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Enrique García Fuentes
Viernes, 24 de mayo 2024, 23:02
Natural de San Fernando, Cádiz, pero instalado en Mallorca hace ya varios años, y con una consolidada carrera novelística ('La noche en que pude haber ... visto tocar a Dizzy Gillespie', 'Bajamares', 'Pájaros en un cielo de estaño' y 'Malasanta', con la que ganó el XLI Premio de novela 'Felipe Trigo' hace poquitos años), Antonio Tocornal reúne en este 'Cadillac Ranch', de tan sprignsteeneano título, quince cuentos de extensión variable (resultado de una minuciosa labor de selección y poda entre más de 150 que tiene registrados, según confiesa), el primero y el penúltimo algo más extensos, el resto más breves, y unidos todos por el evidente sesgo imaginativo y original que subyace en cada uno de ellos. Buena parte de los mismos, por lo demás, cuentan con galardones en diversos certámenes anteriores y el libro que los recopila se alzó con el XXX Premio Andalucía de la Crítica 2023.
Por eso estamos lejos de enfrentarnos a la típica compilación de obras breves mientras llegan las nuevas «palabras mayores» de la novela; antes al contrario: virtud incuestionable de esta remesa es su capacidad de establecer un diálogo entre ellas y construir entre todas una obra coherente y unitaria en la que es bien sencillo rastrear elementos capaces de conferirles la apariencia cierta de un todo. Tales mecanismos provienen, obviamente, tanto del ámbito de lo formal como de los contenidos. Por lo que respecta a lo primero, se evidencia esa unidad a través del uso en todos ellos de la primera persona como voz narradora: en la mayor parte de los casos, una voz de varón, pero en tres –acaso los más emocionantes– el testigo pasa a una de mujer. Y por cuanto compete a los contenidos es patente la exploración del estupor ante situaciones impredecibles o, cuanto menos, incontroladas, todas, eso sí, de una originalidad a prueba de bombas y siempre combinando la realidad con la fantasía. Sin salir de nuestro entorno afrontamos, sin embargo, situaciones absurdas que se desarbolan. Quienes los cuentan y protagonizan llevan, en realidad, vidas normales y corrientes, planas y aburridas casi, hasta que, sin comerlo ni beberlo, aparece un elemento insólito, increíble, que lo pone todo del revés.
¡Bienvenidos, pues, lectores al territorio de eso que ya parece olvidado en la literatura: la imaginación! Los quince cuentos que aquí se juntan sirven para que el autor explore (y en su momento amplíe) los límites de lo que, poco a poco, nos va costando asumir (a medida que el relato avanza) como real; su indudable tono kafkiano no deroga la originalidad de los mismos; por más que algunas situaciones se asemejen y hasta los procedimientos parezca que se repiten: siempre hay un cambio de enfoque, una chispa que garantiza la extravagancia. Por otro lado también les confiere unidad esa cercanía que infunden los protagonistas de estas facecias. Ya lo he dicho: gente normal que, de pronto, se ve abocada en una situación inesperada, insólita o absurda (aunque algunas de ellas estén provocadas por ellos mismos, siempre se les van de las manos) y ya no saben – como nos ocurre a nosotros– si estamos ante algo real o irreal. Lo gracioso es que el lector, de primeras, participa agradecido en este juego y se acaba empapando feliz ante la propuesta. Aunque si escarbamos un poco, en seguida escuchamos el latido de temas más hondos; los de siempre, los que nos van perturbando ya a ciertas edades: la soledad –los protagonistas, en su mayoría, no tienen a nadie–, la muerte –casi todos ellos terminan o sugieren el fin en su órbita–, la inanidad de la existencia… Con lo que lo narrado se termina erigiendo como la única forma posible de asumir esa derrota inapelable que sufrimos al final de nuestro trayecto.
En la ya tópica Ruta 66 un conductor contempla cómo contra el parabrisas van estrellándose insectos que tienen la cara de familiares o amigos; la pequeña vivienda de un recién divorciado va adquiriendo, poco a poco, proporciones desmesuradas (un evidente homenaje a Cortázar, por lo demás, muy presente a lo largo de todas estas páginas, como Borges, claro; había que decirlo); un jardinero jubilado va ahora dejando morir sin cuidarlas a montones de plantas que guarda en su morada; un banquero corrupto se vuelve incapaz de salir de su coche antes de una reunión crucial; un pintor logra una inusitada fama a base de repetir única y exclusivamente un determinado tipo de cuadro; un oficinista poco motivado escucha a alguien que le pide ayuda cuando atraviesa un parque todos los días; a uno le sale en la palma de la mano izquierda todo un pueblo, con sus casas y habitantes; un simple representante comercial acaba en medio de un asesinato político; un escritor a la caza de argumentos los encuentra tras ver cómo se le aplica una eutanasia dulce a su gata; una familia habita una casa desde hace muchos años en la que un cuarto permanece sin abrir; el capricho de construirse una piscina de agua salada termina convirtiendo a este propietario en alguien que no sospechaba (como ocurre, ya se habrán dado cuenta, en todos los que llevamos vistos hasta ahora); una chica se queda atrapada en una atracción de feria; otra, según sube o no a la parte del arriba del adosado donde vive, se convierte en su propia madre; durante un viaje por negocios a la República Dominicana, un hombre sufre una enfermedad conocida, pero adobada con sucesos delirantes y, por fin, como «bonus track» que refuerza la unidad no solo de lo que hemos leído, sino de estos relatos con obras anteriores del propio autor; un texto que aparenta descubrirnos cómo realmente el autor escribió (o no) aquello que le atribuimos.
No era baladí elegir como cita inicial esa frase de 'En el camino', de Kerouac: «Nadie sabe lo que le va a pasar a nadie excepto que todos seguirán desamparados y haciéndose viejos»; dejemos entonces su labor a la ficción: pese a su desbarajuste aparente, nos aporta siempre el lenitivo de la coherencia y, por lo menos, la relativa seguridad de que, en fin, eso no va a pasarnos a nosotros. ¿O sí?
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