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En esta romería no hay chiringuitos ni altavoces, no suena música enlatada ni venden cerveza. Por no haber, no hay ni subvenciones. A esta romería ... se llega trepando por una senda de piedras antiguas o ascendiendo por una carretera con calzada montañosa de hormigón. Esta es una romería antigua que quiere seguir siendo antigua. Hay documentos del siglo XVIII que certifican su celebración hace casi 300 años y se sabe que la ermita se levantó en 1498.
Estamos, en fin, en la campiña de Valencia de Alcántara, cerca de La Aceña de la Borrega, en un paraje intrincado lleno de dólmenes, declarado monumento natural, junto a la ermita de la Virgen de la Cabeza, declarada el año pasado Patrimonio Histórico y Cultural de Extremadura. Es lunes de Pascua, el día de la romería, una fiesta rayana animada por la música de 14 acordeonistas de las alquerías de la frontera y por el reparto gratuito de vino dulce y bollos de pascua, gentileza de la familia Cid de Rivera, propietarios de la ermita e impulsores desde siempre de la fiesta.
Llegamos justo cuando los curas del lugar dicen una misa campestre. Después, procesión por los campos de los alrededores con Alberto, el alcalde, Chema y Francisco, los curas, y Telesforo, representando a la familia Cid de Rivera, tras la Virgen. A la vuelta, un sermón corto y los vivas de rigor: «¡Viva don José María (el cura de la campiña)... Viva la Virgen de la Cabeza!». Después, los acordeones, el tambor, el vino dulce, el bollo de pascua y la devoción a la imagen de la patrona de estos campos, vestida con un bello traje confeccionado por la madre de Telesforo.
Esta ermita fue levantada por la familia Cid de Rivera donde estaba el oratorio de un franciscano eremita que quiso perderse por esta sierra granítica a finales del siglo XV. Se llamaba Juan de Palos y venía del cercano convento de San Pedro de los Majarretes. El fraile era de Palos de Moguer y acabó yéndose en 1524 a las Indias con los llamados 'Doce apóstoles de México', de los que alguna vez hemos hablado tras visitar el antiguo convento franciscano de Belvís de Monroy, de donde partió el grueso de aquella expedición.
La ermita es tan pequeña como bonita, está rodeada por bolos graníticos y las vistas desde su atrio son formidables. A la izquierda del altar de la Virgen, en la pared, cuelgan numerosos exvotos colocados allí por vecinos de Aceña de la Borrega, Alcorneo, Lanchuelas o El Pino. A la romería, acuden también numerosos vecinos de San Vicente de Alcántara, de donde son oriundos los Cid de Rivera.
Al acabar el festejo, cerca ya de las tres de la tarde, los romeros que lo desean se acercan hasta el restaurante A Ca Milio, donde toman un cocido en el que sopa, carnes y garbanzos reconfortan tras la mañana de caminatas y júbilo. Alberto Piris, alcalde de Valencia de Alcántara, habla de la posibilidad de instalar una carpa el año que viene para mayor comodidad de los asistentes, pero cualquier añadido moderno podría desvirtuar el carácter de la fiesta así que quien quiera sombra, que busque como siempre la de los alcornoques.
Charlamos con Chema, el cura de la campiña, que lleva nueve pedanías y no para. Viene Rosi, propietaria con su marido de An Ca Milio, y nos cuenta la locura de Semana Santa, cuando hubo días en que dio tres turnos de comidas, entre las dos y las seis y media. Llegan Ricardo, 85 años, de La Codosera, con el tambor, y Manolo, de Aceña de la Borrega, con el acordeón. Se canta el Virgen de Guadalupe, se tararean baladas portuguesas y la romería acaba como empezó: tradicional, rayana y sin subvenciones.
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