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MANUEL PECELLÍN
Sábado, 6 de enero 2024, 10:20
Gustavo Amorin rechaza los análisis sobre la conquista del Nuevo Mundo ofrecidos por estudiosos, preferentemente del ámbito anglosajón, que siguen repitiendo tesis acríticas, inspiradas en ... la 'leyenda negra' antiespañola. Para refutar las más repetidas, desde el siglo XVI hasta hoy mismo, en lo referente a la destrucción de Tenochtitlán, ha compuesto esta historia de los últimos días del imperio azteca, una crónica apasionante, anticonvencional, bien documentada y excelentemente escrita.
Amorin, de padres uruguayos y residente en Bélgica, estudió Historia en la Universidad de Louvain-La-Neuve (Bélgica) el hizo el proyecto de tesis doctoral en La Sorbona. Ha sido profesor e investigador en Codicología en la Biblioteca Real de Bélgica. Actualmente trabaja como formador de sistemas IT en la Unión Europea (sistemas aislados, cuyos todos componentes activos todos están aislados de tierra o puestos a tierra mediante una impedancia elevada).
Radicalmente opuesto a la aplicación del mito del «buen salvaje», retomado por el wokismo hoy tan de moda, a los aborígenes mesoamericanos, no duda en sostener que los aztecas, antiguos mercenarios nómadas, crueles y ambiciosos, habían construido su enorme poder sobre estos pilares: la opresión de muchos otros pueblos (para quienes eran profundamente odiosos); los sacrificios humanos (sobre todo, de los cautivos hecho en sus interminables «guerras floridas»); la eliminación selectiva de elementos históricos contrarios; la antropofagia ritual y la divinización de sus emperadores. Junto a indudables éxitos (calendario de 365 días; invenciones de agricultura intensiva, como las «chinampas» (huertos flotantes), y avanzadas técnicas constructivas, lo cierto es que carecían de sistema de escritura, medios de transporte eficaces (sin ruedas) o instrumentos más duros que el cobre o la obsidiana.
Según Amorin, a finales del XV el imperio aztecamse encontraba en una situación crítica por los factores siguientes: crecimiento demográfico y hambrunas devastadoras; malestar creciente de los pueblos sometidos (Tlaxclala, sobre todo); destrucción de la Triple Alianza (Texcoco, Tlacopan, Tenochtitlán, absorbidas las dos primeras por la última) en que se había sostenido; la imposibilidad de seguir obteniendo sangre humana para mantener a unos dioses inútiles sin sus continuos baños de hematocríticos... Aquel imperio estaba a punto de desmoronarse.
El golpe final no se lo dio Cortés, sino el ejército tlaxcalteca, que el de Medellín supo astutamente anexionarse.
Pese al «diferencial tecnológico» (caballos, cañones, ballestas, armaduras y espadas de hierro) y la ayuda de «las lenguas» (Jerónimo de Aguilar, la fiel Malinche), solo aquel millar escaso de españoles nunca hubiese podido triunfar sobre los 10 millones de habitantes que se calcula estaban bajo el dominio de Tenochtitlán. Más aún, habrían sido los tlaxaltecas, también ellos caníbales, quienes impusieron a sus enemigos seculares, los aztecas, las durísimas condiciones en que se desarrollaron los acontecimientos (destrucción de la capital; muertes de Moztezuma II y Cuauhtémoc, su sucesor, incluidas). Cortés y los suyos habrían decidido no oponerse para no romper la imprescindible alianza.
El autor revisa cuestiones tan polémicas como la hecatombe demográfica que sufrieron los indígenas, en abierta oposición a Las Casas y tantos otros, sin apenas inculpar directamente a las crueles prácticas destructivas de los conquistadores («requerimientos» incomprensibles, masacres bélicas, ferocidad represiva, esclavitud durante los primeros decenios, mitas y encomiendas depredadoras), sino a factores epidemiológicos. Insiste en que, como fuerza laboral y tributaria, amén de consideraciones humanitarias o religiosas, al español le interesaba el indio vivo.
Por otra parte, Amorín pone de relieve los elementos más positivos de la conquista y colonización americanas, como las leyes reales a favor de sus vasallos transatlánticos; la incentivación de los matrimonios mixtos; la pronta creación de escuelas, iglesias, imprentas, ciudades y hospitales; el castigo de los excesos contra las poblaciones o el sistema del virreinato (nunca colonias). Las comparaciones con lo realizado en circunstancias similares por otros países (Inglaterra, Francia, USA) le resultan más que llamativas.
Los tlaxcaltecas, concluye el autor, «fueron la clave del éxito y hoy casi nadie se acuerda de ellos. Y quizás aún hoy... siguen siendo víctimas del mito del buen salvaje y del wokismo. Son perspectivas simplistas que no pueden concebir que los indios prefirieran luchar junto a los blancos contra otros indios para liberar al mundo de un imperio sacrificador y antropófago» (página 178).
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