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Cada vez más en el ambiente huele a pólvora. Europa se está preparando para una contienda como no se ha conocido desde 1945… y nos ... está preparando. Las llamadas a los ciudadanos desde Bruselas a proveernos de un 'kit' para sobrevivir 72 horas forman parte de una estrategia para meternos el miedo en el cuerpo y que aceptemos resignadamente que es necesario aumentar el gasto en defensa y sacrificar derechos sociales e incluso libertades para reforzar nuestra seguridad. Al final, la Unión Europea está implementando la vieja pero efectiva táctica nacionalpopulista: ofrecernos seguridad a cambio de perder libertad y bienestar.
El columnista del Financial Times (FT) Janan Ganesh lo expresa sin tapujos: «Europa debe recortar su estado de bienestar para construir un estado de guerra. No hay manera de defender el continente sin recortes en el gasto social». Con este fin, los dirigentes europeos están dispuestos a hacer lo que no hicieron durante la crisis financiera de la zona euro de 2010-2013 para mitigar su impacto en el bolsillo del pueblo: endeudar las arcas públicas pero en esta ocasión para aplicar una suerte de keynesianismo militar. Es así hasta el punto de que, a fin de poder incrementar su gasto en defensa, la entonces guardiana de la ortodoxia fiscal y adalid del austeridazo, ahora ha decidido reformar su Carta Magna para romper el freno fiscal, que obligaba al Estado a priorizar el pago de la deuda pública sobre cualquier otro y es similar al que la canciller Angela Merkel forzó a España a introducir en su Constitución en 2011.
Sin embargo, en el marco de la estrategia belicista para que la ciudadanía asuma la necesidad de rearmarse ante la creciente amenaza rusa al no poder contar ya con el protectorado del 'amigo' americano, nuestros gobernantes nos están vendiendo el mayor gasto en defensa no solo como necesario para la supervivencia de nuestras democracias, sino también como una oportunidad para el desarrollo industrial, como motor que tirará de otros sectores.
En este sentido, el también gurú del FT Martin Wolf defiende que «históricamente, las guerras han sido la madre de la innovación», «una oportunidad económica», en fin, la salida del estancamiento a través de lo que Joseph Schumpeter llamaría proceso de destrucción creadora. Un estancamiento que, por cierto, sufren los propulsores de la zona euro y principales impulsores del plan de rearme europeo, Alemania y Francia. Se suele poner como ejemplo de ello el fuerte crecimiento económico que experimentaron Occidente y Asia Oriental tras la Segunda Guerra Mundial durante la conocida como edad de oro del capitalismo o los Treinta Años Gloriosos, los transcurridos entre 1945 y la crisis del petróleo de 1973.
Mas, como explica el economista británico Michael Roberts, «el auge de la posguerra no fue el resultado del gasto gubernamental de estilo keynesiano en armas, sino que se explica por la alta tasa de rentabilidad del capital invertido por las principales economías». Es decir, fue al revés: «Debido a que las principales economías estaban creciendo relativamente rápido y la rentabilidad era alta, los gobiernos podían permitirse sostener el gasto militar como parte de su objetivo geopolítico de guerra fría para debilitar y aplastar a la Unión Soviética».
Con todo, aunque el mayor gasto militar y las guerras ayudaran a reimpulsar la economía, como pregunta Roberts, «¿estamos a favor de hacer armas para matar gente con el fin de crear empleos?».
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