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Antonio J. Armero
Martes, 17 de febrero 2015, 08:43
El mismo día, Fátima (35 años, nacida en Laguna de Duero, Valladolid) le dio a sus padres tres noticias: se había convertido al Islam, estaba embarazada y se iba a casar con Mohamed, un musulmán de Tánger que al día siguiente, valiente él, fue a conocer a sus suegros. Fátima (María Leticia Nieto hasta su conversión) había sido heavy, pija y hippie, y llegó al Islam gracias a una ciática.
Primero pasó por la consulta de un masajista especializado en técnicas orientales y después asistió a una ceremonia islámica, pero lo definitivo fue leer Amor, el libro de Sheykh Maulana Nazim Adil al Hakkani. «Lo tuve debajo de una lámpara seis meses, no quería tocarlo, hasta que un día lo abrí...», relata hasta que la emoción le obliga a parar. Aquella lectura acabó con su carrera de empresaria y ha terminado situándola en Villanueva de La Vera (2.155 habitantes), el pueblo extremeño en el que vive la comunidad sufí naqshbandí más importante de España después de la de Órgiva (en las Alpujarras granadinas).
Fátima dice que está «en excedencia de sí misma», y aunque tiene en mente una idea de empresa, de momento está volcada en su familia sufí, una de las quince que hay en La Vera (en Granada son una treintena, y unas mil en toda España). Cuenta la historia de su vida mientras abraza con las dos manos el vaso de cristal con té humeante. Tiene un pañuelo sobre la cabeza y está descalza, como todos en esta habitación llena de alfombras sobre las que un rato después, dos rubiales que no hace mucho que aprendieron a andar se disputan un muñeco de Mickey casi tan grande como ellos. Oriente, Disney (Estados Unidos) y el campo extremeño en la misma escena. A tres pasos de los críos, una fila de barbudos con ropas amplias y la cabeza cubierta, recita en árabe una letanía intraducible para el occidental medio a excepción de una frase que se repite: Allha Akbar (Alá es grande).
Arropa sus rezos el sonido de la lluvia golpeando la cristalera. Fuera, el viento maneja los árboles y un gato blanco se esconde. Las seis gallinas eran diez hasta que apareció por allí un águila con hambre deben haberle imitado porque no se las oye. Y al fondo se ven unas ovejas con lana suficiente como para surtir de buenos jerseys a una clase entera de Primaria. Cerca del rebaño, una furgoneta blanca aparcada junto a un secadero de tabaco. Y más al fondo aún, atrás del todo, medio tapado por la niebla, el pico más alto del Sistema Central, el Almanzor (Ávila, 2.592 metros) visto desde esta esquina del norte de Cáceres a la que no se llega porque sí. Hay que salirse de la carretera revirada que atraviesa la comarca y dejar atrás cuatro kilómetros de estrecho camino asfaltado, dos señales de Marhaban (Bienvenido) y medio kilómetro de sendero embarrado y pedregoso.
No hay otra forma de alcanzar la casa de Omar Ibrahim (Rafael Martín), 59 años, exitoso hombre de negocios durante la mitad de su vida y austero discípulo de Alá desde que decidió «cambiar el todo por la nada». En vez de abrir su cuarto restaurante a las afueras de Bonn (Alemania), se fue a Villanueva de La Vera, vivió un tiempo en el pueblo y luego se compró una parcela y se hizo una casa que cada viernes, a las tres de la tarde, se convierte en mezquita. A ella acuden los sufíes que viven en distintos pueblos de La Vera (Villanueva, Madrigal y Losar, fundamentalmente) y a veces, también algunas de las cinco familias que profesan el mismo credo y viven en la comarca cacereña de Gata.
Todos los que se juntan aquí para postrarse de rodillas ante Alá nacieron cristianos, pero en algún momento de sus vidas y por razones variopintas, decidieron romper con todo y abrazar el Corán. Y dentro del Islam, eligieron su rama más espiritual, el sufismo. Y dentro del sufismo, la orden naqshbandian.
Paz, amor, corazón, silencio, interior, ego, Alá. Son palabras repetidas en esta comunidad de españoles convertidos al islamismo y a quienes la actualidad ha situado en el punto de mira. A ojos de muchos occidentales, resultan sospechosos, y quizás esto ayuda a explicar por qué la orden ha decidido abrir sus puertas. Quieren que se les conozca.
«Lo que hacen los yihadistas es una locura, nosotros no podemos matar ni una mosca», afirma Omar Ibrahim con un té de por medio. Lo sirve como quien cumple un ritual, con pulcritud, la tetera cada vez más arriba, sin derramar una gota. Le ha añadido hierbabuena picada de la que crece en su huerto, y azúcar de caña. Sabe dulce. Lo acompaña con un plato de higos que alguien le trajo hace unos días, todo servido en una bandeja metálica recia, seria, sin inscripciones ni dibujos. Descalzos, sentados sobre cojines en el suelo, con la caldera de leña encendida, el ambiente es propicio para la charla. Y ayuda su tono, que es el mismo que el de Fátima, Mohamed y el resto. Ni una palabra más alta que otra. Es un escenario relajante, casi somnífero. «El sufí explica es una persona que quiere conocerse a sí misma, y para eso hace falta mucha valentía». «Para ayudar a los demás, antes hay que ayudarse a uno mismo», añade después, durante una conversación larga y reposada en la que no elude ningún tema.
En ella se explicará que ni yihadistas ni talibanes ven con buenos ojos a los sufíes, o que Sadam Hussein los persiguió durante años. Argumentos para dejar claro el rechazo a los episodios recientes que han generado una visión reduccionista de los islamistas. Los sufíes rechazan lecturas del Corán que consideran erróneas y peligrosas, y son más espirituales que intelectuales. «El ser humano tiene unos valores impresionantes, inimaginables, y conocerlos requiere un trabajito, requiere entrega, soltarse de lo que más amamos, despojarnos de nuestro ego». Él, asegura Omar, lo hizo.
Sus padres emigraron a Alemania, donde Omar pasó 35 años. O sea, más de la mitad de su vida. Allí estudió Calefacción, se dedicó a construir barcos, luego a vender muebles, después al sector de la moda, y por último, a abrir restaurantes. El dinero le sobraba. Y las mujeres también. Se casó y tuvo hijos. Pero en lo más alto de la vorágine, se le apareció el Islam y el guión de su vida cambió radicalmente. Se convirtió, y llegado el momento de volver a España, solo tenía una cosa clara: por nada del mundo quería instalarse en Madrid.
El comerciante pionero
Su amigo Abdul Wahid (Cristóbal Martín) le propuso irse con él a Villanueva de La Vera, y aceptó la invitación. Así sumó un eslabón más a la cadena de los sufíes en tierra extremeña. El primero que paró en el pueblo de La Vera fue Abdul Kharim (Joaquín Villanueva), un comerciante que se movía de mercadillo en mercadillo y acabó en la Alta Extremadura, donde sigue viviendo.
A él le siguió Abdul Wahid, escultor de talla internacional al que conocen bien en la Casa Real española. Y él trajo a Omar Ibrahim. «Y yo vine aquí porque Omar se equivocó de teléfono y me llamó a mí para que hiciera una obra en su casa, en vez de a quien tenía que haber llamado», cuenta Abdul Salam (Gonzalo), que se mueve por la vida en babuchas hoy son unas deportivas Onitsuka Tiger con muchos tiros pegados y con la parte de atrás doblada como suelen acabar unas pantuflas cualquiera y un talante abierto, y bromista. Por estatura, podría ganarse la vida cogiendo rebotes bajo una canasta, pero es albañil. O jardinero u hortelano, según se tercie. Ha cuidado el suelo verdísimo del Monasterio de Carlos V en Yuste y ha vendido aguacates en varias comarcas de la provincia de Cáceres y más allá. La agricultura, la ganadería, el comercio y la artesanía son las formas más extendidas de ganarse la vida entre los sufíes.
«Cuando te conviertes al Islam, el libro de tu vida hasta entonces se cierra y se abre uno nuevo que está en blanco», explica Abdul Salam, cuyo camino antes de llegar al sufismo incluye siete años de búsqueda trascendental. Conoció el budismo y alguna que otra práctica sobre la que prefiere no profundizar. Y finalmente, eligió el camino que le marcó Maulana (el maestro). A día de hoy, afirma sin atisbo de grandilocuencia que no hay nada que eche de menos. «Mi vida me parece ideal», proclama.
Cuando la yuma simplificando, es la versión sufí de la misa cristiana del domingo que precede a la comida del viernes está a punto de acabar, Abdul Shalam (Gonzalo) le pide a Alá «la paz en el mundo y misericordia para los que sufren». Después, los hombres se saludan y el rito acaba. Las mujeres, que lo han seguido desde la planta de arriba, ocultas sus figuras casi por completo tras un enrejado de madera, bajan y se mezclan en la cocina con sus maridos y los niños.
Su relación con los vecinos
Omar Ibrahim ha preparado una sopa contundente y un plato de humus. Hay también arroz con lentejas. Ellas ocupan una mesa y ellos otra. Hablan de trabajo, ríen, atienden a los críos, consultan los teléfonos móviles. Lo normal. En realidad, aseguran unos y otros, su vida no se diferencia mucho de la de sus vecinos cristianos, agnósticos o ateos. Fátima toma café con las madres del cole al que va su hija Yamila (dos años). Y su marido Mohamed juega en el equipo de fútbol sala del pueblo. Ahora está buscando trabajo. Sus últimos empleos han sido como temporero: la fresa, la cereza, la aceituna...
Como es costumbre entre los suyos, Mohamed recurre a los cuentos o las metáforas para explicarse. Antes de la comida, tiende la mano hacia el plato de higos que hay sobre la mesa y coge uno. «Podríamos decir que este que tengo en la mano es de la variedad tal y ese otro de otra clase ilustra, pero para mí son todos higo». En el cuento con el que Omar Ibrahim diserta sobre el sufismo, el ego es un dragón al que hay que derrotar para llegar al corazón, o sea, a la esencia del individuo. Solo hay una forma de luchar: mirando hacia dentro de uno mismo tras haberse despojado de todo lo accesorio. «La premisa fundamental es ser buena persona», zanja Omar, que le dio un vuelvo a su existencia porque «vivía en la riqueza pero quería conocer la pobreza». En su vida actual, procura que no pase un día sin traspasar la puerta de una pequeña construcción que hay en su parcela. Dentro hay una tumba. Simbólica, sin cuerpo. «Este es un lugar mágico, especial, en el que a veces, el santo se manifiesta y se siente una energía muy fuerte».
Debe ser algo parecido a lo que sintió Yusuf Berdman (Josep) cuando vio en persona por primera vez a Sheykh Maulana Nazim Adil al Hakkani. «He ido tres veces a Chipre a visitarle, y lo que allí se siente, teniendo delante a un santo, es impresionante», cuenta el joven, cuyo guión vital tiene rasgos comunes a los de otros miembros de la comunidad.
Valenciano de 35 años, casado, padre de dos hijos, Josep estudió Bellas Artes e hizo un máster en la Universidad de South Australia. Vivió en Barcelona y en Madrid, trabajó en televisión como director, coordinador y editor, participó en diferentes proyectos audiovisuales y estuvo nominado a los premios Goya por el cortometraje Exlibris. «El nivel de presión que tenía era altísimo cuenta, contacté con un budista, me aconsejó visitar Villanueva de La Vera, vinimos, el sitio nos encantó y nos quedamos».
En Extremadura ha montado sus dos empresas: La nave nodriza, centrada en el sector audiovisual, y Hombre antiguo, enfocada al diseño digital. Se mueve entre Villanueva de La Vera y Madrid. Y tiene una respuesta clara a la pregunta de cómo es posible que dentro del Islam haya quien asesina a inocentes y quienes, como él y sus «hermanos» sufíes naqshbandíes, rechazan la violencia y hablan de paz, amor y corazón. «Es una cuestión de personas reflexiona, en todos los sitios, en la política, en el periodismo, en las religiones, hay gente buena y gente mala». Y_tiene otra cosa clara. «Si hace diez años alguien viene y me dice que voy a ser islamista, me habría echado a reír». Pero eso imposible de imaginar, sucedió. Y ahora, Josep es también Yusuf. Y tiene mujer y dos hijos. Viven en una casa en mitad del campo. Y parece un hombre feliz.
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