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Barquerito
Domingo, 1 de octubre 2023, 22:25
Justo después del paseíllo se puso en pie la plaza toda para tributar a El Juli una ovación formidable. No la única en la tarde ... de su despedida. Solo la primera. Cuando brindó el cuarto al público desde los medios, se repitió una ovación todavía más cerrada y de nuevo se puso en pie toda la gente. Mientras daba la vuelta al ruedo con la oreja de ese toro, el último de su carrera, oreja arrancada en un derroche de amor propio, las ovaciones se fueron sucediendo en catarata. Llegaron a pedirle una segunda vuelta, pero El Juli optó por llegarse al mismo platillo, acariciar la arena con la palma de la mano derecha y llevársela al corazón. Al cruzar los brazos contra el pecho, pareció abrazar al público y la afición de Sevilla. Aquí lo han tratado siempre bien, muy bien.
Castella, sustituto de Morante, y Daniel Luque le brindaron sus primeros toros, los brindis se subrayaron con sendas ovaciones. Para escuchar el último batido de palmas, y hasta un pequeño coro de «¡Torero, torero!», hubo que esperar a que terminara ya de noche la corrida. Así cayó el telón en un escenario tan singular como la Maestranza, que no deja de ser un monumental decorado de ópera. A El Juli lo aplaudieron como se aplaude a los divos del canto. Cuesta recordar que en la plaza de toros de Sevilla se rindiera tan sentido homenaje a ningún otro torero.
El regalo inesperado fue que la banda de música del maestro Tejera se arrancara con el Suspiros de España en cuanto El Juli dejó posada en el platillo la montera del último brindis. Los músicos estuvieron tocando sin interrupción hasta el momento en que El Juli se fue a tablas a cambiar de espada. Antes del regalo, nota singular de este adiós tan sin protocolos, a El Juli le habían tocado la música con el capote, privilegio reservado de la banda en la Maestranza, y no por gentileza sino para realzar el gesto de irse Julián hasta casi los medios para esperar de rodillas la salida del cuarto toro, librarlo con una larga apurada y ya en pie pegarle seis verónicas, una tras otra, de encaje impecable y vuelo y juego de brazos perfectos, y el remate de media. Entonces estalló un volcánico clamor.
Ficha del festejo
Festejo Sevilla. 24ª de abono. 3ª de San Miguel. Muy caluroso. Lleno. 12.300 almas. Dos horas y veinte minutos de función.
Ganadería Seis toros de Justo Hernández. Tres, -1º, 3º y 5º-, con el hierro de Garcigrande, y los tres restantes, con el de Domingo Hernández. Los seis, con la divisa de Garcigrande
Toreros El Juli, que se retiraba del toreo, silencio y una oreja. Castella, que sustituyó a El Juli, aplausos y silencio. Daniel Luque, dos orejas y ovación.
Con la caída de Morante del cartel se contaba desde el viernes por la noche, no con que Castella se decidiera a firmar una sustitución comprometida y arriesgada, y menos todavía con que la corrida de Garcigrande fuera a resultar tan poco propicia. Se daba por hecho que Daniel Luque se disponía a tomar el relevo de El Juli en el cuadro de las figuras mayores. Y eso pasó. Un cadencioso y muy reunido quite por verónicas en el primer toro de Castella fue la primera señal de humo. Un quite aclamado. Castella replicó por un voluntarioso popurrí de lances.
Al toro tercero lo paró Daniel con lances al desmayo. Toro que, la cara a media altura, punteó por la mano izquierda, se escupió del caballo y se dolió, arreó y cortó en banderillas y estaba muy por ver cuando Daniel abrió faena en tablas por alto antes de salirse hasta las rayas cosiendo trincherillas con los de la firma, trayéndose el toro por delante, enroscándoselo y librándolo al fin con el de pecho. Un glorioso jaleo, solo el proemio de una faena de llamativa abundancia -tres tandas de cinco y hasta seis bie tirados, ajustados y ligados en redondo con su muletazo de remate-, ligeramente enturbiada por la resistencia del toro por la izquierda -mirón, pendiente de Daniel y no del engaño- pero resuelta con el postre de la casa: los muletazos en rizo sin ayuda en un palmo de terreno. Y una estocada colosal. Salió casi rodado el toro. Dos orejas.
Serían esa faena tan distinguida y las dos orejas lo que provocó a El Juli y le hizo lanzarse sin freno a defender el trono en el último toro de sus veinticinco años de matador de alternativa. Una faena emocional, el rigor técnico propio del caso, de firme encaje y despacioso dibujo, lastrada por la renuncia del toro al cabo de una docena de viajes. Con la izquierda, remiso el toro, no cupo la ligazón, salvo en un remate del natural con el de pecho. Y, obligada, una tanda de frente. Y una estocada sin puntilla.
El manso primero y el bronco y geniudo sexto, descaderado, fueron los dos toros de peor nota. El Juli cortó con el uno. Daniel se empeñó con el otro, que no paró de protestar, y hasta hizo trabajar a los músicos. Con el toro rendido, el gesto de irse a los medios, cuadrarlo ahí y entregarse con la espada, que cayó deprendida y tendida.
Muy a su pesar, Castella pasó a ser el convidado de piedra de esta fiesta a dos bandas. No por falta de ganas. Tampoco de género, porque el segundo garcigrande, aunque a menos, fue el toro de mejor son de todos, pero una faena de justo aliento no llegó a tomar cuerpo salvo a última hora, cuando tocó tirar del toro con la izquierda. Una buena estocada. El quinto, de bellas hechuras, fue toro muy distraído, suelto de suertes, ni una repetición. Pidieron brevedad. Y se paró el toro de golpe.
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