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Renfe es nuestro Ryanair particular. Los jóvenes se quejan de que no pueden viajar a Riga, a Charleroi ni a ninguno de esos destinos tirados ... de precio que escogen para sus extraños vuelos. Porque no se van a donde quieren, sino a donde quiere Ryanair y su política de ofertas. Si el avión de Bari no se llena, rebajan el billete y lo llenan de muchachas con mochila que nunca en su vida habían pensado conocer el tacón de la bota italiana gracias a los vuelos de Ryanair, que son incómodos por la estrechez entre asientos, por los retrasos que a veces se producen al partir de terminales de segunda sin preferencia y por las ventas a bordo de los sobrecargo-buhoneros.
En Extremadura, a falta de aviones low-cost, tenemos los regionales de Renfe, que son tan inciertos, entretenidos e intensos como un vuelo de Ryanair, unos trenes no demasiado caros que acabaremos echando de menos cuando nos los quiten y ya no podamos disfrutar de momentos castizos e irrepetibles como los que protagoniza el vendedor de linternas de la suerte que pregona su mercancía entre Atocha y Leganés.
Se trata de un momento Ryanair, pero mucho más bizarro y auténtico que el de los sobrecargos de la línea aérea, que venden previsibles perfumes, pañuelos y latas de Sprite. El chamarilero de Leganés va pregonando sus linternas de la fortuna por los vagones de los regionales deprisa, deprisa, no vaya a pasarse de estación y tenga que seguir hasta Illescas.
Son unas linternas serigrafiadas con estrellitas mágicas y él las reparte de asiento en asiento, las ensalza y luego las recoge, salvo las de aquellos viajeros que las compran a cambio de la voluntad. Aunque lo mejor es el estilo pichi de chotis que se gasta nuestro entrañable vendedor. «Les ofrezco estas linternas únicas porque atraen la suerte, tienen una luz led que llega a 180 metros, pueden hacer señales y se recargan con una sencilla pila por su parte trasera», entona, casi canta, con gracia desde el centro del vagón, aunque luego, nadie le comprará su mercancía.
Al acabar su discurso, que está medido para terminar en el vagón número 1, el último, justo al llegar a Leganés, el mercader de linternas baja del tren, donde comienza una aventura llena de suspense amenizada por ruidos y conversaciones telefónicas de viajeros, que hacen caso omiso a los avisos impresos en los carteles que Renfe cuelga en vagones y estaciones. A saber, no ponga música ni juegos con sonido, use el auricular, no hable a voces por el teléfono móvil y no ponga el altavoz y, por favor, silencie las llamadas en modo vibración.
Pero ninguno de estos consejos es seguido por los viajeros o, al menos, por una parte sustancial de ellos, y el vagón, que atendió en silencio al de Leganés, en cuanto el vendedor se baja, se llena de ruidos entremezclados: un caballero le cuenta a otro el Womad en directo con el altavoz del teléfono conectado, otro riñe a su madre: «Mamá, no me dejas hablar» (menos mal), suenan silbidos, aullidos, canciones de Peret y algo así como si se cayera al suelo una vajilla de 12 servicios, que de todo hay en los sonidos de los móviles.
Pero, ¡atención!, estamos en Torrijos, una viajera quiere bajar del tren y no puede. Grita desesperada: «Esto no se abre», como temiendo quedarse encerrada de por vida en un tren extremeño, una pesadilla retorcida y tremebunda. Y, efectivamente, la puerta del vagón no se abre. «Ya empezamos», anuncia resignado un joven, asiduo usuario del Regional, y todos entendemos en su aviso y en su tono un augurio de calamidades, un pronóstico de penurias. Y todo por no haber comprado la linterna de la suerte.
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