Del perejil al Paseo del Rollo
Plaza Mayor ·
serafín martín nieto
Miércoles, 22 de enero 2020, 09:03
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serafín martín nieto
Miércoles, 22 de enero 2020, 09:03
El ensanche de la ciudad ha supuesto uno de los mayores impedimentos para la permanencia de una serie de edificios, modestos en su construcción, pero cargados de intrahistoria cacereña.
En 1852, el progreso se cobraba, inexorablemente, una víctima. El trazado de la carretera de Trujillo entrañaba el derribo de la antigua ermita de los Mártires, cuyos orígenes se perdían en el siglo XV. La expropiación debió de sorprender a la cofradía que, apenas dos meses antes, había concluido algunas obras de mejora. Con celeridad, la directiva emprendió diligencias para tratar de evitar la desaparición de la ermita. Entre otras razones, alegaba su belleza y antigüedad, su perfecto estado, la afluencia masiva de devotos a las misas dominicales y la condición de patronos de Cáceres de que gozaban los Santos Mártires. Pero el gobernador civil no tomó en cuenta ninguna.
La demolición se acometió en julio de 1852. Los gastos, paradójicamente, corrieron a cargo de la cofradía. Los materiales del despojo se guardaron, provisionalmente, en la Plaza de Toros; las imágenes y enseres se trasladaron a la iglesia del extinto convento de Santo Domingo. Los cofrades querían levantar la nueva capilla en unos terrenos muncipales detrás de la charca del Perejil, pero el consistorio se los denegó y los instó a construirla en el Cerro del Rollo, que entonces se explanaba para transformarlo en Paseo.
El asunto quedó en suspenso hasta 1860, cuando se remató la obra en el maestro alarife Joaquín Carrasco por 36.900 reales. Pero el comienzo se retrasó, forzosamente, hasta la percepción en 1861 de los 41.755 reales que el Gobierno adeudaba en concepto de indemnización. A finales del verano de dicho año, se empezó a acondicionar el interior con el encargo en Sevilla a don Francisco Tristán del cuadro existente del Mártir y al dorador de la Casa de su Alteza Real del marco. Por último, el 17 de diciembre, al citado Carrasco la ejecución del retablo de estuco.
Luego, seguirían unos años de escasa actividad hasta que, ior fin, el 20 de mayo de 1865 se bendijo la actual ermita. A las 8 de la mañana de dicho día se trasladó desde Santo Domingo la venerada efigie alabastrina de San Sebastián, con la asistencia masiva de los cacereños, que en los sucesivos días no dejaron de visitarla.
Habían transcurrido 13 años desde el derribo de la primitiva y no los dos previstos por la autoridad gubernativa.
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