Agustina López tiene 61 años y por la tardes va al centro de educación de adultos de Gómez Becerra para sacarse el título de la ... ESO. Cuenta que le está costando con el Inglés pero que Matemáticas y Lengua las lleva mejor. Para alguien de su edad, y con escasos recursos, ponerse ante los libros es un verdadero reto. «Lo necesito para trabajar. Estaba como auxiliar en la ayuda a domicilio, pero el título me hace falta. Ya estoy en cuarto. Me queda menos», proclama justo antes de sacar una montaña de papeles y enseñar sus escritos al Ayuntamiento y todo tipo de documentación. Su verdadera batalla es la situación del bloque B, en la calle Río Ródano de Aldea Moret. Es un edificio de viviendas sociales, 48 en total, pero en el que el descontrol es parte del día a día. El sótano está anegado y lleno de suciedad, el telefonillo no funciona, la escalera se cae a trozos y ya fue motivo de denuncia vecinal. «Mandan más lo okupas que nosotros, no puedo salir a la puerta», detalla en un escrito que remitió Agustina al Consistorio y sobre el que sigue esperando respuesta.
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Su piso, en un segundo, sufre un importante deterioro por la humedad que le llega de la planta superior. Dice que los inquilinos son ilegales y lo está pagando caro. «Los techos están llenos de 'champiñones'», explica de forma gráfica. Señala la parte superior de la cocina, pero el baño y el salón no están mejor.
«Ruego se me dé un lugar al que ir porque pronto estaremos sin luz. Ya no se paga comunidad», avisa Agustina López en su escrito. A tenor de su relato, el bloque B de Aldea Moret es lo más parecido a un territorio sin ley, allí no se abonan gastos de luz ni de agua, los servicios hace tiempo que desaparecieron y cuando se producen daños las reparaciones se quedan en una ilusión.
La administración no contesta. «No presentan facturas, ni presupuestos, ni arreglan nada», se explaya esta mujer que admite que ha tenido la tentación de acudir al salón de plenos para que el Gobierno, los concejales y toda la ciudadanía conozcan lo que ocurre en el bloque B. Lo ha descartado finalmente: «Por mi experiencia creo que sirve de poco».
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Su sensación es que en el edificio, que sigue teniendo un claro componente social y está próximo al ya derribado bloque C, quienes tienen viviendas regularizadas quedan en segundo plano. «Son todos ilegales y tienen más preferencias», se lamenta. En el escrito que mandó al Ayuntamiento se despide con una especie de maldición: «Espero que me hagan caso, porque está otra vez la humedad. Lo saben el alcalde y la concejala», concluye. En el Ayuntamiento no respondieron ayer a la consulta de HOY.
Alrededor de la luz del techo que ilumina el salón del piso de Agustina se extiende una enorme mancha. Es la prueba de la humedad que llega del piso superior, un tercero. Tampoco se salva la cocina, con una extensión mohosa que cambia la estética del techo a la altura del calentador de agua. «Me llega el agua del tercero. Tuve que pintar mi habitación porque salía el moho. Arriba hay okupas y en su salón, un agujero. Está roto el suelo y se producen fugas. Tengo el salón y la cocina destrozados. El baño, igual. Hemos limpiado, desinfectado con lejía y nada. Hablo con la asistencia social pero sin solución», insiste Agustina, que tiene también problemas de salud.
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Sostiene que así no puede vivir porque se añade el deterioro de las relaciones. Le llegaron a destrozar las macetas que tiene en la puerta. El caso terminó en juicio. Ha colocado la caja de un televisor en el pasillo para establecer una especie de reservado junto a su portal. Asume que ese no es el solución. Quiere irse y le ha solicitado al Ayuntamiento que le dé alternativas. Pero la espera se alarga para Agustina.
«El bloque B actualmente está mucho peor que el bloque C en su día. No pagamos luz, no pagamos agua y no pagamos comunidad. Nadie paga nada», sugiere Agustina López. Es una de las veteranas del edificio que, recuerda, abrió sus puertas en 1988. La escalera está desconchada. «Arriba no subo porque me da miedo», comenta. Ese caso ya lo conoce el Ayuntamiento. Hace un año los vecinos salieron públicamente a denunciarlo. «Se cae a trozos, aquí no podemos vivir», se quejaron entonces. También recuerdan que el anterior alcalde, Luis Salaya, reconoció que las escaleras no cumplían las condiciones mínimas y que se iban a arreglar. «Tememos que se nos caiga un cascote encima», relataron Juana Caballero y Felisa Gómez. En el año 2016 ya fue acordonada la zona tras sufrir un derrumbe. El edificio tiene casi cuatro décadas y el mantenimiento deja mucho que desear. Lo demuestran las imágenes del garaje. Es un pozo oscuro de suciedad y objetos por los suelos. Se ven cajas, restos de fruta, botellas. Hasta una bicicleta. Hay balsas de agua estancada. «Si va allí, llévese mascarilla», le recomendaron los vecinos a la entonces alcaldesa Elena Nevado en 2016. Un informe de la Dirección de Salud del área de Cáceres lamentaba las condiciones de salubridad existentes y recordó que la competencia era municipal.
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