
CRÓNICA NEGRA EN EXTREMADURA
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CRÓNICA NEGRA EN EXTREMADURA
Asesinado por recriminarle que orinase en la calle en el Carnaval de BadajozEl domingo de Carnaval de 1996 amaneció de la peor forma posible en Badajoz. Mientras algunos se recuperaban de la fiesta del sábado y otros se preparaban para el desfile se supo la noticia: un hombre había sido asesinado de madrugada en San Roque. Las fiestas se ese año quedaron marcadas por la crueldad de un crimen cuyo móvil fue inexplicable, lo mataron por recriminar a un hombre que estaba orinando en plena calle.
La víctima apareció a la altura del número 26 de la avenida Ricardo Carapeto. Un hombre llamó a la policía indicando que había un hombre ensangrentado en la acera. Solo pudieron comprobar que estaba muerto y que había recibido varias puñaladas.
Los días siguientes los vecinos de Badajoz se quedaron conmocionados por la historia del fallecido. Era Miguel Ángel, un hombre normal de 32 años que regresaba a su casa. Estaba casado y tenía dos hijos pequeños. Lo más llamativo es que solo unas horas después de su fallecimiento tenía previsto marcharse de Badajoz. Ya había comprado un billete de autobús con destino Ponferrada. Había encontrado un trabajo en una mina de allí y se incorporaba ese lunes.
Unas horas después del crimen fueron detenidas e interrogadas tres personas que se habían encontrado con la víctima en un bar. La Policía Local había averiguado que hubo una discusión en el local, y uno de los arrestados llevaba un cuchillo. Además se apuntó a que debajo del cadáver había unas gafas que podrían pertenecer a otro de los implicados. Días después, sin embargo, esta hipótesis quedó descartada. Las gafas eran de la víctima y se consideró que era una pista falsa.
La viuda de la víctima se lamentó en una entrevista a HOY de la tragedia y de que no apareciesen testigos para facilitar la investigación, que entonces parecía en punto muerto. «¿Por qué callan los que vieron morir a mi marido? ¿Dónde está la colaboración ciudadana para resolver nada menos que un crimen?», decía.
La mujer reveló, además, que no era la primera tragedia que sufría la familia. Un hermano del fallecido también fue asesinado a la puerta de una discoteca. «La misma noche que mataron a mi cuñado fue detenido el asesino porque la gente que lo vio se lo dijo a la policía ¡Qué diferente con lo de ahora!», se lamentaba la viuda dos semanas después de perder a su marido.
También se quejó de que, los primeros días, se habló de un ajuste de cuentas. Sin embargo aclaró que su marido no estaba implicado en nada ilegal, como se demostró después, y que no conocía a mucha gente en la zona.
La teoría del ajuste de cuentas también fue descartada por la policía, que creía que no había sido un crimen premeditado. La víctima presentaba cinco puñaladas, tres de ellas en el tórax, otra en la cabeza y otra en el hombro. La principal hipótesis es que Miguel Ángel se cruzó con varios desconocidos y que se había producido la agresión, probablemente de forma fortuita.
La policía acertó. Finalmente apareció un testigo y, gracias a su declaración, localizaron a los responsables. Fueron detenidas cinco personas, dos parejas de hermanos que estaban de fiesta esa noche y a los que se les imputó el asesinato, y la mujer de uno de ellos, que confesó que se había deshecho en la basura del arma homicida y ropa ensangrentada. A esta última la procesaron por encubrir el crimen.
El testigo era un guarda de seguridad que volvía a su casa de San Roque y estaba estacionando su coche cuando vio el enfrentamiento en la acera de enfrente. Tenía mala vista, pero lo que escuchó y las formas que vio, más los interrogatorio a los detenidos, sirvieron para saber por fin qué le ocurrió a Miguel Ángel en la madrugada del 18 de febrero de 1996.
Este vecino caminaba por una acera, al parecer canturreando, y un grupo de cuatro hombres iba por la contraria. Estaban de fiesta, habían estado en varios bares del Cerro de Reyes y algunos consumieron drogas y alcohol. Se acercaron a Miguel Ángel, probablemente porque estaba cantando. En un momento dado uno de ellos se puso a orinar en plena calle. La víctima le recriminó su actitud y, hubo dos versiones, o le empujó o le dio un 'pescozón'. El hermano del agraviado se lo tomó muy mal. Se llamaba Pedro. Primero le apuñaló por la espalda y luego siguió acuchillándole de frente. Luego los cuatro que iban juntos se marcharon.
Hay una circunstancia curiosa en este crimen. Al llegar a casa el hombre responsable de las puñaladas, muy nervioso, tuvo un enfrentamiento con su mujer, a la que amenazó. Su cuñada fue testigo, llamó a la policía y Pedro estuvo varias horas en comisaría, pero no lo relacionaron con el asesinato que había habido esa misma noche.
El juicio, con jurado popular, se celebró en septiembre de 1997. El principal acusado aseguró que no se acordaba de nada del crimen. Solo recuperó la memoria en la vista judicial para dar la lista de sustancias que había consumido esa noche: whisky y cerveza en grandes cantidades, metadona y rohypnol (unas 20 pastillas).
Su argumento de no recordar nada no sirvió porque sus compañeros, que estaban imputados también por asesinato, lo señalaron como el único culpable, incluido su hermanos. «Pedro apuñaló a Miguel Ángel después de que este le diera un empujón a su hermano mientras orinaba. Lo hizo por sorpresa, instantáneamente. Le dio una cuchillada por la espalda y cayó al suelo», contó uno de los procesados.
El remate fue el vigilante de seguridad que fue testigo que acudió, junto al jurado, a una recreación del crimen para la que cortaron al tráfico la avenida Ricardo Carapeto durante tres horas. El testigo contó que uno de los hombres vapuleaba a la víctima y otros tres miraban. Escuchó la frase: «Pedro, basta, déjalo ya».
Finalmente Pedro fue condenado a 27 años de cárcel por asesinato. Fue el único que entró en prisión. Su mujer y su hermanos fueron condenados a seis meses y un año por encubrimiento y los otros dos solo a pagar multas por omisión de socorro.
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