

Secciones
Servicios
Destacamos
Durante el verano de 2019, el pueblo cacereño de Torremocha y la isla francesa de Oleron se hermanaron por un mismo problema: los señoritos de ... la ciudad, bien turistas paisanos, o sea, emigrantes de vacaciones, bien turistas de verano con segundas residencias, protestaron porque les molestaban los ruidos y los olores del mundo rural. Ya saben, llegan con la intención de disfrutar de la pureza del aire, del sosiego de la naturaleza y de la belleza incontaminada del paisaje, pero canta el primer grillo, se mezcla con el olor del estiércol y de la caca de vaca, se suman los conciertos de ranas y chicharras, del abejaruco despertándote y de los animales de la granja balando, mugiendo, rebuznando, gruñendo... Y cunde la desesperación y la protesta
Quienes se quejaban en Torremocha renegaban de una infancia en la que la vida cotidiana estaba llena de rebaños de ovejas, piaras de cerdos y manadas de vacas, cuyos olores y sonidos eran una costumbre. Es más, para la mayoría de los emigrantes del pueblo, que retornan en verano, esas sensaciones son reconfortantes por trasladarlos a la infancia y llenarlos de nostalgia dulce y grata. Pero algunos de sus descendientes, criados ya en las calles de Badalona, Irún o Getafe, o algunos requetefinos, con ansias de diferencia e importancia, se sintieron heridos en su sensibilidad pituitaria y en sus delicados oídos y ese verano y los anteriores elevaron quejas y protestas por el olor ácido de los tinaos y el sonido inquietante producido por cabras, burros, gallinas y otras especies propias de un pueblo tan agropecuario como Torremocha, donde hasta su alcalde, Francisco Javier Flores Cadenas, se dedica al campo.
«Así no se puede vivir», protestaron los neorrurales de agosto. Y cuando se les intentaba explicar que aquellos sonidos eran lo propio de un pueblo y una señal de vida y riqueza, argumentaban que, además de balidos, ladridos y cacareos, estaba el tañer de las campanas y el croar de las ranas. Las protestas quedaron en simples amenazas de presentar denuncia en el cuartel de la Guardia Civil, pero se sabe de algún pueblo donde los alcaldes, acomplejados ante la requetefinura de los protestantes de agosto, han tomado medidas para que las campanas no suenen y las vacas no caguen. El mundo al revés: estresa más una rana croando que cien coches pitando.
Mientras en Torremocha y otros pueblos no entendían tanta estupidez, en la isla francesa de Oleron, situada entre Burdeos y La Rochelle, se producía una situación parecida, pero en este caso con denuncia ante el juez. Allí, los 'coroneles Tapioca' de fin de semana, una verdadera plaga de relamidos, remilgados y quisquillosos, denunciaron a la dueña de Maurice, un gallo que los despertaba todas las mañanas con su estridente kikikirikí.
La justicia francesa falló contra los señoritos delicados y escrupulosos y los condenó a pagar 1.000 euros a la granjera por daños. A raíz de esa sentencia, se supo que en otros pueblos franceses se habían presentado denuncias contra los ayuntamientos porque las ranas del arroyo local croaban a deshora y había demandas interpuestas contra los párrocos por tocar las campanas antes del desayuno.
Afortunadamente, los franceses no tienen ningún complejo de pueblerinos y para ellos la 'ruralité' es sagrada, así que acaban de aprobar una ley que convierte en patrimonio intocable el canto de los gallos, el chirrido de los grillos, el olor de los establos y el tañer de las campanas. En Francia se han acabado las tonterías. A ver si cunde el ejemplo entre nuestros veraneantes relamidos y nuestros finolis del 'finde'.
¿Ya eres suscriptor/a? Inicia sesión
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Recomendaciones de HOY
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.