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Isabel de Borbón cabalga de nuevo. El retrato ecuestre de la reina, primera esposa y consorte de Felipe IV, luce majestuoso en la sala 12 del Museo del Prado, donde se exponen los lienzos de Velázquez, después de pasar por un cuidadoso proceso de restauración. Atrás han quedado las capas de barnices y la suciedad que oscurecían la tela y que alteraban su rico cromatismo.
La intervención, obra de María Álvarez de Garcillán, ha devuelto los colores a la tela de la reina, que, curiosamente, era muy reacia a posar. La obra es, por añadidura, todo un símbolo para la pinacoteca nacional, ya que estuvo presente en la inauguración del centro en 1819.
La limpieza del lienzo y el marco, financiada por Iberdrola, ha topado con no pocas dificultades, dado que el paso de los años contribuyó a realzar los arrepentimientos y correcciones de las pinceladas, como se apreciaba sobre todo en la testuz del caballo y en sus cascos.
Para ejecutar la ambiciosa composición, que fue destinada a decorar los testeros del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, Velázquez se sirvió de la ayuda de varios colaboradores, entre ellos Juan Bautista Martínez del Mazo, a quien casó con su hija Francisca. Y es que el maestro sevillano no daba abasto: entre 1633 y 1635, se hizo cargo de los retratos ecuestres de Felipe IV, el príncipe Baltasar Carlos, Felipe III y Margarita de Austria, encargos cuya ejecución compatibilizó con 'La rendición de Breda'. Pese a los repintes, injertos y capas de barnices, la obra se hallaba en buen estado antes de acometer su restauración. «Su situación era envidiable. No presentaba erosiones, mutilaciones ni intervenciones abusivas. En sus cuatro siglos de vida ha permanecido en un entorno acogedor: las Colecciones Reales, que han tratado ejemplarmente los cuadros», aseguró Javier Portús, jefe de la colección de Pintura Barroca Española del Prado.
Para que se acomodara mejor a las dimensiones de la estancia del Palacio del Buen Retiro, al lienzo se le añadieron dos bandas laterales. Pero, además, como una de las esquinas se solapaba con la puerta, se optó por la solución salomónica de cortar un trozo del lienzo y pegarlo a la puerta. Así, cada vez que esta se abría, la esquina se despegaba de la tela.
Los lienzos fueron luego recosidos cuando, hacia 1762, se trasladaron al actual Palacio Real. Se mantuvieron los añadidos y se recompuso el fragmento que había permanecido adherido a la puerta. «Fue una cosa francamente bien hecha. Estamos convencidos de que Velázquez siguió muy de cerca todo el proceso porque se jugaba mucho en ello», apuntó Álvarez de Garcillán. Todo fue hecho con suma pericia, pero los clavos para pegar la pintura a la portezuela dejaron sus «cicatrices».
El uso de pigmentaciones distintas, unas para el centro de la tela y otras para las bandas laterales, dio lugar a que algunas partes se decoloraran, debido a que algunos pinturas eran poco estables.
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