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En estos tiempos de ira, la política está infestada por tres tipos de patógenos: el resentido, el que se aprovecha del resentimiento popular y el ... resentido que se aprovecha del resentimiento popular. Paradigma del último tipo es Donald Trump, los populismos lo son del segundo y el primero lo hallamos en todos los partidos con independencia de su ideología.
Por estos andurriales perdidos de la mano del dios de los ferroviarios, tenemos algún que otro espécimen del político resentido, como esa versión castúa del Frank Underwood de 'House of Cards' que se mira en el espejo cóncavo de aquel cortijero que se jactaba de romper cristales, decir verdades como puños y ser más guerrista que Alfonso. Mas aquel no tiene la estatura política de este, es más astuto que inteligente, más arrogante que gallardo y más de catana que de florete. Eso sí, comparten ambos ser espinas de la rosa y un maquiavelismo político y mediático por el que los medios deben justificar su fin; si no, intentan amordazarlos dándoles más palo que zanahoria. Y aunque alardean de no tener pelos en la lengua y no arrugarse ante el de arriba, quien está por debajo y se mueve no sale en su foto, pues son alérgicos a los pepitos grillos y solo quieren palmeros a su alrededor. Como buenos jacobinos, más de Robespierre, otro siniestro resentido, que de Danton, son demócratas absolutistas.
Y es que, como explica Gregorio Marañón en 'Tiberio, historia de un resentimiento' (1939), «el alma resentida, después de su primera inoculación, se sensibiliza ante las nuevas agresiones. (...) Todo, para él, alcanza el valor de una ofensa o la categoría de una injusticia. Es más: el resentido llega a experimentar la viciosa necesidad de estos motivos que alimentan su pasión; una suerte de sed masoquista le hace buscarlos o inventarlos si no los encuentra».
¿Y qué pasa cuando el resentido triunfa y alcanza el poder? «Parece a primera vista –contesta Marañón– que como el resentido es siempre un fracasado en relación con su ambición, el triunfo le debería curar. Pero, en la realidad, el triunfo, cuando llega, puede tranquilizar al resentido, pero no le cura jamás. Ocurre, por el contrario, muchas veces, que al triunfar, el resentido, lejos de curarse, empeora. Porque el triunfo es para él como una consagración solemne de que estaba justificado su resentimiento; y esta justificación aumenta la vieja acritud. Esta es otra de las razones de la violencia vengativa de los resentidos cuando alcanzan el poder».
Marañón nos advierte que el resentido no se curará nunca porque carece de la única medicina que puede hacerlo, la generosidad, porque el generoso «está siempre dispuesto a comprenderlo todo» y «sólo es capaz de comprenderlo todo el que es capaz de amarlo todo», y «el resentido es, en suma, un ser mal dotado para el amor; y, por lo tanto, un ser de mediocre calidad moral». Así, cuando el resentido llega al poder, su alma enferma se pervierte aún más. «La prueba del poder –explica el buen doctor– divide a los hombres que lo alcanzan en dos grandes grupos: el de los que son sublimados por la responsabilidad del mando, y el de los que son pervertidos. La razón de esta diferencia reside, solamente, en la capacidad de los primeros para ser generosos, y en el resentimiento de los segundos».
De resultas, el resentido hace suya una frase que el emperador romano Tiberio repetía con frecuencia y que refleja, como un síntoma, su enfermiza falta de generosidad: «¡Después de mí, que el fuego haga desaparecer la tierra!».
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