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Enrique García Fuentes
Viernes, 3 de mayo 2024, 23:19
La crítica especializada ha puesto de relieve varias cosas con respecto a la aparición de 'Lecciones', de Ian McEwan (Aldershot, 1948): que es su novela ... más larga, tal vez la más ambiciosa y su fuerte contenido autobiográfico. La primera parece evidente –tiene casi seiscientas páginas–, la tercera no ha sido negada por el propio autor, antes al contrario: medio en broma medio serio dijo que las insistentes peticiones editoriales por que escribiera su autobiografía debieran quedar saciadas con esta novela en la que muchos detalles del argumento tienen una base real en la vida del gran autor británico, el setentón protagonista de la novela, Roland Baines es un claro trasunto del McEwan real que tanto apreciamos y que vuelve a acertar de lleno con esta última entrega. Con respecto a la segunda premisa, aunque no entra en mis capacidades refrendarla satisfactoriamente, sí puedo decir que es la novela que más me ha gustado de él desde las sublimes 'Expiación' y 'Chesil beach'; pero esto es solo mi opinión.
Ian McEwan
Editorial: Anagrama. Barcelona 2023.
584 páginas.
Precio: 24,90 euros
Con todo, lo que sucede aquí no es más (ni menos, claro) que el relato de la vida de un hombre cualquiera inmersa –y condicionada muchas veces– por algunos de los sucesos más importantes que hayan acaecido en el Reino Unido y en el resto de Europa y el mundo durante los últimos setenta y cinco años, los mismos que tiene el autor también. Tal vez una historia anodina, no voy a ponerme sublime, pero tremendamente cercana porque las cosas que le ocurren a Blaine pueden pasarle a cualquier persona. La clave –desde la maestría innata del autor para ello, por supuesto– está en el sistema de puertas y pasadizos que, desde el recuerdo, se van abriendo para ir enlazando sucesos y, saltando muchas veces en el tiempo, tanto adelante como hacia atrás, trazar una línea irrompible que busque explicaciones plausibles para cosas que ocurrieron y que no. Ni que decir tiene que pronto se irán abriendo brechas por donde se escapan obsesiones, culpas, careos con el pasado de cada uno que a veces no queremos acometer o, después de mucho tiempo, tal vez ahora seamos capaces de perdonar. Lecciones es eso que muchas veces llamamos un «novelón», en el sentido de que sus caudalosas páginas rebosan, ya dije, de saltos en el tiempo que ayudan, a la postre, a configurar al protagonista y a cierta comprensión, para él y nosotros, de muchos de los avatares que aquí aparecen y reaparecen. Unamos a eso un elenco de personajes sólidos hasta en sus contradicciones y maldades, de las que a veces ni siquiera son conscientes, temas y trasuntos universales (el deseo irrefrenable, las familias disfuncionales, el alcance de las decisiones que se toman y el de las que no, tantos otros) y esa magia a la que nos tiene acostumbrados McEwan en el tratamiento de los diferentes temas morales que se plantean. Seguro que con todo ello el lector paciente, cuando llega al final del transcurso, acabará por darme la razón.
Casi como si no pudiera ser de otra manera, la vida de Roland está pautada por su relación con las mujeres, por un lado Miriam Cornell, su profesora de piano con la que mantendrá una desatada (y hoy prohibida y censurada) relación erótica (curiosamente impulsada por la posibilidad de destrucción del mundo por culpa de la crisis de los misiles de Cuba a comienzos de los 60). Por otro su esposa, la alemana Alissa Eberhardt, quien lo abandona a él y a su recién nacido hijo Lawrence para labrarse una futura carrera como escritora; su marcha se hace evidente en plena reacción por el desastre nuclear en Chernóbil a mediados de los 80. Sobre estos dos pivotes, el narrador irá conformando una telaraña de relaciones en las que el epicentro es el siempre dudoso y apático Roland, sacudido por estos dos idilios, otros que acomete (y con los que alcanzará la felicidad, si bien de forma breve) y los sorprendentes descubrimientos que irá haciendo de sucesos acaecidos en su propia familia y en la de su esposa durante los años de su vida. La abundosa narración de muchas peripecias que orbitan en torno al protagonista logra configurar una suerte de microcosmos exportable, en la medida en que da razón, como el mismo autor pretende, de un contexto histórico concreto que condiciona, y a la vez, explica los hechos; dicho de otra manera: nos cuestionamos cómo los grandes acontecimientos (y hay varios ejemplos de ello: el thatcherismo, la caída del muro de Berlín, las esperanzas difuminadas de Blair, la crisis económica desde comienzos del siglo, la pandemia, etc.) determinan nuestras respectivas trayectorias, aunque el foco principal se centre en la esfera íntima. A mí Roland se me antoja el retrato casi perfecto del hombre contemporáneo, el que pasa de filocomunista a desencantado cuando descubre qué había realmente allí, aparte de un niño traumatizado y un adulto perdido e incapaz que pasa por trabajos casi de supervivencia: periodista de ocasión, poeta sin futuro, profesor de tenis, escritor de tarjetas de felicitación y, ante todo, pianista de jazz que toca en un hotel, sin que nada de lo que hace le satisfaga ni le horripile del todo. Un hombre gris, pusilánime, falto de carácter y superado por los acontecimientos. ¿Un retrato de muchos de nosotros en estos tiempos? Da que pensar, claro. En el fondo, para eso están siempre las grandes novelas. Como esta.
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