intentó arrojar por el balcón, abrazaba a su hija sin vida, se cortó sus largos tirabuzones y los dejó junto a la muerta pidiendo que la enterraran con ella. La biógrafa cuenta: «corría demudada de un lado a otro de la alcoba, golpeándose en los rincones como un pájaro asustado».
Matilde debió ver como su madre adornó de joyas a su hermana, a la que ordenó embalsamar. Carolina Coronado hizo un trato con las monjas clarisas del convento San Pascual, en el paseo de Recoletos de Madrid, y allí encerró a su hija en un armario de la sacristía. En el exterior puso un cartel: «Prohibido tocar este sagrado tesoro, pertenece a Carolina Coronado y Romero de Tejada». Horacio Perry contó a sus hermanas que al regresar a su casa, después de estar un mes fuera, se encontró conque su hija mayor estaba muerta, la pequeña sola en una habitación, y su mujer demente.
Se marcharon a Lisboa, en donde empezaron a habitar un enorme caserón, el palacio de Mitra. La joven Matilda vio como su padre murió el 22 de febrero de 1891. Su madre ordenó que lo embalsamaran y colocó su cadáver en un sarcófago en la capilla del palacio, donde rezaba a su lado.
Matilda tuvo un novio, el abogado extremeño Pedro María Torres Cabrera, segundo hijo del Marqués de Torres Cabrera. Le dijo a su madre que se iba a casar y la poetisa le hizo prometer que ella seguiría durmiendo todas las noches con ella (como había hecho desde que murió el padre), negándose a ver a su yerno, que pasó a ocupar la planta baja del palacio.
El 15 de enero de 1911, con 90 años, murió Carolina Coronado y su yerno decidió poner sensatez a toda esta locura: Ordenó colocar a la poetisa en un féretro, en otro el cuerpo embalsado de su suegro, y en un vagón enlutado del Tren Correo de Lisboa, llegaron a Badajoz, donde están enterrados juntos en el cementerio viejo.
Matilde, ya liberada, se vino a vivir a Cáceres con su marido; pero la maldición de su madre no le dejó: murió a los pocos meses, el 15 de junio de 1911, tenía 50 años. A su viudo aún le tocó ir a Madrid, al convento de San Pascual, al avisarle un sacerdote de que en la sacristía había un armario cerrado con el nombre de la poetisa, que hacía tiempo que había muerto. Al forzar la cerradura se encontró con su cuñada embalsamada, a la que no había conocido. Él dispuso enterrar a su cuñada eternamente joven, no sabemos si en Cáceres o en Badajoz.
Otro de esos amaneceres raros de Cáceres volvió a aparecer Sanjosé, y aproveché para preguntarle sobre una duda que me corroe:
–Oye. Yo que veo muertos, como Carolina Coronado, ¿no me volveré loco como ella?
–Ni puedo ni debo decírtelo.
–¡Pero, hombre!
–Ni debo ni puedo; pero bueno... de la locura nadie está libre. La locura es una triste lotería a la que jugáis los que aún estáis vivos.
–¡Vaya mierda de amigo!
–¡Ah! ¡Estuvieras muerto...!
Joío difunto.
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