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JESÚS BAYORT
Martes, 25 de abril 2023, 22:34
A la tarde de 'El bueno, el feo y el malo' sólo le faltó un quite de Clint Eastwood y un pasodoble de Ennio Morricone ... para rematar el homenaje cinematográfico. No sean mal pensados, no va por los toreros —aquí no había malos—, sino por la corrida. Anunciada de Garcigrande, lidiada casi en su totalidad de Domingo Hernández. Un clásico del wéstern taurino: ni el toro ni el aficionado importan en su confección y desarrollo. Total, ¿acaso alguien se queja? Para el que no conozca los antecedentes: el 8 de noviembre de 2020 anunciaron Justo y Concha Hernández la división de los dos hierros familiares. La matriz (Garcigrande) para Justo, la segunda marca (Domingo Hernández) para Concha. Según cuentan, en aquella separación se incluían animales indistintamente herrados para cada uno. Estupendo, ¿pero por qué no se anuncia así en el cartel hasta que se termine la mercancía inclusiva? Hoy, que supuestamente se lidiaban los toros de Justo (Garcigrande), se lidiaron cinco con el hierro de la hermana. ¿Qué pasará mañana, cuando se anuncian los de Domingo Hernández?
Pero volvamos a la trama de este 'martes de farolillos', que tuvo mucho de ella: feos, casi todos; malos, casi todos; y... ¿buenos? También los hubo, con matices. Como los dos primeros, con clase, aunque mansos y desrazados. Sublimados por el quinto, que tapó sus carencias y el primer gran estupor del ciclo continuado con un derroche de humillación. Como diría aquel: «Sin humillación no hay paraíso». Que justamente le había pasado al antílope africano cuarto, que por mucho que tratase Juli de trajinarlo, sin humillación no tuvo paraíso.
El madrileño había tornado sus látigos de Pascua en seda nada más abrirse a la verónica con Rasposito, que era de todo menos bonito. Largo, alto, descarado. Con el pitón renegrido. Salió suelto, desentendido, sin celo. Con calidad en el embroque, que aprovechó rápidamente el maestro para cuajarlo en su versión más aterciopelada. Agarrando el percal casi en sus esclavinas, pasándoselo muy cerquita, a la altura de la bragueta. Compitiéndole a la majestuosa obra de la víspera de Talavante, que no se estuvo quieto y salió por chicuelinas, aprovechando su inercia hacia chiqueros, rompiendo el molde de la cadencia, agotando la reserva de Rasposito, que llegó extenuado a la muleta, entre alfileres. Empezó suave Juli, que terminó con una horrorosa estocada, más cerca de la penca que del morrillo.
Como horrendo era Espléndido, hoy con 's', corrigiendo al de Matilla con 'x'. Éste era el citado (cuarto) antílope africano, vulgo ñu. Con sus cuernecitos para arriba, basto, acochinado, con pezuñas de mulo. ¿Era esto una secuencia de ficción o de terror? Terroríficas fueron las dos últimas embestidas que le dio a José María Soler en la brega, recto, a la altura del pecho. Que no merecía ni el gesto heroico. Más bien pedía a gritos la recortada. Lo intentaba Juli con estilo de vaca currada, al hilo del pitón, con la ayuda, a la altura de la pleamar. Era imposible —sin humillación...—, y demasiado estuvo con él.
En dos tiempos le enterraba Talavante la espada a Serrador, el quinto, con el que sellaba su reencuentro definitivo. Con Sevilla, con la senda del (semi) triunfo y con él mismo. Nuevamente suelto en sus formas, cómodo por el ruedo, seguro ante los animales, aunque inconcreto. De tan natural que lo hace y poca importancia que le da sólo logra la conexión con remates y gestos para la galería. Como las arrucinas, los cambiados y las miradas al tendido. Y, cómo no, sus eternos cambios de mano. El mismo de aquel flechazo perpetuo de 2007 con el coloradito de Cuvillo, que hoy se repitió hasta en dos ocasiones. Con Clarinete (segundo) y este Serrador, al que rápido le intuyó su humillación con un lance imperecedero por el lado derecho, con las palmas abiertas, pescando adelante. Brindó en los medios, intuyendo lo que podía ser, convenciéndose de que debía ser. Que por momentos lo concretó, sin desgarro, intercalando recursos ante la explosión de humillación, que siempre se va antes de terminarlos. Lo entendió verdaderamente bien a mitad de faena, cuando le dio espacio para que el toro fluyera, para que se soltara, sin agobiarlo en la cercanía. Y concretó el éxtasis, algo sobrevalorado, con una noria final. Eso sí, cargando la suerte. Imagínense cómo estaba el personal que cantaba «oles» en las bernardinas.
Clarinete, el segundo, colorado y acarnerado, rendía tributo al Conde de la Corte, muy en su tipo. Había gracia en sus tijerillas genuflexas, como rabia en su larga de rodillas, también por el dorso. El mansito, con talento en la embestida, se recreó en una primera serie por la derecha, sin apretar el torero, al ritmo y forma que marcara el de Domingo Hernández. Se lo ajustó, a pies juntos, con el compás semiabierto y también muy abierto; en sombra, y también en sol.
A Tomás Rufó le tocó lo peor: Pistolero, más guapo que sus hermanos, con el pitón blanco impoluto, no terminaba de afianzarse en sus apoyos, hasta que lo hizo, sin ritmo y con disparos; Habanero, feo, bizco, largo y silleto, fue tan bruto como aparentaba, que sólo dejó lucirse a un acertado Manuel Jesús 'Espartaco', que sabe vender y ejecutar la suerte de varas. Estuvo insistente e intermitente el toledano, tosco en algunos momentos.
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