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¿Qué ha pasado hoy, 2 de abril, en Extremadura?
Estos son los ganadores del concurso de narrativa escolar Santiago Castelo de HOY y BBVA

Estos son los ganadores del concurso de narrativa escolar Santiago Castelo de HOY y BBVA

REDACCIÓN

Sábado, 30 de abril 2022

Estos son los relatos ganadores de la primera edición del concurso de narrativa escolar Santiago Castelo, convocado por HOY Diario de Extremadura y BBVA, donde han participado alumnos de 3º y 4º de la ESO, para difundir entre los escolares de Extremadura la figura y obra de este genial escritor y periodista extremeño.

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    Isabel Chamorro Castillo

    Cenizas del alma

Cada vez me resulta más difícil mantener los ojos abiertos. Los médicos lo dejaron claro, no más de 24 horas. Mientras tanto, mi abuelo descansa en una cama, rodeado de cables ya inútiles dado la cercanía de su inminente fallecimiento. Ojalá haberme dado cuenta antes de que aquellos delirios no eran simples despistes, sino indicios de lo que más me temía: Alzheimer. Como mis padres murieron, él se había encargado de criarme. Ahora, que ya no puede contarme sus apasionantes historias, me basta con sentir el áspero tacto de sus arrugas. Puedo notar cómo se me humedecen los ojos aun teniéndolos cerrados. Y repentinamente, varios golpes en la puerta interrumpen mis sollozos: -¿Señor Mathew? -preguntó una mujer al tiempo que entraba en la habitación-. Me envían desde la funeraria Hannes. -¡Qué! ¿Cómo puede aparecer usted aquí estando mi abuelo presente? ¡Aún no ha muerto! -repliqué con fuerza. -Lo-lo siento, no pretendía molestarle- se disculpó temerosamente. -Márchese por favor -contesté avergonzado casi en un susurro. La mujer abandonó la habitación. Lo que yo desconocía era que aquella importuna visita le devolvería el aire a mis pulmones. En el suelo, cerca de la puerta, encontré varios terrones de arena mojada que probablemente cayeron de las botas de la intrusa. Ahí fue cuando recordé algo que mi abuelo me contó meses atrás. En los años 60, solamente con lo puesto, emigró a Hannover (Alemania) en busca de una mejor vida lejos de la desangrada España. Mi abuelo, Pablo Camacho, fue uno de los tantos emigrantes extremeños que siempre añoraron su tierra natal. Recuerdo cómo hablaba en concreto de su pueblo, de Granja de Torrehermosa. Ahora ese granjeño le susurraba a mi interior: «conviérteme en mi tierra».

Tenía que llevarlo a su querida Extremadura, permitirle oler una vez más el aroma de sus calles o escuchar el crotoreo de las cigüeñas, y dejarlo descansando en su cuna eterna. Han pasado cinco meses desde su fallecimiento y ahora reposa en una urna. La semana que viene iré a España y cumpliré su última voluntad. -El viaje ha sido largo, quiero descansar- comenté a la recepcionista de la pensión en la que me alojaba. Esa misma tarde fui a la torre del pueblo. Comencé a subir las empinadas escaleras hasta llegar al campanario, esquivando el revoloteo de algunas palomas. Hacía mucho viento. Cerré la pequeña puerta de la estancia para que nadie pudiera molestarme. Después, abrí la urna y agarré un puñado de cenizas. Entonces empecé a extenderlas sobre las gigantes campanas creando una fina capa de polvo. Derrotado, regresé a la pensión. A las 8 de la tarde, como cada día, las campanas empezaron a sonar. Al escucharlas me asomé a mi ventana y pude ver cómo salía un humo gris de la hermosa torre. Eran las cenizas desprendiéndose de las campanas. Ahora mi abuelo volaba y se iba esparciendo poco a poco por todo su querido pueblo y convirtiéndose, como él mismo me dijo, en polvo fiel de Extremadura.

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    Carlos de Francisco Cañón

    Emigrantes

Tierra. Sólo tierra. Sólo tierra desde el alba hasta el atardecer. Sólo tierra que cedía perezosamente al contacto del zacho. Tierra que luego poblábamos de semillas. Semillas de las que nacían brotes tímidamente que crecían, regalaban sus frutos y, cumplida su tarea vital, volvían a la tierra de la que surgieron. Y el ciclo volvía a repetirse, como se había repetido desde hacía siglos, desde que estábamos sujetos a esta tierra. Una tierra que formaba parte de nosotros, que nos criaba y que nos reclamaba pasado nuestro tiempo en este mundo. No era nuestra, sin embargo. No eran nuestro el alimento que cada año recogíamos. No era nuestro el fruto bañado en sudor y sufrimiento, en interminables jornadas. Era el amo quien recibía el producto de nuestro trabajo, y quien nos cedía lo que requeríamos para seguir cultivando su campo con nuestro sudor, nuestro sufrimiento y nuestras jornadas, como siempre se había hecho. Hasta que un día, se paró el ciclo.

Después de siglos de esa relación consanguínea, abandonamos el suelo en que nuestros antepasados descansan. Fue la esperanza quien nos arrastró fuera de la tierra, quien nos llevó a buscar una vida diferente. Fue la libertad quien nos llamó con su persuasiva voz, su voz suave y melosa que oíamos por la noche en el jergón justo antes de caer exhaustos, prometiéndonos la vida que Extremadura no podía darnos. Los ahorros de toda una vida nos permitieron responder a esta llamada, y finalmente una fría mañana de noviembre, llegamos al país de los libres: la ciudad.

No fueron fáciles los primeros años: la vida de la ciudad era también despiadada. No tenía compasión con las infinitas masas de inmigrantes sin cultura ni formación alguna que acudían a ella buscando un futuro. Cambiamos la servidumbre rural por la salvaje competitividad urbana. Pero salimos adelante. Al fin y al cabo, si había algo que conocíamos y formaba parte de nosotros era el sacrificarse cada día esperando un cambio. Durante este tiempo nos construimos un nombre. Creamos un legado nuevo que transmitir a nuestra descendencia, que les permitiese no tener que volver a verter su sudor día tras día en el campo para sobrevivir.

Sin embargo, por mucho que huyéramos, por mucho que renunciásemos a lo que habíamos sido desde siempre, no se podía arrancar de raíz nuestra esencia. Cada noche, justo antes de entregarnos al mundo de los sueños, oíamos la llamada de la tierra, esa tierra que formaba parte de nosotros como nosotros de ella. La llamada de la tierra que había en nuestra sangre, que deseaba regresar a su patria, a su legítimo hogar. Nunca dejaríamos de ser tierra, tierra negra y fértil. Tierra de la que brota un tallo, que crece con vigor, produce con su esfuerzo sus frutos y, cumplido el mandato con el que vino al mundo, se hunde de nuevo en la tierra. Y el ciclo vuelve a repetirse, como se ha repetido desde que se sembró la primera semilla.

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    Carmen Estévez

    Recuerdos y sueños

Fuera se deshacen las gotas de rocío al penetrar los rayos de sol en sus entrañas. Dentro se oye el crepitar de las llamas en la chimenea devorando poco a poco la leña que la dehesa me ha reg del cristal impoluto de la ventana viendo el mismo paisaje de siempre y que da color a mis recuerdos.

Sí, me gusta recordar y soñar. Esta mañana de finales de febrero resulta ideal tanto para los recuerdos como para los sueños. Recuerdos de una niñez muy lejana en esta casa y en estas tierras. Siempre he vivido en esta casa, siempre acompañada del sonido del agua en los riachuelos, del chapoteo en los charcos que la lluvia deja tras su paso y del crotoreo de las cigüeñas. Pero también del aroma y colorido de las flores del cinamomo en primavera y del balido de las ovejas pastando entre las encinas... y de mis padres y de mis hermanas.

Recuerdos de una adultez junto a mi compañero de vida y de mi hijo. A todos, excepto a mi hijo, me los ha arrebatado el tiempo. Sé que allí desde donde estén me protegen. A mi hijo me lo ha arrebatado la gran urbe, Madrid.

Y recuerdos como no, de la tierra, siempre la tierra, la que nos daba hortalizas para el sustento... y espárragos, bellotas y gurumelos... rociado todo con el sudor de la frente de mis padres. Ahora en mi vejez me gusta, en primavera y verano, tomar un puñado de esa tierra entre mis manos y ver cómo se escapa de ellas empujada por la brisa del viento. En esos momentos miro hacia las nubes y ellas me sonríen.

Ya lo he dicho, también me gusta soñar. Soñar con que mis piernas, a pesar de los años, seguirán aguantando mi cuerpo para poder pasear por mis recuerdos. Soñar que no estaré sola en navidad y en verano porque mi hijo me visitará. Soñar que me mandará un regalo por mi cumpleaños que ha comprado en una de las calles de Madrid. Y seguir y seguir soñando, solo soñar, sin reproches, con memoria dulce como leí en una ocasión que le gustaba cultivar a un poeta de mi tierra. MI TIERRA EXTREMADURA.

  1. Recopilación de los trabajos finalistas

Aquí puede ver la recopilación de los 16 trabajos finalistas de esta primera edición del concurso de narrativa escolar Santiago Castelo.

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